miércoles 29 de julio de 2009

Insomnio


Noches dulces
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Caminando a ciegas en la noche reservamos para nosotros el descuido de las siluetas. Éstas se entregan insinuantes al rubor de las sombras. No saben que están son eternas y que difuminarán su contorno hasta volverlo infinito. Quizás un salto base. Quizás un puente a la inmortalidad.


Las farolas alumbran lo ignoto, pero rescatan de entre los escombros los recuerdos del no ser, y abren abanicos de posibilidades curiosas. Se prefiere el desvelo.


Las respiraciones pactan hijos con el carbono del aire y estos se reproducen en los poros de la piel, resecando y escamando, esperando generar, de entre las hojas cutáneas, una siembra de nuevos frutos en el asfalto. La piel exhala con fiereza: busca el aire limpio.


Las luces se apagan y finge el corazón que sueña, buscando el reflejo en las ventanas. Devolverían el beso si la razón lo permitiera. Buscarían los labios con un recato visceral, envidiosos de la humanidad que sugiere el simple concepto de personificación atisbado. Precioso verso.


No veo las estrellas, solo una maraña roja, pero no necesitan estrellas los ojos que buscan bajo la tierra. Solo desean parpadear al compás de un latido que se debilita día a día. Todo es ignorado por todos.


Los pasos se aceleran, se sincopan, se apocopan, se aterran. Parece que escapen de algo o de alguien: de sí mismos. Y por un momento solo importa escuchar, entre el silencio, el sonido del cuero que gime al contacto con el hormigón. Nos recuerda que estamos vivos, que no somos viento, que sí somos viento, deseosos de huir en el lamento inquirido en los ramajes de los robles que marginan la calle. Nos recuerda la humanidad el fogonazo de unos faros de automóvil y la efímera ceguera que provoca. Recordamos que tenemos ojos, y los maldecimos.
El alma escondida, no quiere ser descubierta, quiere ser anónima para sí misma y fingir también que no se arruga aplacada por la cotidianidad. La rompe con cada nuevo paso, y con cada vista atrás para recelar con suspiro que no es seguido. Una lágrima escapa de entre la cuenca del ojo izquierdo. Imposible apresar el alma: demasiada vanidad.


La magia se sintetiza en un escalofrío que recorre el cuerpo a pesar de los más de treinta grados de temperatura nocturna: un calambrazo con toma de tierra. Se arruga la cara y se piensa en lo que ya no es. Celebramos, por tanto, el regocijo. La caja de Pandora tiene una fuga, diminuta, que se cierra con besos y con calor que no satura y convida a la sudoración, a pesar de esos grados de más. Es calor sentido y recibido con manos abiertas y con nariz presta al perfume. Otra lágrima pide paso, esta vez por la cuenca derecha.


Pero la noche no da margen: pide la cabeza. Se la entrego en bandeja de plata y hace con ella lo que desea: sumergirla en una tempestad de agujas. Ya no hieren, pues el espíritu sabe de la compañía y ya no se deja llevar por el oleaje furioso del subconsciente. Es feliz.


Una caricia suave al párpado, tan escocido antaño. Nos reímos de los monstruos que aguardaban bajo la cama: son maderas que dilatan. Lo más que consiguen es una pausa en el respirar, ahora ya siempre profundo. Solo merecen un alfiler nostálgico de tiempos dulcemente lastimosos.


Un poema al oído susurrado por la ventana ligeramente entreabierta y un aletear de visillos aún no colocados. Un mirar vacío al patio y otro al lecho, para asegurar que nada es fábula.


Pide paso otra lágrima, para destronar la amargura que quizás reste, pero no sale al reconocer, muy a su pesar, que ésta desapareció el día que por fin durmió a su lado. Un sordo aplauso y vuelta a la inconsciencia, pero ahora con golpe sobre la mesa. Ya no tiembla la mano. Solo espera que raudo llegue el nuevo día para poder vivirlo de nuevo entre algodones.


Somos uno.

viernes 3 de abril de 2009

Bottone

El tiempo y el olvido
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Todos los días son el mismo.
No existen ni los días, ni las semanas, ni los meses; tan solo las horas, interminables tras el vidrio.

Bajo tambores plomizos que agujerean la estancia, muere la imaginación, desengañada por el vacío temporal. Tan solo soy un poco más viejo y con más polvo en la piel, polvo hartamente levantado a diario. Las manos llenas de callos y garabateadas para apoyar la memoria, que, vaga, lucha por recuperar la frescura.

Superficies arañadas y sinuosas sucias siempre; y personas de plástico humanamente vestidas con atuendos de gala. El fin no es otro que buscar la adoración de los incautos y desensordecer 1 la triste estancia, triste para mi alma.

Clavos en los zapatos tras horas perdidas, y cabellos sucios sin ejercicio o juego. Hasta la premura del alba o el rumor del invierno parecen el mismo momento mediodiense 2 en un intervalo anacrúsico tras la transparente puerta.

La vida pasa con sigilo y presteza, y se olvida de ti y de mí; e insensibiliza mis labios, y encorteza 3 mi corazón para volverlo como el corcho que tapiza estas paredes. Casi soy ya una de estas figuras de plástico que simulan ser personas. Y mis ojos apagados fijan la mirada en el polvo que recorre la sala; y mi cuerpo se mantiene en equilibrio, pero casi inerte, como sujetado por unos hilos invisibles: marionetizado4.

El alma no recuerda las sensaciones que le apresaron un día, siete días, treinta y un días, y le sumergieron en el lago de las ilusiones. Ahora solo existe un confidente proscrito y engañoso que tan solo quiere volver a ser humano.
Esta maldita estancia...


La insistencia en la práctica se vence con el miedo, un miedo insostenible al espacio – tiempo desaprovechado. El alma se ahoga entre acordes novedosos y percusiones sistematizadas y aburridas, adoleciendo aún más el camino más esperanzador y la ilusión por lo valedero para su cambio.

No es necesaria tanta sutileza acuclillada y medio exorcizada porque las manos no desean acuencarse en pose de recibir ese líquido fóleo 5

¡Qué cansada debe estar la luz de soportar tanta oscuridad! Quisiera ser planta para fundirse con ella en un despertar de vida y alzarse lo máximo posible para dar frutos deliciosos, manjares que reluzcan por el cerumen que los recubre.

El tono ha cambiado y se muestra sexualmente fértil. No ha desaparecido sin embargo la espera desamparada, en un medio familiar pero tan gris a su vista... a pesar de recordar paseos eternos para la mente pero duramente cercenados por la irascibilidad paterna.
En espera de recibir una palabra fugaz o cansada por el amparo de alma tan cristalina deberá pluguir por paciencia y consideración. Sería mejor suicidarse o buscar consuelo adverso, de mercurio, y dejar que vuele y almacene alegrías, que no sombras.

Resoplidos como antaño, pero ahora obligados por símbolos internacionales, necesarios increíblemente para aupar de nuevo la vida, aunque ahora falte y necesite de un respiro, aquél que ha tenido desde niño incluido entre una hora 25 o 26.

En espera de no ser un ecléctico reiterante “ad eternum” busca sacar del polvo esas gotas de lágrimas que cayeron para ser lago de sueño y que hoy no encuentra, pues parece haberse perdido la inspiración. Ni siquiera recurre al consuelo horaciano, antiguamente aborrecido.

El vidrio todo lo plastifica, incluso la vida que guarda en su interior.
Esta maldita estancia...


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1 Desensordecer: Realizar la acción contraria a ensordecer, es decir, alzarse el sonido donde antes no lo había por las razones que fueren.
2 Mediodiense: Relativo al momento del mediodía.
3 Encorteza: Dícese de la acción de recubrir de corteza algo de manera extrema. Se incluye en esto la posibilidad de que el contacto con la misma provoque la transmutación de lo anterior en corteza.
4 Marionetizado: Término que indica la posibilidad de transformación de un cuerpo, incluso vivo, en marioneta.
5 Líquido fóleo: Anafórico al dinero.

jueves 12 de febrero de 2009

Canto


A Manuel Moreno y su ídolo caído

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Gotas de encanto, lacrimógenas, perseguidas. Susurros incontestables. Hilos de oro engarzados en una sonrisa vanidosa. Vuelve otro día. Ubres sin retoños que amamantar. Escozores traídos por la brisa en una noche invernal. Todo se torna desidioso porque la falsedad muda en más falsedad dulcificada, solo para nuestro paladar, harto desgastado.

La una de la mañana menos un minuto en el reloj del escriba y todo sereno en el patio.
Camas vacías, suelos helados y un juglar que sueña ser música de nuevo, que imagina melodías nuevas, perdidas. Porque todo es lujuria sumergida en el desacierto.

Unos ojos oscuros han rasgado el velo de lo más hermoso, pero con violencia inadecuada, persuasivamente desnudada, y acaso sabiendo por qué. La respuesta está en una frase sin sentido, maquillada por el desgaste del tiempo, porque ha sido usada en demasía, y solo entono una sonrisa leve medio sincera, medio lastimosa. ¡Qué vaguedad!. ¿Acaso soluciona una acción plena de sinceridad banal y desmesurada una lentitud sinuosa, apresada y llena de carismática sencillez, abominable sencillez (sofismo)?.

