martes, 27 de diciembre de 2011

Pánico


Ahora sí que NO

Hay un escamoteo siniestro en el profundo enrojecer del cielo de diciembre.
Transfigura la sustancia y enrojece también la líbido.
Esfera sus dedos de purga y enagua las embocaduras, que podrían permanecer siempre abiertas a la divergencias y al entredicho.

La ansiedad recorre los cables del cuerpo y aceleran el paso de un motor envejecido: une lindezas al codicia de sangre ajena y la muerte de una vida extensa.

En los ojos flirtea un coqueto poema de Francis Ponge y suelta sus ataduras la musculatura hundiendo en el apetito la exhortada libazón de ángel que acompaña al ámbar de las delicias de su lectura: un gajito de naranja explosionando en la cavidad bucal inflamando una exquisita fruición que mueve la sangre en un rocoso bombear lujurioso en su fin de manes.

Al tomar aire, con cada exhalación, se turbia la mente con alcoholes y partículas de sueño.
Y encallan pensamientos en su relámpago trepidante, que contrae la laringe y hace brotar las anginas.

Así, como a las puertas del sueño cada noche, retiene latencia al viento en su determinación de esquina; o visita el astro el lugar donde el mar descansa de su constante movimiento; o señala en el minutero el tiempo que quedó suspendido entre una u otra decisión ácida, en un tenebroso tricoteo del tejido real en que ambas visiones se dan al tiempo, destructivas en su vaivén.

Se abren las glándulas y corre la adrenalina en torrente desfigunado.

Toma la mano izquierda y la hace temblar sin color alguno, torciendo la gesto en flamíneo movimiento: vuelven las fuerzas.

Batiendo la explosión con genio firme restalla hasta el parpadeo y se rompen las pétreas pieles de la vida.

Incontrolable.

Se echa a llorar. Luego Ríe. Luego gime. Luego abre aún más los ojos. Luego siente seca la boca.

Luego le recorre el paladar un gusto a sangre.

Ahora suda. Ahora se infringe frío. Ahora se adormece la faz. Ahora le implosiona la cabeza.

Sufre. Se carcajea. Calma. Aspira. Revive. Olvida. Lo sabe todo. Todo lo ignora.

Muere el amor a cada verso. Empieza la vida en cada palabra.

Extraña la familia. Huye de las confianzas.

Anhela. Pierde. Alcanza. No halla.

Despierta. Cree dormirse. Ahora ahoga. Ahora traga.

Se mira. No quiere verse. Se odia. Se idolatra.

Quiere romper todo en un revés de fuerza incomprensible. Ahora quiere acariciarlo, como recien descubierto de entre las pausas. Como al salir de la ducha, el tacto de una piel hinchada por una humedad excesiva, cada roce es asco y bendición.

Así aletea como pez fuera del agua, y ansía pulmones nuevos con los que mover más rápidamente la linfa.

Ahora escucha el repiqueteo de la lluvia de la que habla Ponge y se deja llevar con convicción por la precisa maquinaria del Universo y su fino centellear.

Paso al siguiente nivel.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Simplemente perfecto y real. Espero con alegría y miedo el siguiente nivel.

Begoña dijo...

Yo creo que en el siguiente nivel no habrá pánico, ni odio, ni ganas de hacer que todo estalle...la luz será la pantalla final.
Mil besos

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Últimamente, cada vez que salgo de casa, me enfado. De hecho, creo que no hace falta salir de casa para enfadarme; con abrir la ventana...