lunes, 7 de marzo de 2011

Ventana nº 9



Gruñidos
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La silueta de un hombre se desdibuja en la escarcha de las mañanas de febrero.
En las horas en que la oscuridad pesa más que su aparatosa bolsa de piel se abre paso en una marejada de sórdida sobervia e ineptitud, forzando, esquivando, arrastrando pesos que no son el suyo; deshilachándose y dejando que tiren de sus pobres retazos como quien se deja llevar inútilmente por la corriente: odio regurcitado, vomitado y tragado de nuevo: desamparo.

El contínuo se mezcla en un sinfín de fragancias desastradas: sudores no enjugados, colores fingidos por la química, arrancados de la tez del perro, intentando disimular errores en la forma y en el fondo, perfumes de celo sangrante y ascos removedores de estómagos salidos a cada movimiento de mandíbula.

Una batalla angustiosa por no impregnarse del heroicismo de la vulgaridad, del snobismo, del vociferar a los cuatro vientos la individualidad y el peligro de extinción constante.

Muecas como mieses que siguen la partitura del viento; choques frontales, animales, animadversionados, conmocionados por nada, esqueléticos y grasientos al tiempo; vemos brillar esas lentejuelas orgánicas en las frentes y en los pómulos, en los puentes nasales.

Roza, tira, escaramuza, empuja, chista, serpentea: soy único.

Tropezones recubiertos de bilis salpicados de sueño adorado, clamado sueño. Queremos muerte, necesitamos muerte. Ver desaparecer la vida ajena y carcajearnos del pueril e infecto destino. Error: nunca fue más genuino y nunca olío más a resto corrupto de tabaquismo en los tejidos, ya sean de vergüenza o de armas.

Deja pasar los minutos. Observa cómo perdonan la vida a cada cruce de miradas. Disimula que no entiendes el mal absoluto, la búsqueda hiriente de un dios justo de implecable brazo ejecutor.


Ya no arde el pecho de remordimiento. Ya no gime el niño que llevamos dentro esperando una nueva pausa entre la rabia, entre estación y estación. Ya somos más lo que se espera de nosotros.

Encuéntrame entre la muchedumbre, y verás que no queda calor en el tacto, que los dedos se han emborronado y fundido con las sombras del alba, no así con sus brillos. Que la piel guarda el rubor del frío roce del resto de las pieles, provocando una dermatitis que escama también el alma, y, con ella, el júbilo y la educación.

Encuéntrame en este amasijo de egos, y salva al más “perfecto” de entre todos de su tropiezo sanguinolento, encasillado, llevado sin remisión como cáscara de nuez en una corriente de homogeneidad: barroquismo puro.

Llévame a la orilla de un abismo que abrazaré con ansiedad. Y cierra mis ojos y mi boca para que pueda disfrutar de las texturas, que no matices, de un amanecer sereno, como balsa en lago salado.

Alcanza mi mano. Navega conmigo lejos de este círculo de ira. Quiero el anonimato de una caricia desfigurada que redacte nuevas palabras que me configuren, que me describan y me den nombre con la justicia de un idioma rico.

Que narren dislocadamente dónde encontrarme con el amor.

Dónde esconderme de mí mismo.


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