Los pulcros seguiremos oyendo gritos donde otros oyen preciosas melodías armonizadas con el llanto de una naturaleza compasiva, y seguiremos presos y libres al tiempo del barro que pudiere apresar nuestros corazones desangrados. Seguiremos acompañando con la vida como quien rìe las gracias a un niño, aún sin tenerla, porque nuestra nobleza es sin par, desde luego.

Acudiremos a teatros de represión y gozo contenido tras nuevas caras del nuevo campesinado, allá sumergidos en su "explosiva" experiencia, siguiendo sus pautas como quien sigue un chiste con el que no te habrás de reír.

Y posiblemente todo este hielo transmuto deje un día de ser agua. Y nos pasemos la vida preguntándonos por qué cuando esos desvergonzados habrán contestado a esa pregunta desde el vientre de sus madres, sin ningún complejo. ¡Qué almas!.

Oscilaremos en el tiempo 1 buscando el sinfín de las cosas, encontrando restos pues obcecamos nuestras mentes en encontrar disparidades que confirmen la regla. Éstas se perdieron entre la silla y yo. El dibujo responde, y dice ser copiado.

Y allí en el rincón musita y danza la cosa más tierna hasta ahora vista, en un recodo, como perdida entre el bullicio, pero no podremos hacer nada, porque querríamos tenderle la mano pero no la cogerá porque se cree abandonada hasta la muerte. No podremos hacer nada, todo seguirá igual sin duda.

¿Y que ocurrirá con el ídolo caído (por llamarlo de alguna forma)? Pues que se hundirá con el resto del barco, porque no hay recompensa para tanta nobleza. Te pudrirás sin lugar a dudas. Y tú lo sabes, y yo lo se. Así que nos miraremos de una punta a otra de la sala y fingiremos no saberlo, para mayor regocijo del marco.

Nos regalaran los oídos. Serán muescas en la noche. Golpeteos en un pasillo atestado de puertas que no han de abrirse, porque no son horas. Y nos reiremos de lo arduo de una pesadilla demasiado compleja para intentar comprenderla. Usaremos colores primarios para salir en la foto y nos contentaremos con no descubrir el negro a la vuelta de la esquina. ¡Menuda ironía!.

Ahora toca arroparse con el algodón fingido y entrar en veredas destiladas. Seguiremos riendo mañana al atardecer, que es cuando toca. Y al anochecer aguantaremos estoicamente el tirón de las estrellas, que para eso lo son. Debemos seguir su brillo aun siendo cegados por la estela que dejan tras de sí, tal es su fulgor. No dejaré de intentar ser estrella, pero sabremos que ya quien pone la escalera no estará allí para sujetarla. Y si aguzamos la mirada veremos que ni siquiera hay escalera. De nuevo una sonrisa y unos ojos cansados.

Suspiros alumbrados con luz artificial en esta sala vivificada de manera también artificiosa. El desnudo nos delata, así que preferimos la sombra. Y un atuendo nuevo con el que formaremos parte del río. Meceremos las barcas y aspiraremos a derribarlas porque los que navegan en ellas también aspiran a ríos. Curiosa metáfora.

Suplicaremos por unos senos aterciopelados y llenos, ardientes, en pos de alcanzar una lujuriosísima escena, que trataremos de llenar de magia. Querremos comerlos, beberlos y llenarnos de sexo. Y así nuestras almas no necesitaran mas que luces frías, sábanas usadas, una estancia artificiosa, un tarareo infantil en un rincón y una esperanza dulce teñida de un verde azulado que esperará sentada en la escalera, esperando ser conducida al altar.


Un canto de cisne.
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1 Oscilaremos en el tiempo: Recordatorio a Avatâra Ayuso.

viernes 9 de enero de 2009

Vagueza




Meses perezosos
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El motivo se anula. Tan solo me empuja la necesidad de literatura, tan solo la nostalgia de aquellas noches desventuradas, tan similares y tan lejanas a ésta al tiempo. Tan solo el noctámbulo deseo de no encontrarse con el otro “yo”, oculto en los sueños, y que viste a sus acompañantes con otras pieles, de otros colores, y otros labios con los que dar besos extrañamente cercanos.

La ignominia acecha en esta vigilia, pero mayor es la necesidad de gritar al viento lo que apretamos entre los dientes: flores marchitas.

Qué inquietud tan familiar guía ahora a mis dedos en esta escritura sin motivo. Tan lejano me parece ahora el recuerdo de aquella vida callada... Oigo en las paredes aún el golpeteo de mis dedos sobre aquellas teclas, y mis tarareos al describir los pensamientos, los sentimientos, como ansioso y desaforado impulso por escupir de una maldita vez tanta amargura y tanto conocimiento de uno mismo sobre el papel, como para olvidar tras dejar constancia de.

El alma calla ahora, y los sentimientos duermen mientras mi cuerpo no parece responder a la llamada del entigrado1 lecho. Ahora no tienes penas desgarradas ni rencores eternos, ni ansias de vidas, ni pesares, ni lluvias frías tras la espesura, ni siquiera la estancia parece la misma, a pesar de ser la misma.

Todo recuerdo cobra nueva vida al encender la lamparilla de estudio, porque su luz contempló tantas lágrimas, tanta locura... Que parece casi una ofensa no otorgar dolor ni angustia, ni risas frágiles, ni hilados giros de cuello como respuesta al absurdo sentimiento de lejanía, esa lejanía del mundo.

Suspiros sí encuentro, y la luz parece brillar ahora con mayor fuerza. Al fondo, el constante sonido de cañerías que tragan, el respirar de esta pantalla, que se calienta con mirarla y no con el calor de mis manos y mi aliento, incluso me parece oir, quizás como eco del recuerdo, el transcurrir de las agujas del carrillón, paradas en las doce menos cinco de aquél nosequé día. Siento la penetrante mirada del cuarto y observo con fijeza el vello erizado de mis brazos, quizás por el volver constante a la desesperación de aquellos días y noches, desvelados todos, y dormidos todos.

Oigo hasta el latir de mi corazón dentro de este maremagno de sonidos envolventes de la noche, realmente hasta te preguntas cómo es posible conciliar sueño alguno con tanto ruido. Y viene a la mente la compra con alguien a quien le costó visitarte, y vienen a la mente las sonrisas mascaradas, y viene al oído aquél: “En el silencio escucho tu voz... Cuando estoy solo te siento regresar (...)”2, y desearían mis ojos esgrimir alguna lágrima, pero queda tan lejos...

No hay motivo para mi desvelo, tan solo la continua muerte del intelecto, pues ya no hay quejas, ya no hay fatigas, ni dolores, ni desasosiego, ni curiosidades, tan solo sencillez y esperanza, por fin esperanza, por fin sencillez. Ni siquiera puedo reconocerme si me miro al espejo, aunque sé que no voy a gustarme, y que querré cambiarme la ropa, como siempre.

Ahora que miro desde aquí arriba ese Cd que tanto escruto últimamente... Y ahora que me observo levantando la cabeza una y otra vez del teclado con aire nervioso para entremirar de reojo el marco derecho de la puerta, entiendo que el miedo a esta soledad extraña y que aún no ha abandonado la casa, sigue a mi lado, aunque me traiga recuerdos cálidos a pesar de que sé que fueron fríos aquellos momentos. Ya sé qué suena como el carrillón.

No debería tardar mucho en encontrarme con la inconsciencia pero me veo tan distante de ella... No siento ningún tipo de cansancio, ni físico ni intelectivo, y prefiero contemplar el recuerdo, mirarle a los ojos a todas estas fotos e imaginar los dibujos realizados con todos estos lápices y bolígrafos que ya no pintan y que esperan su momento para ser desechados, dispuestos al olvido en algún lugar cochambroso de Madrid. Mido mis palabras, tan tan grises, al contemplar este vaso tan lleno de agua que me sugiere un ansia particular antes de siquiera abordar su contorno para rehumedecer esta garganta que parece agotada de tanto hablar ni una palabra, todo son respiraciones quejicosas, pues las palabras están en la mano.

Al recorrer el pasillo me recorre el cuerpo un inquietante miedo a encontrarme conmigo mismo; y de hacerlo aseguro morir helado de pavor, así que entornaré la puerta para no verme. Finalmente he determinado cerrarla por completo, pues más me horroriza ese vacilante oscilar del entreabierto...

Qué lejos estoy de aquella persona, y de aquella también. Menos mal que el desdichado clamor de un niño por el favor somnoliento de su madre me ha devuelto al mundo polispánico3 de esta habitación, tan recordada y tan echada de menos... Tan solo me falta un confidente, aquél que no interrumpía por no molestar pero que aguardaba tranquilo a mi regreso del literaturizado mundo.
Qué vago me siento. Cuán olvidado de la reverberación de mis palabras sobre mi propia conciencia, y qué poco encumbrado, con lo que me gustaba estar allí arriba, siendo tan perfecto a los ojos del mundo, y tan odiado, y tan despreciado... Tan solo y querido por las memorias. Tan idealizado y egolatrado que todo yo parecía de ese inoxidable material. Maravilla anacrúsica.

