miércoles, 27 de junio de 2012

A la puerta de casa


Hay rastros de cenizas a la puerta de casa. Una puerta sin nombre y sin pomo, inviolable e insípida.
De los rastros celebramos migas de pan. Migas que golondrinas de plomo emigran en sus picos extrovertidos. No queda sino cansancio de levantarse a diario. Y bravura de oleajes internos.

¿Ahora qué sugiere la brisa, qué canta la mañana, qué simulan las ciudades en su tronco de ramajes escondidos? ¿Qué queda sino el desaliento de las entremiradas, el sudor frío y los vaivenes del azúcar en la sangre? ¿Qué inventa el pico de oro, qué la simiente de los clásicos o qué la metafísica de la palabra?

No queda sino rima, enérgica y artificiosa rima. Muerte en vida: rima. Arte en los ojos: rima. Suerte de desencanto: rima. Traqueteo inquieto: rima. Doliente y pasiva rima. Rima que llorar a cada verso intentado.

No queda sino polvo sobre polvo, rostros idiotizados, extraños insultos y un desvelo en lo despertado de bruces.

¿Y ahora dónde escucharemos arcos? ¿dónde despertaremos a la pedrera? ¿dónde rascaremos con las palas de plástico? ¿dónde imaginaremos un mundo mejor?

A la puerta de casa llama un quejido, un quejido de luces temblorosas que salen a verte si las acaricias. Y, si lo quieres, contestarán los ángulos con ecos de personalidades que se adentraron miles de veces. Que jugaron a ser hombres. Que hicieron como gatos asustadizos y que cerraron sus ojos esperando un roce amigable: juego de preludio.

A la puerta de casa llama... el futuro.

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