lunes, 27 de diciembre de 2010

Ventana nº 8



Nieve

 

Ayer el ciervo
blanco me visitó de nuevo. Me encontró una vez más entre los bosques de mi
subconsciente.


Lo divisé de forma
vacua entre la espesura en que me perdía, una noche más, al amparo de mi
sibilina recogida de hojas de arce.


El cielo amanecía
acuático, y la mañana saturaba con exquisita tempranía el aire de un sino
almizclado, buscando nervios fríos en la calidez de las venas.


Recien nacido del
albor, en una fragua amarga de ocres, púrpuras y malvas, se desvaneció al
instante en un suspiro de la bruma, cual flecha de aire, añorado por los ojos
del invierno.


Lleva
apareciéndoseme hace aproximadamente un mes, siempre sinuoso y gallardo,
imborrable e indivisible, constelado en la infinitud. Descarado al oido pero
extraño a la mirada.


Al oscurecer el
día, en la calma que precede a la vorágine del sueño, tras el telón de piel que
culmina en un llanto etéreo, siento con júbilo el advenimiento del extraño
visitante.


Sus pezuñas de
nácar dibujan hilos de plata en las sombras; parecieran, ciegas, levitar por
sobre la musguera, quizás recelosas de quedar atrapadas, si acaso arañadas, por
la senda; y enraizar como un alcornoque más, unido al sentido propio en su afán
de historia, que no leyenda.


Suplica, bajo el
acero qüitado de su pisada, la disolución que imprime la naturaleza de la
bruma. Aún en el esfuerzo impávido de su ceño espera a la conciencia mientras
hunde su amor en el pasto como quien hunde las uñas en la piel deseando liberar
a la carne del desaliento de unas cosquillas impresentables, calmando el
sentido con un estallar sangriento de los vasos capilares: trago de hielo.


Al acercárseme por
entre las lindes, se me dispone, bajo el calabobos, a las faldas de un camino
guadiano, no sé si de certeza o de trampa; y se apresuran los pasos como quien
es perseguido por un terror inombrable no demostrado.
Piernas cansadas,
mirada entrecortada, y una espásmica atracción que maquilla la vitalidad: somos
rastro perfectamente husmeable, somos presente histórico.
Vencido por una
tensa puesta en escena, los ojos se arquean y se filtra el calor a través de
los poros de la piel: así parezca exhalar el alma su deseo de escapismo. No
pueden apresarse bajo el juicio las hormonas y, por tanto, rehuir un éxtasis
que supura y supura de cada migaja que conforma el ser.


El ciervo alcanza
con su aliento de tierra el vello de la nuca y deja un rocío de cabezadas en
busca de lo que nos mata por dentro, lo que nos transfigura endogámicamente:
muerte animal.


 Poco a poco surge la conciencia vegetal y, con
ella, vuelvo a conectar con un saber más antiguo que la misma Historia. Dura
menos que un vistazo, pero duele más que intentar respirar tras unos minutos
con los pulmones encharcados en agua salada.


Poco a poco mis
brazos despiertan al ramaje, y con ello al retoño que ha de brotar de entre mis
dobladuras.


Poco a poco, la
piel se endurece y agradece la caricia de la escarcha.


Poco a poco no
necesito ojos, ni gusto, ni oído. Soy un todo con mi propio yo: se escriben en
el aire nuevas palabras escritas con voz femenina. Encuentro en la esperanza
los sabores que enhebran con el paladar a través de un tacto no pensado.


Poco a poco rezo
al aire mi júbilo. Poco a poco sueño que llego a cualquier rincón del mundo sin
moverme. Poco a poco no existe cualquier rincón: soy cualquier rincón.


Poco a poco soy
Edad de Oro.



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