Sentía el final de este ensayo en esas dos últimas palabras, pero queda algo, algo insondable que no parece revelarse: sigue siendo la mirada relajada al patio y el oído presto al detalle, por si los ecos me devolvieran la ansiedad, y la brisa el susurro de la calma perdida y aceptada. Temo reencontrarte, amiga mía4, seguida de una nueva muerte...
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1
Entigrado: Que recibe las carácterísticas del tigre en cuanto a apariencia se refiere.
2 “En el silencio escucho tu voz... cuando estoy solo te siento regresar (...)”: Recordatorio de la canción “En el silencio” del grupo colombiano “Bacilos”.
3 Polispánico: Que recibe las características del polispán.
4 Amiga mía: Recordatorio al ensayo con el nombre “Apelación” contenido en este mismo libro.

viernes 28 de noviembre de 2008

Despedida



“No abandones aún estas costas, hermosa mujer, pues aún queda vida en esta tierra que labrar con tus arrugadas manos de escultora”

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Se antoja el pescado de cena, y Gustavo Adolfo me mira a los ojos con aire soberbio, comprendiendo lo que con la mirada destilo. El aire corre azulado fuera, aunque rojizo en su regazo, y muestra esquinas peladas y sombríos páramos donde antes hubo recuerdos.


Muestra la ventana misivas locas de angustia por el fracaso y rememora el amor su desconsuelo por lo ahondado y hecho costra. No es cicatriz doliente, sino mano que acaricia sin fe. Se comprenden ahora las lágrimas internas, y la duda vuelve al ánimo.


Se ha alimentado de aire contaminado y ha recordado el cobrizo eterno, el brillo que algún día mostró su envoltura de fuego; y ha desenterrado la costumbre de amar en soledad, despedazándose a cada metro, a cada centímetro, dejándose vencer por una ruina lo que debiera haber sido y no fue.
No pueden los oídos escuchar el meloso canto, es más fuerte la ventilación del artificio. Siega éste cualquier rastro de verde hierba; debe ser necesaria su existencia, pues si no, nos abandonaríamos al frío de la escapada sentida.


Está esquivo pero presto el sabor del chocolate, pero mordemos desconfiados de recibir su abrazo vicioso, y encaminar los pasos raudos al encuentro de la vida perdida. No desea el sentir caer en ella, pero contamos nostálgicos los días que pasaron desde entonces.


La tarde se vuelve de oro y se baña en la abundancia. Parece brillar hasta la sangre bajo la piel. Fuimos tocados en el hombro con ánimo de pésame una tarde exacta sin consuelo, correcta en sus márgenes, pero llena de odio y extrañezas.


Todo lo que éramos murió con ella aquel día. Todo lo que quedaba de niñez, de arte y sollozos apasionados. Todo lo que cimentaba el desvelo por el sueño , el ruego por un abrazo lleno de familiaridad y calor en una mirada que ya es imposible de apresar en el corazón.


Todo murió aquel día. Nos volvimos de bronce y entramos en herrumbre. Encontramos amistad entre las piedras, aunque vestida de excesivas confianzas y vaga de empeño en lo intocable. Nos volvimos de yeso aquel día, fácilmente resquebrajable y ensuciable hasta con mirarlo, harto mirarlo, aún de soslayo.
Se murió lo que quedaba de ángel, lo que guarda el cuerpo con posesividad encubierta, lo no otorgado ni en la cama, lo propio vencido por el tiempo, lo desgastado por el roce humano, lo que nos hacía desmesuradamente humanos hasta el sosiego optimista.


Se pregunta en el desvelo otoñal si los enfermos quisieran caer presa del sueño eterno. Desea que siempre sea otoño, que siempre sea la dominante que presunta el cadencial final, y así reservarse el hecho de su conocimiento para aupar con reserva la risa y perderse entre los bosques y las montañas de hojas, queriendo encontrar entre ellas un resquicio de azul que apresar entre los brazos y decir con viveza que es propio.
Fueron largos los días de invierno, y llenos de un dolor nauseabundo, australizado en el ansia y la desgana, y deseamos que siempre fuera otoño, siempre otoño, lleno de ilusión, de entereza y ritmo, de pausa y llano, cautivante otoño.


Si hubiéramos sabido que te llevaría el viento no le abríamos gritado por tu alma, no habríamos hecho la justicia de desescribir el verso que te enraizaba a la vida, no te hubiéramos buscado entre las sombras para encandilarnos con el último calor de tu mano, aún queriendo quitarnos con ella la máscara que no reconocías. Hubiera dado las mías con tal de que vieras lo que ansiabas bajo mi perfil de creído caballero. Abriste con ello una brecha que no dejará ya de sangrar con desmesura.


Querría ensimismar mi mirada contra el polvo entre la lámpara y la almohada, si con ello adivinara dónde fueron tus ojos en el fragor de la lucha, dónde se perdieron para no ser nunca más encontrados. No podemos mirar las fotos, ni los vídeos, porque muere un poco más la persona que conociste y que siempre quisiste que fuera. No creo ya que exista remedio ni trazo que añada un nuevo matiz a este descarnado hueso. Se entorna la desnudez y no importa el frío que se asoma por las esquinas de la calle. No siente ya nada el niño que fuimos, ni al menos el refugio que fue tu confianza.


Cerramos los oídos cuando nos quieren hablar mal de ti, porque no existe sino la fe en que fuiste todo bondad y trasiego, verdad y yugo desdichado. Solo querías ver felicidad en otros ojos, nacidos de tu empeño y orgullo. Cerramos los ojos para no reconocerte entre los dedos, entre la piel teñida de palidez por la destemplanza. No quiere el desconsuelo que sea animado por el recuerdo de días mejores. No los merece, sin duda. Pero anhela dejar recuerdo en otras vidas reflejándose en que fue ápice tuyo, un pequeño porcentaje que algún día dejará de ser niño para ser el hombre que viste en su cara.

Pero siempre nieto tuyo.


Un beso sincero…

lunes 20 de octubre de 2008

Se ve todo diferente


A mi padre

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A través de una ventana carente de vida se ve todo diferente.

Se ve todo diferente después de despertar de un sueño enrarecido, donde primaban amistades desconocidas y voces desalentadas, inarmónicas, susurrándote qué y dónde buscarlo.
Escalones grises, alacenas vacías y un fajo de billetes ocultos tras un retrato, o tal vez en el interior de una lata vacía, costumbrista. Una casa gris, transladada de sueños e ignominias. Vidas pasadas, dejadas atrás, quién sabe si por un tiempo, a manos desequilibradas por la codicia.

Se ve todo diferente al sentarse frente a este marco luminoso, de brisas ciegas, lastimosas pero reconfortantes, de almas pasiegas con una historia y un destino, de quehaceres mundanos y labriegos, donde la mayoría tan solo guarda respeto a su afanosidad desdeñosa.
Rojos, grises, blancos. Cueros, harapos teñidos.
Tan solo oigo lloriqueos de una vida que habrá de abrirse camino perdidos tras las palabras del viento en el ramaje; tan solo oigo colibreos incesantes de pájaros que juegan, de personas que se aíslan en su mundo, éste que se alza gris y esquivo, pétreo, anaranjado y turquesa tras vidrios y ropajes.
El sol brilla destartalado, inútil, esquinado.

Se ve todo diferente tras el mullido trato del algodón, la espuma y el tergal.
Una mirada tímida a la derecha y un hombre agotado por la vida, atraído por Morfeo y su canto de náyade “circenae”1



Un hombre, un niño, un hombre. Acurrucado en un sillón con larga historia y la cabeza ladeada.
Un hombre, llevado por la ira y la congoja, latentes ahora.
Una marioneta con los hilos cortados y enturbiado, confundido entre rayas y lino. Si desvelásemos su quietud tal vez se rompería, o tal vez sus ojos no quieran abrirse nunca más.

Se ve todo diferente al iniciar un camino que se enraíza a cada paso en pos de alcanzar un hombro cercano; respiraciones entrecortadas y un latido de corazón cuyo compás marca cuatro vidas.
Vehículos aplastados, descolocados, un aire a tiempos sucio a tiempos floreado, y una mezcla animal y humana que pasea por las calles como desdoblada por la atemporalidad.

Se ve todo diferente, diferente y familiar, pero diferente; sumido en una pasividad caótica; cómico y trágico a la vez, teatral.
La vejez encamina la pedrera con aire confiado y sencillo; hasta sus piernas parecen de roble o castaño. Y solo se oyen rumores, de hombres y máquinas, mientras la mente comienza a silenciarse ensombrecida por lo concreto, por lo académico y lo fugaz.
La vida pasa para este hombre que tan solo aspira a hombre, fragilidad inmediata adolecida por las penas, las refriegas, las enfermedades y el deseo de vida. Para el oscurantismo y el cultismo, para la irascibilidad y la templanza, para la riqueza y la humildad, para la soberbia y la compasión desmedida. El punto álgido alcanzado y un alma adormecida y sentida, cuya lágrima de cristal viajará hasta el suelo enmoquetado. Será muy parecida a esta que ahora baja por mi pómulo, empática, asustadiza.

