lunes, 25 de abril de 2011

Enséñame



Pasillos

En la mañana, cuando aún lucho con la luz por permitirme unos segundos más vivir en la certidumbre, apareces como brisa estival. No sé si eres de agosto o estás vestida de invierno.

Confundes el olfato con tu tristeza desmedida, inundando mis ojos en lágrimas. Preparas mi intelecto y mis emociones para estar una mañana más en el frente: rescatas de mi mismo al que fui. Tan solo un vistazo al reverso y desapareces como Eurídice a las puertas del Infierno. Ya no sé si existes o eres parte de mí queriendo volver atrás en el tiempo, y ser también una estela borrosa de idealismo puro: alguien siempre sueña contigo.

Desearía confundirme en tu piel de pizarra vana, en tu transversal corte de fantasía, y fundirme contigo en la sombra de algún recoveco ignorado, aquella esquina que hace perfectos los paisajes techados, la parte intelectiva de una realidad que, en su ausencia, da sentido a la material. Ahí está tu destino, pero aguardas cauta.

No puedo sino dedicarte un lamento de niño, un ronroneo de placer que se escape de entre mis labios, un recorte febril de fotografía alojado en el subconsciente, un retardo temporal en la partitura de la vida, un giro tonto e incómodo en una nueva firma tallada con la pluma, o quizás un recuerdo de estancia en países que aún no he visitado.

No sé si ríes o lloras. En la esperanza se produce un contragiro que no sigo a tempo, y de nuevo creo haberte soñado.

Te sueño en playas de arena negra, cubierta de ropajes de carmín y pétalos blancos.

Te sueño entre confusión de olores y pintada de sinceridad.

Te sueño sin márgenes, no distinguiendo la línea del horizonte, perdida entre hojas y hojas que hablan de ti.
Te sueño desnuda en mi lecho, vertida como especia entre trazos de tejidos de nieve.

Te sueño bajo el monzón, queriendo huir del mundo mezclada con el agua, o esperando un beso que te salve de la agonía del nacimiento.

Te sueño histérico y violento, machacado por el inútil esfuerzo de la conciencia.

Te sueño mientras vuelvo a casa, mientras recorto mi cabello, mientras pierdo la vista en el ladrillo, mientras vivo lo que la vida no me deja.

Te sueño austero, juvenil, dolido, ausente, disperso, cabal, anulado por lo guardado, por los mismos objetos que almaceno en casa y que disimulan.

En la tarde, cuando vuelvo a mi cama, la memoria ya está reprendida en los suspiros por el agotamiento, y vuelve a escaparse de mis labios un lamento ya no dedicado a ti. Eres una imagen rasgada en el desvelo, y tus ojos de azul vigilan desde lo alto soñando con que los míos se cierran para soñar contigo.


1 comentario:

Begoña dijo...

Me encanta este texto...

Besitos
Bego

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