
Noches dulces
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Caminando a ciegas en la noche reservamos para nosotros el descuido de las siluetas. Éstas se entregan insinuantes al rubor de las sombras. No saben que están son eternas y que difuminarán su contorno hasta volverlo infinito. Quizás un salto base. Quizás un puente a la inmortalidad.
Las farolas alumbran lo ignoto, pero rescatan de entre los escombros los recuerdos del no ser, y abren abanicos de posibilidades curiosas. Se prefiere el desvelo.
Las respiraciones pactan hijos con el carbono del aire y estos se reproducen en los poros de la piel, resecando y escamando, esperando generar, de entre las hojas cutáneas, una siembra de nuevos frutos en el asfalto. La piel exhala con fiereza: busca el aire limpio.
Las luces se apagan y finge el corazón que sueña, buscando el reflejo en las ventanas. Devolverían el beso si la razón lo permitiera. Buscarían los labios con un recato visceral, envidiosos de la humanidad que sugiere el simple concepto de personificación atisbado. Precioso verso.
No veo las estrellas, solo una maraña roja, pero no necesitan estrellas los ojos que buscan bajo la tierra. Solo desean parpadear al compás de un latido que se debilita día a día. Todo es ignorado por todos.
Los pasos se aceleran, se sincopan, se apocopan, se aterran. Parece que escapen de algo o de alguien: de sí mismos. Y por un momento solo importa escuchar, entre el silencio, el sonido del cuero que gime al contacto con el hormigón. Nos recuerda que estamos vivos, que no somos viento, que sí somos viento, deseosos de huir en el lamento inquirido en los ramajes de los robles que marginan la calle. Nos recuerda la humanidad el fogonazo de unos faros de automóvil y la efímera ceguera que provoca. Recordamos que tenemos ojos, y los maldecimos.
El alma escondida, no quiere ser descubierta, quiere ser anónima para sí misma y fingir también que no se arruga aplacada por la cotidianidad. La rompe con cada nuevo paso, y con cada vista atrás para recelar con suspiro que no es seguido. Una lágrima escapa de entre la cuenca del ojo izquierdo. Imposible apresar el alma: demasiada vanidad.
La magia se sintetiza en un escalofrío que recorre el cuerpo a pesar de los más de treinta grados de temperatura nocturna: un calambrazo con toma de tierra. Se arruga la cara y se piensa en lo que ya no es. Celebramos, por tanto, el regocijo. La caja de Pandora tiene una fuga, diminuta, que se cierra con besos y con calor que no satura y convida a la sudoración, a pesar de esos grados de más. Es calor sentido y recibido con manos abiertas y con nariz presta al perfume. Otra lágrima pide paso, esta vez por la cuenca derecha.
Pero la noche no da margen: pide la cabeza. Se la entrego en bandeja de plata y hace con ella lo que desea: sumergirla en una tempestad de agujas. Ya no hieren, pues el espíritu sabe de la compañía y ya no se deja llevar por el oleaje furioso del subconsciente. Es feliz.
Una caricia suave al párpado, tan escocido antaño. Nos reímos de los monstruos que aguardaban bajo la cama: son maderas que dilatan. Lo más que consiguen es una pausa en el respirar, ahora ya siempre profundo. Solo merecen un alfiler nostálgico de tiempos dulcemente lastimosos.
Un poema al oído susurrado por la ventana ligeramente entreabierta y un aletear de visillos aún no colocados. Un mirar vacío al patio y otro al lecho, para asegurar que nada es fábula.
Pide paso otra lágrima, para destronar la amargura que quizás reste, pero no sale al reconocer, muy a su pesar, que ésta desapareció el día que por fin durmió a su lado. Un sordo aplauso y vuelta a la inconsciencia, pero ahora con golpe sobre la mesa. Ya no tiembla la mano. Solo espera que raudo llegue el nuevo día para poder vivirlo de nuevo entre algodones.
Somos uno.