Se ve todo diferente, artificioso, forzado, enamorado y perdido.
Desesperado, amilanado por el roce de su piel, tembloroso ante su risa inocente, huidizo, asustado, aterrorizado, ensimismado, perdido en sus ojos. Enamorado.
Cada palabra codificada, cada gesto controlado, atrevido barrocamente, parnasianamente, no quisiera marcharse, no dentro de una hora, ni dentro de unos meses, se quedaría para morir a su lado, para vivir una vida que no es la suya. Tanta nobleza y miedo transformadas en una escapada angosta e intransigente.

Ni siquiera el cielo es ya azul, ni sus ojos marrones o verdes, ni siquiera la música suena armónica, todo parece haberlo robado con su belleza: todo el mar para sus ojos, toda la magia para sus labios, todo el sol para sus cabellos.

Tan solo quedarán desencuentros extrañados y notas vagas.

Tan solo un latido eléctrico le unirá a la vida que acabará de perder.

Se verá todo diferente.

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“Circenae”: Perteneciente a la obra de Cicerón.

jueves 31 de julio de 2008

martes 29 de julio de 2008

Entiendo


El despertar de la edad
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Entiendo el desprecio. Entiendo el murmurar entre dientes y la abominación de las sobras.

Ya no somos los que recordábamos.

Solíamos perdernos en el rememorar de las viejas historias, pavonearnos hasta de los malos recuerdos, los funestos recuerdos. Solíamos acompasar tardes con risas estrepitosas y a veces lágrimas, y a veces sollozos. Solíamos no tener razones para el encuentro, ni importar la fugacidad o la utilidad. Solíamos perdernos por las calles o desencofrarnos en cemento armado, con la esferidad como único umbilical.

Nos quejábamos de los placeres de la vida, de la caída de la lluvia sobre nuestros calados cuerpos, del frío o del descuido, pero había ilusión en nuestros ojos. No importaban los kilómetros, ni lo destructivo, ni el cansancio, ni había prisa por llegar o por marchar. Nos quejábamos con gusto, adorando quizás esos desmenesteres, creyéndonos héroes modernos, creyendo que alguien recordaría que sufrimos y amamos, pero sobre todo que sufrimos.

Entiendo el desprecio. De pronto hemos despertado a nuestros yos.

Hemos dado cuenta de ellos y los hemos guardado en el último cajón del escritorio, creyendo poder ojearlos cada vez que fuera en gana, pero están heridos por la goma y el pegadizo olor del barnizado. De hecho, no sabemos si, al comenzar su lectura, no acabaremos cansados a la mitad si acaso solo del esfuerzo de intentarlo.
Ya no nos conocemos.

Suponía la emoción en nuestras filosofías de estar por casa. Suponía el salir a campo abierto cuando la tempestad enfurecía, deseosos de recibir su dulce castigo. Suponía el conducir siempre por el carril derecho a la velocidad indicada sin importar si llegamos tarde o no, ni siquiera si llegábamos. Suponía la búsqueda de unos ojos verdes entre tantos marrones, ¿o eran marrones entre tantos verdes?, sin achacar que si ojos pequeños, que si frente desnuda, que si cejas pobladas, que si mirar entreabierto…

Hemos resultado excesivamente caros para nosotros mismos. Hemos olvidado el sentido de los actos, hemos olvidado la importancia de lo no importante. Hemos dejado muy atrás lo que identificaba nuestro heroísmo, lo que nos hacía fuertes, lo que nos diferenciaba del resto, aún en la madurez.

Entiendo el desprecio.

“ Somos césped - Éramos césped - inclinamos nuestros plásticos cuerpos hacia el cielo, rezando oraciones al vacío, para estirarnos hasta el infinito. Tras enmudecernos en la noche, esperamos el desplome del eterno para fundirnos con él en una nueva lluvia de constelaciones, y, al amanecer, recoger el rocío para devolver las estrellas o al menos sus reflejos, esperando, como respuesta, una nueva caricia del viento y un nuevo abono de sol. Ofrecemos sin reservas lo poco que somos y concedemos la ternura del aroma vivo cuando somos cercenados en verde corte y sangramos. Ofrecemos la imaginación al sentido. No importa la humildad, pues tan solo pedimos el maravilloso dolor de las pisadas, para penetrar en lo que da finitud a nuestra existencia”.

Entiendo el desprecio. Somos sobre todo soberbia, agresividad, grosería y pueril indignación.

La sinceridad ha transmutado en desprecio. La practicidad ha derivado en la relatividad del espacio-tiempo hasta el punto de no movernos. La espontaneidad se vierte en fogosidad desmedida y desusada. Todo es recelo y matiz. Todo es crítica y engaño. Todo es cátedra y legislatura. Todo es esfuerzo desmedido. Todo hace que nos parezcamos a lo que aborrecíamos y decidíamos huir. Todo es política radical, empeño en la cruda fiesta, alcohol por moda… cada vez somos más como el resto, pero menos como el resto, porque somos a sabiendas. Todo ya no es necesario, solo nosotros mismos.

Entiendo el desprecio. De pronto, no somos amigos.

Natalia hermosa

lunes 28 de julio de 2008

Ventana nº 7


Los no recuerdos
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La penumbra se ha adentrado en mi vida.

Ha entrado por la puerta como familiar visita con ánimo de quedarse. Su mano ha oscurecido la faz de las paredes y ha cubierto de tiempo los muebles. Se acumula su hedor de herrumbre en los rincones y se tuerce la vista al vislumbrarla.

Avanza por la casa como el viciado viento al correr los ventanales y descorcha el sonido de los rodamientos por ser estos incautos y ceder su suerte a su mano.

Desentraña las vísceras en la ducha y destrona ideales de reciclaje eterno, buscando con ello la inestabilidad y el odio, desdeñando con mueca si entre esta o aquella línea de supuesta limpieza se encuentra una pérdida de lacrimógena alma. Se introduce en los poros provocando la sudoración continua y recepcionando del organismo su locura por la expulsión del mal: sangría del alma.

Convence al desuso de someterse a la razón y viceversa, internándose en los sueños más tarde con sigilo hiriente y compungiendo el espíritu por echar de sí mismo lo soñado, lo posiblemente alcanzable. La vida no se esconde tras un nuevo día, sino tras cada esquina, tras cada nueva intersección, tras cada nuevo minuto de respiración.

Impide la zozobra, el ahínco, la compulsión, el ensimismamiento, la perenne queja y las pulsiones, mintiendo a la naturaleza con su soplido de víbora en los tímpanos, otrora hoguera vertiginosa que fundiera sus lenguas en el estupor de noche de luna nueva, rindiéndose a la rotura del cielo y su enjambre de luciérnagas, cual restallido de ascuas.

En el soñado paseo nocturno se trata de encontrar la magia en el alquitrán, el olor a terruño entre el carbono y la música en los gritos de las estrechas calles; así actúa la penumbra: desmiembra el ideal y lo aparca frente a una nueva lente de ordinariez, aún creyendo el ojo poder sacar de la fatalidad lo anómalo, lo precioso en la ponzoña, ese brillo mágico del asfalto tras una pobre lluvia.

miércoles 28 de mayo de 2008

Arte Dadísta Alumnos de 3º de TAJAMAR (1ª parte)

Letras Chinas (por Eduardo Ibáñez-3ºD)

La ventana rota,
en seis triángulos,
seguida de la doble equis,
van a visitar a la ce tachada.

Así, dibujamos las letras de atrás,
y como quiera, no quiere la cosa,
el cuadro ya está.

Mirando la Hierba desde un cohete (Alejandro Ramírez-3ºA)

¡ Q
OO Q
OO Q
OO Q
OO U
OO U
OO U
OO U
OO !! U
E Chulo, dijo la señora a la planta.
E
E
E
E

Y aora scrivimos kon faltas de horTOGRAfia xk...
¿Me das un helado?
¡Noooo! A vale grazias frontispicio me estoy...
DESESTRESANDO biendo a poco dolar
sobre una pelota de pin-pon y tomando
chokolate con pipas...
¡ Fiesta! De pijamas (?).

Vuela por casa (Javier Durante-3ºB)

La casa verde por bandera
de cristal azulado diamante.
La rata come piedra
de papel vuela con la
caña, pájaro apache,
indígena verano oscuro
de la vida que si no
la razón como la mierda

Animales, Animales (Santiago Crespo-3ºA)

Pobres ellos encerrados
que en la gloria,
Ahora están embobados
como atracción de noria.

Ellos que estaban en libertad,
les han cogido sin remordimiento
y no les han dado oportunidad,
ni tampoco conocimiento.

El toro sin un cuerno (Dawid Gos-3ºD)

Por tu cuerpo iba andando
¿Cuándo?
Yo fui poeta pero sin lápiz
¿Por qué?
No tendría ganas, teniendo una maleta.
¿Querías?
No supe lo que es el amor
¿No tendrías ganas?

