domingo, 24 de octubre de 2010

Érase una vez


Vallecas
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Érase una vez un sueño extraviado en la persona. Un querer indemne, una patología cancioneril, visionaria. Un mundo ajustado y exprimido, perfecto para su verdad.

Le encantaba pensar eso: mujeres hermosas, preciosas, de ojos acuáticos y suave tez, paisajes verdes y casas abandonadas, enneblecidas 1, oscurecidas por y para su presencia; imperativas.

Nobles valores y humildad enarmadurada2, y espadas con vuelos prestos, y cuerpos atléticos, y magia escondida tras tatuajes encostrados3.

No podía comprender la degradación, la inanimacidad, el desvelo, la inapetencia. No podía comprender que era ya presa de la temporalidad, de lo vano, y de lo epidérmico, lo tránsfuga. Siempre lo fue, supone.

Ahora no es feliz, no encuentra su sitio, no se identifica con nada, no sabe en qué estrecho pasadizo acurrucarse, ni en qué diminuta bañera acuclillarse para llorar, berrear, esperando que cada alguien de su entorno deje su vida para escuchar sus lloriqueos ficticios, entrados por un oido y salidos por otro, pesantes, mientras una lluvia también pesada espera se lleve de él todo lo que le es repudiado: a sí mismo.

Tardes de jazz a media luz, cascadas de punzantes hojas tras las ventanas, somnolientas canciones al oido; y arrumacos desenfocados; y noches perdidas entre sábanas inarrugables, escuchando al viento, perdido en la voz de los pinos y en la tiniebla de una calle mal asfaltada, que trata de quitar el sitio a la verde infección, ganando pasos, como un tirador frente al adversario, que recula académica y cansadamente.

Aún se levanta de su silla con clara altivez y avanza por el paso de madera con suficiencia, como modelo de pasarela, como si su labor fuera ardua, como si su infancia perdurase, cuando solo es pintura desdibujada.

Quizás su historia es tan solo una manera más de hacerse el interesante, de mostrar a ese mundo que dice no querer, que no le merece. Eres tan ególatra que me hundes, me ahogas con tus lloriqueos sucedáneos.

Ahora escaparía de sí mismo para optar por sí mismo, para amar dulcemente, para ser feliz y hacer feliz; pero seguirá por mucho tiempo encerrado en las brisas, en los cantos, en lo alambicado y embriagador, lo que le alcoholiza.

Hora de releer este cuento y de merecer su pasillo aplaudido, de regocijarse en su ofrenda, en su toque de miravilia4, y de darle un mundo, dos mundos, los que entregará con los ojos cerrados para abrirse a la vida.

Érase una vez ese mundo urdido en lo presente. Y en lo futuro y enruinado5. Una pesadilla de la que escapar con su “beso de prodigio”6.

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1 Enneblecidas: Sumerjidas en la niebla y sus propiedades, tanto físicas como metafóricas.

2 Enarmadurada: Provista de armadura.

3 Encostrados: Protegidos por una dura costra, parecida a la concha de los crustáceos.

4 Miravilia: Palabra medieval utilizada para hablar de los fenómenos mágicos o sin explicación lógica.

5 Enruinado: Dícese de lo sumerjido en la ruina desde hace largo tiempo.

6 “Beso de prodigio”: Cita referente a un verso de la obra de Alberti “Yo era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos”, cuyas principales características son la fusión disciplinar y cultural propia de la época literaria en que se desarrolló la obra (principios del siglo XX), y el encontrar la lógica en el absurdo.




1 comentario:

Begoña dijo...

Besos de prodigio para escapar de la niebla...como en los cuentos.

Mil besos (me temo que no tan prodigiosos).

Bego

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