Sin título (Alberto Pérez-3ºA)
s e
T h e d
e a l r
n y a a
g l e t
o u o r !
u n c e a !
a n a a c l !
m p u
a e v e r u
r r a m o u
i r c o p m
l o a c m
l
o
Está perdida
y da leche, oing, oing!!
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Les aunda locos y raros

Sin título (Ernesto Die Matendo-3ºC)

Vine, vi, vencí, otra cosa nada
más y espejo vió y que fue visto,
que era lo no que pueda ser pero
es no ser o sí ser vencido por algo

Querer es poder (Gonzalo Albendea-3ºE)

El amor es sujeto pasivo Es como el mar y el viento
que marca gol, y que en tiempos de guerra
lo celebra con amistad como el jugador que
y pena como un hígado se lleva la alegría
destrozado que quiere a casa y que se
irse a Angola, ¡sí! regocija porque
El amor es la expresión vienen las facturas.
del filete con patatas. El amor es la
El trigo y la cebada. sintonía de comprensión.

La cena (Alejandro Gómez-3ºE)

Érase un profesor cargado de edificios flotantes
que volaban con los pañuelos de menta, a la vez que
cantaban un chotis con Bob Marley, la cena
fue maravillosa
osa
osa
osa
osa
osa
osa
osa
osa
osa
osa
osaaaaaaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAlex Gómez

157629348
OMSIPOTIM (Jorge Lázaro-3ºC)

Pomposamente inocente,
propende desde la lengua las cosas,
el cisnismo es favorable al optimista,
son los informados el más Optimismo mundo.

Alarmismo; D en Diccionario más optimista,
el optimista es un misterio,
contrario a las formas para juzgar;
suele ser un aspecto mal realista el de sus tres.

Del que dice clásicas en sinónimo de lelo, alelado;
del que cotidianos y actualies es, niega el alarmismo.
Ellos, ingenio de calificar, o sea, el des-ve-lar,
afrontar el mal del que se va.

A él se le va a ver desde el mar.
¿Es o no?

jueves 17 de abril de 2008

Diciembre


Destino

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A esta hora de la tarde veo acercarse la lluvia a mi ventana, y llamo al viento para que aleje su llorosa fatiga, y con ella el deseo de suicidio.
Los ojos, otrora desengañados, se desojan y piden albricias para el otoño que no llega, pero que permanece latente en el alma, siendo ya sojuzgado por la muchedumbre que es el individuo.
No recibí vanidoso aquella caricia de invierno bajo el calor de los candiles, sino rabioso de historia común, sigilosa historia, entretejida, sumergida en esbozos de aire nuevo otorgado con los labios. No recibí conpungido aquel siseo doliente en la piel, creyendo por ello merecerlo o vencedor de ira, sino cambiante como la noche primaveral, abriendo paso a la mañana, desconocida por los campos insondables del ánimo. No atisbé soberbia en el recibo, sino deseoso de esperanza en las palabras y los gestos; y perdido entre las sillas reclamé el tesoro de tu aliento, malhechor por la condena de mi sangre al anhelo dehallar la tuya y bajar juntas al mar de la calma, del encuentro. No había saber en el canon propuesto, y sí virtud de fallo en el boceto, descarando el cincel y arrasando la piedra para darle forma de llama, y calor con ella.
Las manos coletearon gozosas en la arena del descuido para arañar caricias juiciosas, atrevidas, nerviosas; y soltaron de sí la alegría del intento, para verterse sobre tu latido, arrastrando de él un vaho pobre con aire de remite. Y señalaron el camino a tus muslos, pero sin sentido alguno más que la sonrisa entendida tras las entremiradas sentidas.
No verdecí floreado del triunfo de tu abrazo, sino con la ayuda del nutrido arropo de tu cabello entre confidencias nerviosas. No entoné el murmullo de las aguas que limpiaban fuera el cielo, sino que dejé que mojaran con aplomo la vida que deseaba fuera tuya, para entregarla también limpia y mondada para el paladar.
En el ruidoso atropellar de los besos debimos hundirnos en la ironía que nunca fue quiste, sino peca, y que, a la par, formó constelación con las estrellas del cielo, que ahora son alcanzables.
En el diciembre de la medianía, todo es frío y humedad, y el plástico concibe hijos con el viento, intentando éstos en un arrebato , separar la sortija del dedo, haciendo sangrar el sentido durante unos dulces segundos, que son obertura del nuevo enlace. En diciembre el aire es tallado, el mar vaciado y tus ojos jirones de seda en mis labios, copas de dulce licor añejo. En diciembre contemplan las briznas que son más altas que los rascacielos, rabiosos éstos por ser de acero y hormigón; y adornan los senderos y sus lindes, aunque solo acariciarán plantas y talones.
En diciembre fuimos océano, fuimos desgarro y ritmo. Fuimos canción, tiznón y sierpe. Fuimos acera y carbono. En diciembre fuimos salto, fuimos naranja, páginas y uniformes. Fuimos navidad y año nuevo, caricia, malicia, paseo y ternura.En diciembre… fuimos amor.

viernes 29 de febrero de 2008

Madrid


Cordero con piel de lobo

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Madrid devora las almas, las hace suyas y las contamina de verborrea infame. Parecieran sus calles cortafuegos de alquitrán, cicatrices en la tierra que recuerdan que fue herida de muerte. En las noches de invierno parece dormitar su espíritu corrupto bajo el armazón de cemento, y exhala su aliento entre las rendijas de las cloacas, dando a entender su estado de latente desvelo. Quisiera ser salvada de la almohada de artificial manufactura que la asfixia y hunde sus raíces cada día más en su cuerpo, cual cáncer.
Madrid se adivina presuntuosa en resquicios inocentes de campiña. En ocasiones resurge en un olor a libro viejo, en un pajarillo de melodías, en suspiros de nieblas unidas a restallidos de ascuas de los castañeros y a la eterna fritanga de los bares. Se presume engalanada de gentes y se arropa con el calor de sus cuerpos, esperando poder sobrevivir otra noche más al frío de noviembre, en esta pre-navidad.
Se gusta del deambular del eterno turista, sea de la tierra o no, que aúpa su ánimo con cada paso por las adoquinadas calles, esperando ser mejor persona tras un café frente al “escaparate” de alguna cafetería de la calle Arenal. Se suponen nuevas personas a cada trago del amargo amigo, quizás endulzado por el ideal de una vida que no es la suya, esperando ser olvidado para renacer en el anonimato dentro de una nueva piel. Todos esperan vestir nuevas máscaras, más dignas, tras doblar aquella esquina o degustar un hojaldre en la Mallorquina, apretujado entre iguales, sintiendo entre ellos empatía en la búsqueda de regazo ajeno que lo conforte.
Madrid es demasiado pan para tan poca mantequilla. Se dispersan las ideas y las vidas, volviéndose plata el fango y drogas el mármol. Trae con la pequeña brisa helada una reminiscencia de arte, pero se pierde en monotonía al hacerse la hora de vuelta. Vuelve pobre a cualquier tipo de rico, pero al pobre da esperanza de pasto sin ánimo de dádivas.La lluvia a Madrid no llega, se pierde entre el aire tosco, aunque a veces parece devolver fulgor a la suciedad que llena sus orillas de asfalto, aunque llegado el día maquillen de nuevo con polvo las fachadas y los cabellos. Quisiera que sus pulmones no hirvieran de putas y vísceras, que fueran remansos de literatura y música, sin estupefacientes, loros y marionetas, vestidos de alcohol tras el frío, y llenos de color a pesar de su vagueza natural.

viernes 21 de diciembre de 2007

Ventana nº6


El reflejo
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Vivo en un reflejo. En un reflejo oscuro. Pero no de espejo, no de agua o metal, sino en el reflejo del esmalte negro del piano que adornaba mi casa. Una tarde de otoño me robó el alma, no sé cómo, la enjauló tras minutos de estudio y negó su valía para los años venideros. Y poco a poco lo poco que quedó de ella unido a mi cuerpo fue perdiendo encanto, libertad y deseo, hasta quedarse inerte este cuerpo, como un envoltorio sin lo que envolvía, lo que daba significado a su significante. Cada día que pasaba, la vida perdía sentido, se emborronaban los sueños, las amistades huían hartas del hastío de la compañía, y el amor, presuntamente eterno, se alejaba harto-cansado de la laberíntica.

Ahora el reflejo ocupa mis ansiedades y suspiros.

Se me va la vida en lo recóndito de este lugar. No abarca más que un rincón del salón y la puerta de salida, aunque no acabo de atreverme a cruzarla, presumida su oscuridad. Voy aquí y allá como ratoncillo que, presa de la ciencia, sondea las paredes de su laberinto; pero temo encontrarme con los horrores que aguardan en lo oscuro, así que procuro no alejarme del atril.

En este rincón todos los libros de la estantería están ya leídos, me los sé de memoria, pero no parecen interesarme otros nuevos; y ya he tocado en las teclas todo lo que recuerdo, aunque cada vez las notas sean más vagas, o aunque las lagunas de la memoria sean cada vez más océanos; ni siquiera el reloj parezca avanzar, pero esta demasiado alejado de la claridad para acercarse a comprobarlo de firme.


A veces el recuerdo se hace tan borroso que me asusto al no reconocerme en el reflejo, aunque es una sensación relampagueante que pasa. Ahora centro mis aspiraciones en observar meticulosamente las diminutas pelusillas que se acumulan en el esmalte, pero, a pesar de mis quejas, nadie parece recordar el limpiarlas, o si acaso hay o no piano en el salón, así que muero de espera. Quizás sea ya Pedro devorado por el lobo.
Las noches aquí son eternas, pues es difícil conciliar el sueño con tanto crujir de la madera y con tanto desorden en las sombras; quizás ya haya amanecido, pero nunca termina de mostrarse el día, pues la luz llega apoyada en la pared, y no es suficiente para alejar la penumbra.
Y, ausente el esfuerzo o la furia de la añoranza, freno mi desaparición en el mate con lastimosas cargas autocompasivas y al reverberarme en el consuelo de lo aprendido.
Quizás sea ya Sísifo vencido por la roca y la montaña.

Hay ocasiones en las que observo con lástima a mi yo buscándome por la estancia, como quien busca las llaves de casa, que uno nunca termina de estar seguro de dónde las vio por última vez; pero pasa de largo, mira bajo el taburete, revuelve entre las hojas y murmura maldiciones sopena de su aletargada memoria. Ignora que esta fue suspendida en la noche del reflejo. Noto los ojos vagos. Ya no sé si soy yo o el reflejo. Y me pierdo en una esquina, siendo casi ya cuadro, que no reflejo.Quizás sea ya Víctor Zalalla anulado por Víctor Zalalla.

martes 13 de noviembre de 2007

Ventana nº 5


Ilusión de la antípoda
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Hoy se abren los ramilletes de colores con el estrépito de la alfaguara y llenan de luz el alfeizar de mi ventana. Y con los enjambres de viento florido se adolecen melosamente las gasas que cubren el interior de este balcón. Se abren los ventanales y las formas esculpidas en los frisos cobran vida, alzando de entre sus atuendos y contorsiones el entusiasmo del movimiento anhelado.

El sol cubre la dehesa, y las encinas besan el suelo con las bellotas que caen desde sus ramas, despertando así a la tierra, que dormía templada bajo la caricia del rocío. La bruma surje como hálito corpóreo y se enrama al atravesar los caballos el pasto, innundándose el herbazal con su perfume de sombra. El aire se inflama al morir la noche y surge de la espesura el abrazo de los azules.

El tacto se conciencia sereno y gime rufián al contacto con el frescor del lecho despreocupado. Se abren paso las posturas imposibles y la pesadez del ejercicio por el despertar. Se arrinconan entonces las oscuras siluetas de los muebles y crece el calor del cuerpo. La alhacena cruje en bagatela entonada y acompaña el paso el rumor de la porcelana y el cristal, haciéndose poco a poco deliciosas amigas del oído; y sobre el techado de la alcoba arañan el sueño con sutileza los fresnos y los robles.

El piso se ofrece pronto al paso con frijidez deseable, y agradecen las plantas el placer de su contacto. El lino ondea con la ventolera salada y se humedece cariñosamente con el descubrir del paisaje. Culminación de los sentidos, danza de las pupilas y saturación del olfato por los jazmines, las azucenas y las lilas. El vigor del álveo, allende al caserío, dibuja una extraña muesca de plata en el yeso, y resplandecen las pinceladas verdes de las márgenes y golpean los ventanales los olores del mantillo.

Ahora solo habla el apetito y el recuerdo del aceite y el pan; y el cortés despropósito de la albricia enjaula tristemente lo advenedizo.

lunes 22 de octubre de 2007

Antillia


La inconsciencia
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Existe el recuerdo inteligente de un reino mágico, perdido en los anales de la historia y en la metalingüística de la exposición.

Un reino escondido tras los párpados y sugerido por lo aún no aprendido.

Existe un reino mágico en el que nos aventuramos al atravesar el espejo, un reino tangible y detallista, estructurado, reconocible... ¿cómo ha llegado ahí?.

Su nombre lo desconozco, pero reconozco sus calles medievales entre copas y su luz relajada por el vacilar del fuego prendido en esas antorchas encandiladas; vivo la fiesta caminando por sus calles y desvío la mirada para descubrir de nuevo sus familiares callejones... ¿cómo he llegado ahí?. Recorro los empedrados y, sabiendo del sueño, quiero hablar con la niebla para sollozarle que mi recuerdo es real.

Puertos de montañas selváticas, como cortafuegos que desmembran un cuerpo, y encrucijadas a sabiendas de tomar el camino diestro para seguir la margen del rio hasta la costa, donde aguarda el misterioso recuerdo. Descubro la ruta sobre dos ruedas, a riesgo de perderme en las lindes. Sé cómo entonar la vuelta.

Viajo en barco, o soy pájaro, para adentrarme en el mar y contemplarlo. El recuerdo vive en una isla, ¿o es una península?, edificada, escombrada, gótica, más bien multiétnica, inducción reminiscéntica derivada de esa casa barroca o aquella construcción piramidal. Deduzco sus trazos modernos, y no me cuadra frente a este negro palacio destripado, ni cercanos ambos a aquel invernadero anoréxico e infectado, preludio de un zoo antípode, acorde peculiarmente con el entorno.

Navego el río, y me sorprenden todas esas grandes hojas que caen como lluvia, toda esa abundancia de malas hierbas, que esconden bajo su alfombrado el oscuro sortilegio aplastado por la ciudad de carboncillo y virulencia en el olvido.
Repaso con la vista los oxidados barrotes, antaño presa de bestias, y el vidrio dentado, casi parte de la naturaleza. Observo ahora el cielo, y aseguro la decadencia por el desplome firme del monzón.

De nuevo estoy en la playa, lontano a la “pen-ínsula”, y la recuerdo lejana, como un sueño dentro del sueño. Quiero llegar a ella por vias férreas: una cremallera dentro de todo este verde pliegue que avanza y avanza, extinguiéndose en la suposición de un delta fluvial. Ahora es naturaleza, ahora envalse, ahora desbordado, ahora destructor para con el hombre, ahora playa lejana, llena de raíces acuáticas, como venas de un mismo cuerpo, enmarañadas, abriendo la circulación al infinito salado. Desde no sé qué altitud puedo divisarlo todo, recorrerlo con ojos convexos y asimilar nuevamente la familiaridad de esa construcción dejada de la mano de los dioses. Ahora aquí, ahora allí, ahora dónde, ahora quién sabe.
Me adentro en un nuevo personaje. Pasillos de museo, ecos del prerrománico, vasijas, collares de oro y piedras, máscaras, y miles de opacas vitrinas. ¿Por qué no puedo contemplar su contenido?. Todo a media luz.

Me esquiva niñamente1 algo por los pasillos. Los tapices comienzan a escasear y se desnuda el yeso, la mampostería, el escombrado suelo encierra algo más que suciedad. La oscuridad es ahora asfixiante y nada más que grises levantados de la piel del edificio parecen desenmascarar la extraña duda. Contemplo tesoros de humo, enterrados, encontrados y ficcionalizados. Y pierdo la compañía al llegar aquí o allí; pero hallo la crónica destartalada. Me habla de hechos heróicos, de escrituras perdidas y malhalladas, de sendas, de bosques, de estrellas, de caras, de fiestas y de comprensión. Me habla de magisterios, de hechizos, de martirios, de lunas, de dioses y hombres, del acero y la mica, de la metáfora de lo intenso, de lo universal particularizado. Me habla del miedo, de dudas, de siniestros pasos en las aguas, de ruinas y de bocanadas de desdicha y de cólera. Y de la huída a través de los fondos, para, tras la muerte agotada, dejar constancia de la excelencia a pie de playa con forma de dorada llave.

Nadie sabrá a la salida del templo de lo sucedido, ni de mi jugar tontuno con la anomalía. Nadie sabrá dónde, ni cuándo, ni por qué. Nadie sabrá a que viene esta locura, ni siquiera la confidencia animosa del conocido. Nadie me desventurará el placer de la desdicha, ni del fruto aniquilado. Nadie hablará de las vidas, ni del infortunio. Estoy condenado a falsearlo, como un sueño. Quizás lo fue.

Recorro este paseo, aquella duna, y lloro pensando en lo que quise que fuera. No tengo fuerzas para ver en esos oscuros lazos bajo las olas la carretera negra que conduce a mis ruinas, no puedo sentir mías estas piedras como si fueran escalinatas a algún que otro sitio que se me escapa. No puedo convencer a nadie de nada. No tiene importancia.

Solo en el final desenlace, vestido de hermano, me mostrará el rostro de arenoso velo y peine de agua: el aureo sello de sus puertas.

Ahora podré llorar por Antillia.

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1 Niñamente: Aquello que recibe la animosidad juguetona de un niño.

lunes 24 de septiembre de 2007

Ojos


Sin subtítulo

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Todos los ojos escapan de la sala. Prefieren ya centrarse en otra cosa, ser gatunos para con ella y abalanzarse con aire lúdico y criminal sobre ella. Son gatos traidores.

Ojos. Ojos de todos los colores. Azules, verdes, marrones, traidores. Te atraviesan el alma esperando obtener respuesta sincera a su provocación. Algunas veces rabiosa, otras templada, antaño soberbia, y ahora subversiva. Son cuchilladas de cinco dedos, no condenables.
Airean las vergüenzas y resaltan lo más humano, pues la máscara, esa “gota de madera pintada por el mito”1, no oculta ni los huesos ni los órganos. No puede sostenerla esa cara soslayada y descarnada, ha perdido su adherencia.

Esos ojos, han sangrado a este alma, hasta hacerla desaparecer convertida en piel mudada o en polvo: vuelta a la tierra. “¿Dónde estás ...?”2
En la tiniebla de esta sala, aunque tibia, se esconde descamisada la memoria. Trofeos de tiempos siempre mejores parecen prolongación de su contorno, pero está abandonado todo recuerdo. El pasado ya no importa, solo quedo sobre el escrito. ¡Qué vacío dolor el de la inmemoria! Es el dolor más agudo reservado para el hombre. ¿Qué es el hombre sin memoria ni nombre? Sombra. Sombra que aguarda bajo la sombra.

Esos ojos debieron marchar antes para no contemplar el dolor, y así permitir el desangrado. Una vuelta a la adolescencia para volver a ser. Para juguetear de nuevo entre el niño y el hombre, siempre por ello avergonzado, inexperimentado, dolido, vivo, tremendamente vivo.

Arañado han estos ojos el vuelo rasante de las faldas del alma, la han hecho harapos y ha perdido la fuerza de las armas. Han hecho pesado el caminar, como si hubieran empapado los bajos de sus vestidos. Es tan pesado e incómodo por el frío de lo húmedo que invita a no salir de casa, pues el ambiente fuera es también húmedo y frío, traspasaría el tejido para escamar la piel con una rapidez que no se desea. Así se sabe dulce la sombra y resguarda con calor y más olvido. Es tan familiar que su abrazo disimula las imperfecciones y abuelen3 las virtudes.
Ah...! El clamor del piano... cuán olvidado! La titubeante creación de las letras, esas letras impropias, impersonales, que brotan como torrente. Un río en-ojado4, hora oculto, hora vislumbrado. No sé si es tierra o agua.

Los ojos, los ojos, ojos para la desgracia, para la podredumbre, para la alegría del consuelo, para el cansancio, para que “nada sea como antes”5, para que “nada cambie nada”6.

Esos ojos... buscan el polvo en los rincones, y los cacharros colmando la pila, y la ropa maloliente en la lavadora: buscan la dejadez, la pereza, el descuido.

Esos ojos... pellizcan puntos débiles con el fin de hacer saltar nervios, para arrancar de nuevo el amor donde parece dormido.

Esos ojos... búrlanse, mófanse, ríense7, de la torpeza de la mente, del descontrol de lo conocido, de lo escapista de lo latente, de lo atado e invisible: es necesario el deshonroso insulto, el cruel grito, la rotura feroz de los miembros, el gesto arrasador y la demagogia imperada.
Esos ojos... prestan ,visten, arreglan, cosen, disimulan, solo quieren llorar como llora su interior, solo quieren golpear las caras, sacar látigo y liberar con chasquido hiriente. No pueden, no saben vivir.

Esos ojos... son lo incierto.

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1 “Gota de madera pintada por el mito”: Definición de una máscara tribal llevada a cabo por Pablo Neruda en una de sus obras.
2 “¿Dónde estás... ?”: Recordatorio al ensayo denominado “Apelación” de esta misma obra.
3 Abuelen: Dícese de la acción reminiscente a la infuencia de las abuelas sobre sus nietos. Para ellas son auténticos ídolos, a pesar de que los defectos sean mayores en número e importancia que las posibles virtudes. Además todo aquello quedará exagerado hasta el extremo: superlativo.
4 En – ojado: Palabra que aúna dos significados: “enojar” (enfadar) y “en-ojar” (atribuir las características y la fatalidad al tiempo que supone la mirada angustiosa de varios ojos al detalle de los movimientos).
5-6 “Nata sea como antes”, “Nada cambie nada”: Recordatorio a la letra de la canción “Lamento” del cantautor Gian Marco.
7 Búrlanse, ríense, mófanse: Recordatorio a la lengua gallega, donde los pronombre siempre van tras la forma verbal, logrando con ello énfasis en las acciones y no en el agente que las realiza. En caso de destacar al agente, el pronombre se antepondrá a la forma verbal. Ésta es una manera de restar importancia al escritor.

viernes 7 de septiembre de 2007

Apelación


A mi pequeña siempre niña caneliblanca

Rabia, dolor, tristeza, olvido, muerte, fortuna, maldita fortuna allá en su laberíntica estancia donde el niño duerme tranquilo y seguro.
Divina complejidad ardida a yunque y fuego sin protección ocular, sin dudas ni remordimientos, sin resentimiento alguno, pues vaga es la esperanza de la fortuna en los perdidos en la ideática 1 existencia.

Producto efímero éste que perdura caducamente. Unos minutos tan solo tras la soberbia exposición del sacerdote proscrito pero que sigue sermoneando, cuyas palabras taladran hasta las paredes, tal es su martilleada reiteración, como si lo que pronunciase fuese todo pecado y malicia incomprendida por mis oídos, ya sordos de angustia por lo perdido inconcebiblemente.
Esas chispas desprendidas del hierro.

Todo resulta ya vacío, en blanco y negro, ni los verdes ni los azules de la ventana aúpan ya este amasijo cárnico.
¿Dónde reside aquella adolescencia infame de invencibilidad y tortura animática?.

Perdida es la persona que firma papeles ilegibles. Esa firma no cobrará sueldos algunos, ya sean de cuerpo o de alma.
Adiós a todos, porque no resurgirá más el Ave Fénix, como nunca lo ha hecho, porque en cada lucha murió la persona que fue, y porque se ha devorado a sí mismo pues no había contrincante al que matar descosidamente; ni antes, ni nunca, pues el ahora no existe.

¿Dónde estás amiga muerta?. Tu recuerdo no me ayuda, pues tu recuerdo no es tal, ni siquiera alimentándolo con soledad ganada en unas oposiciones llenas de sarcasmo.

No gana sentido esta guerra, ya perdida incluso antes de saber que se libraría de alguna manera atisbada.
La verdad no somete al vencedor, pues no hay vencedor, ni verdad alguna que muestre sus ojos azules, profundos, lóbregos y llorosos, pero vanidosos.

Verosímil es tu caída, amiga, pues nadie habrá de levantarnos del sucio suelo, quizás inexistente. Solo tú comprenderías mis palabras, aún sin hablar mi idioma. Tantas y tantas tardes de estío donde la presencia se hace consuelo y donde las palmaditas en la espalda bastan para echarte al fuego, allá en ese recóndito y oscuro agujero cuya tierra es al tacto reconocida por tus manos. Tal es este cínico destino.

¿Quién es el verdadero héroe?. De donde venga no tendrá nombre y no mirará a ambos lados del camino pues su mirada no es merecida, tal es su orgullo y su piedad fundidas, infinitas sin duda.

¿Qué haré sin tí ahora que la carrera ha terminado antes de llegar a la mitad del trayecto?. Son tantas las piedras del camino, las montañas, el peso gravitatorio que nos ata al suelo, que ya el vuelo, algo indigno, es imperceptible por mis sentidos mutilados congenéricamente. Las metas eran solo reflejos platónicos, sombras en las paredes cavernarias. Y lo seguirán siendo de aquí hasta el día no muy lejano del fin de la tragedia, quizás merecida después de todo.

La nobleza renacentista se urde en espumosa rabia. Lo maternal es ya humano hasta el extremo; y lo filial es despertado con el puño.

Palmas de manos que deben marcharse antes de la hora, purgatoria existencia, falsedad en harapos cuyos hilos se despuntan. Demasiado gastadas están estas ropas. El espejo de cada mañana se ha resquebrajado a manos de la desconfianza; y ahora, aún con miedo, busco tu imagen en su reflejo, amiga.

¿Por qué así, de esa forma?, ¿por qué toda esa sangre y dolor cancerígeno?, ¿por qué no en tu hogar?. Tú, que sí soñaste, debiste ser zancadilleada y reducida pues si no no habríamos quedado todos contentos.

Perdóname por ser cobarde, ya no queda valor en mí. La duda es ya un cuchillo en mi cuello y unos brazos esposando los míos. Sí, un ataque traidor por la espalda, pues ya estaba descuidado a sabiendas.

Recurso a la sentencia son estas palabras que leerás aun siendo medio ciega y sin conocimiento. Me comprenderás aun sin escuchar nada, pues todo estará ya dicho antes de pronunciar nada,
siquiera susurros.
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1 Ideática: Fusión de dos concepciones. Por un lado, concepción de la existencia real a través del “mundo de las ideas” propuesta por Platón. Por otro lado, concepción de una existencia idealizada.

martes 28 de agosto de 2007

Suyo


Encuentros contigo
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Hoy desperté entre sábanas húmedas, entre grises hojas de Olmo, bañadas por una sinluz rojiza que no sé de dónde viene. Desperté extraño en este lecho mecido por no sé qué aguas, las del sueño encontrado entre sus brazos de bronce y sus ojos perdidos. La niebla oscurecía la estancia, y no podía acertar a alcanzar un nada próximo o lejano, nada, parecía que se desplomase el cielo sobre nuestras cabezas. Atisbo a lo lejos sus labios y me yergo para lograr besarlos, con ánimo de encender su desvelo, pero me he perdido de nuevo entre los jirones azules del viento. Lamento tras lamento alcanzo el pie de la cama, más esta orilla se descubre apartada, trasnochada y solitaria, nívea como el susurro de su boca al clamar por un divino roce de nocturno preludio. Me encaro con el oleaje, pero solo hago espuma, lazos y lazos de espuma; pareciere que quisiera escribir mi nombre en el rumor del agua, por si pudiera siseárselo a alguien más adelante, con la esperanza de ser encontrado, que no salvado, pues descanso placenteramente: los sentidos viven un éxtasis, y creo poder tocar los cuencos que quizás contengan el néctar y las ambrosías: son sus delicados dedos acariciando los míos con adormilado movimiento.

Ahora la niebla es de oro, ahora cobalto, ahora cobriza, ahora gitana... Me arrastro ciego entre los pliegues para pasear mis manos por su faz y hallar sus finos cabellos, derramándose de entre las cuencas que dispongo. El cielo no parezco hallarlo, pero sí que veo las estrellas, altivas y juiciosas, negadas a la mano humana, y creo soñar hadas que las alcanzan.
Qué rojizo está el cielo, amparo de la lluvia, no tardará en verterse sobre nosotros y confundirnos tan tibiamente que vuelva a sumergirme en la paz del sueño. Un masaje suave y aterciopelado que relaje aún más mi mente hasta hacerla suya, tremendamente suya.

No sé qué hora es, pero, ¿acaso el tiempo importa?. No siento electricidad alguna aunque los escalofríos me hielen la sangre, tan roja que tiña esta niebla. Los anillos los dejé sobre la mesilla pero ahora aparecen plateados y anudados a mis dedos, cómo relucen y me muestran su camino, como faro en la noche. Siento el deslizar del agua por mi frente y mi nariz, como acariciándolos pausadamente, ya soy suyo. Parezco escurrirme con ella y confundirme con la mar, como arena que se arrastra sencillamente por el cuello del reloj, pasando, avanzando, adentrándose en una nívea y cálida estancia para sedimentarse con escultórica firmeza. He notado su respiración sobre mi espalda, y quisiera girarme para buscar su boca, su cuello, con mi frente y frotarla como gato en la faltriquera de su dueña, buscando ternura, suavidad y calor, intentando mitigar estos latigazos deliciosamente fríos.

He escudriñado entre las hojas secas buscando letras, palabras, frases, pero solo palpo hojas, rugosas y livianas que quizás quisieran escaparse de mí como arrastradas por el viento que tal vez venga de mi mano. Me miro y no me veo, parezco perderme entre los ramajes.
Oigo cánticos livianos, de pajaruelos que deben revolotear cerca, pero como ausente pierdo mis manos al alzarlas a lo alto con ánimo de apresar alguno, para ofrecerlo sin reservas con ilusión de provocar su dulce risa de niña, ya la oigo a pesar de herrar en mi empresa. Ya está ante mí para recompensar mi vacilante gesto: me deshago como la espuma de este mar al notar el tacto de su piel, líquido y mercúreo1.

Suspiro tranquilo desde la serenidad de la profundidad y observo la llegada del alba, intentando alzarse por entre los resquicios de esta acunante niebla. Y sus ojos y los míos observan y se observan rasgando desde el nacimiento hasta el ahora con colegial entusiasmo, hiriendo casi a su paso, levantando la piel con sigilo y amparando el desnudo con la calidez del abrazo, dejando tan solo al descubierto la muerte de una vida para comenzar con el nacimiento de otra.
Soy tuyo...
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1 Mercúreo: Que contiene las propiedades del mercurio. Relativo a los espejos.

miércoles 15 de agosto de 2007

No diré tu nombre



El mundo tras la ventana del aula
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Paredes descascarilladas entre el cielo y el papel, mal pintadas, ilusas, osadas, y un discurso ambiental que nubla la conciencia del más airado, cuando ahí fuera se rompe la calma con eléctrica espada.


El cielo acaricia mi frente con sus suspiros de hierba, con su líbido sinuosa, enjaezada, como si tuviera silueta enjarrada, artística, libresca, ofreciendo una pequeña algarabía de mozuelos que se mecen como aolados, reposando en la calma de este mar que parece dormido bajo la lucha atmosférica.


Ahora este papel no sabe si ser tristánico o isoldado, pues es presa fácil para el desconsuelo de los pazos, aquellos risueños, familiares, íntimos, perdidos, bibliográficos saturadamente, pero vestidos de franela encuadrada y verde pana adoleciente: humanos.


Una mezcla de polen y tiza surca los aires enjaulados. Mientras, el enrojecido paisaje, el enverdecido paisaje, aunque vive artificiosamente engarzado, clama con su grito preestiático. Colosal, imberbe, volviendo acuático al lector del papel, que escapa sigilosa y huronamente de la caída picada, que no ha de alcanzarle, salvo en la memoria futura. "Vagueza total para el ánima", piensa.


Ahora el cuerpo parece manchado, enfermo de algo benigno. Parece una constelación pues si uniéramos los puntos contemplaríamos el dibujo escondido. Y algo anular, viejo, corrompido, pero heróico de alguna forma, rescata comitrágicamente de este calor pesado y lleno de rejas aparentes. No se dan cuenta las manos que controlan dichas rejas que su esfuerzo inútil cae derrotado por el cielo y su lamento celoso.


Que si "la posición habitual es preludio de la conclusión", que si "intercaladamente proyecta independencia", que si... no puede oír el alma esta verborrea cuando el cielo grita y llena la tierra de lágrimas arbitrarias e incontenidas. Hace un momento tan solo el sol acariciaba las cumbres, y ahora deshace los brazos cual arena y los transporta para confundirlos con la sal, encantados vuelan junto al olvido, hechizados por las nubes y su engalanado fenómeno disociante. Todo es poesía.


¿Cómo justificar esas sonrisas cómplices ante el laberinto setentero y bigotudo?. Más ganan las musarañas, que seguro desfilan para los ojos ciegos.
Historias de algo, prosas lirizadas, poemas prosificados, garabatos locos, migrañas que rompen la cabeza como el rayo el cielo. Y ahora los charcos parecen pinceladas de oro en un cuadro tiznado de carboncillo. Artístico, tizianesco y goyesco a la vez, clásico.

Se oyen bufidos de vez en cuando hasta la pérdida de la vista. Y vuelven los resoplos. Sus ojos seguro que están en casa, en la lectura, en otros ojos, quizás dorados, en el descanso, o en el viaje que proponen los emplumados heraldos.


La tierra devuelve el suspiro y dice ser suya. ¿Y quién no lo es?. Solo tras horizontar la inclinación veremos afiladas las puntas arbolescas, y, a medio plazo, un cortejo envolado. Pasos fugaces y saltitos rufianescos. Todo un dibujo animado.

No se fundirán en un beso pues no saben qué es eso, ni siquiera tienen labios; pero se acurrucarán cual tórtolas y otearán adormiladas el horizonte buscando algo visible para sus pequeñas pupilas en él, algo que no responda a la bidimensionalidad. Solo lo chiquillo llamará su atención, y la nuestra, pues ya somos pájaros.


Piscinas en vez de lagos, azoteas en vez de piscinas, torres en vez de azoteas, adosaguas. Todo se mece ahora con tono satírico e inocente a la vez: sarcástico.


Los reflejos en la madera se pierden y Selene se alza imperiosa, mas no es su hora aún, así que esperará allí esquinada a que lleguen las siete y cuarto, y luego las nueve menos diez, cuando la rivera del río ayude a su coronación efímera.


Nunca la belleza tuvo nombre. Ahora es imperativo, mas no serán mis versos quienes lo enuncien. Lágrimas perdidas, felices, ensoñadas, con las que humedecer sus labios, que tampoco enunciarán el mío.


Amor eterno.


(Martes – 27 de abril de 2004 – 18:44 de la tarde)

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Aolados: Mecidos por las olas, pero de viento.
Tristánico o Isoldado: En el texto, búsqueda de la tragedia a través del escrito, en cuanto a fines literarios; presunción de lograr la literatura con unas posibles palabras vanas.
Pazos: Recordatorio al doctor Pazos, profesor de Semántica y Pragmática en la U.C.M. Se produce aquí el efecto disociativo completamente antepuesto a la personificación, transformando la persona en paisaje.
Huronamente: Dícese del movimiento de huída parecido a la forma sigilosa y eléctrica del hurón.
Comitrágicamente: Antepuesta a la Tragicomedia, esta variedad teatral inventada propondría una comedia que irremediablemente acabaría en tragedia, es decir, en muerte, de alguna manera también, irónica y burlesca.
"..." : Frases propias del profesor Pazos durante el transcurso de la clase.
Tizianesco: Que comprende características propias de una obra de Tiziano.
Horizontar: Transformar la escena en horizonte, es decir, aplicar márgenes a lo visionado.
Envolado: Dícese de aquellos que tienen la posibilidad de volar (los pájaros), pero como si dicha posibilidad viniera dada por dejarse llevar tan solo por el viento, no por el esfuerzo de sus alas.