miércoles, 16 de noviembre de 2011

Rhodas



Hay un recuerdo que no se borra de mi memoria: la insolencia del viento azotando el mar oriental con voz rota.

Líneas quedas sibilantes meciendo un arabesco de cereal parco en gustos.

De fondo, acordes de guerra que salpican ecos de miscelánea fuerza transgresora mas con apariencia de latencia hirsuta.

Al fondo, pequeñas luces apaciguan un espíritu inquieto a cada segundo transcurrido y abrasado por un sol de canela mitigado por la brisa olivácea.

La bruma corre dulce y tapa para las pupilas las costas de bronce. Las ocultan en el azul del viento y en su carisma de aplauso.

Un canto quebrado recuerda al intelecto el palpitar de la palabra respeto, harto olvidada, incluso a la décima de oirla.Y, al brotar ésta de la piel como un quiste berrugoso, molesta y se trata de sacar de entre el vello, ya sea con las uñas o con una abrasiva cirujía.

Fuimos vencidos hace tiempo por el mismo que todo lo mata. Hasta los ideales y la certeza categórica caen en el desuso. No queda sino una palabrería cuyo sentido muere antes de salir de entre los labios.

El filósofo habla de la educación y del mensaje oculto en la melodía de los árboles, pero todos apuntan con sus objetivos al cielo soleado de Grecia. Entre tanto, madura alto el fruto de la discordia chillado con palabras adultas.
Y, así, la piel se marchita entre tanta apariencia de cartón piedra.

Irrumpe el cordaje y el acero rechinante esperando recuperar, de entre los pliegues enmoquetados de la personalidad, un rastro de migajas de pan que nos lleven de vuelta a la seguridad de casa. Pero quizás prefiramos hundirlas en la pausa, en el no silencio del gentío abrumador y caótico en su soberbia individualidad. Cree el corazón que no merecen la belleza de una palabra gentil en su forma.

Miles de acentos se mezclan en el desconcierto de alcanzar a unir semánticas. Y oimos hablar de San Jorge, de Helios, de Anatolia, de odios risueños, de muecas de dos colores, con 'aahhs' que, mudas, parecieran indicar sobreentendimiento.
Todo queda en breves juegos de mesa y verdulería selecta, los cuales no entienden de aliteraciones ni lluvia de culturas.
Todo es un balbuceo que quizás debiera apagarse con azúcares y cafeína que invite a más histrionismo barato.

Fuera vuelan las moscas, deseosas de entrar para posarse entre los trazos melosos de mujer.

El filósofo habla de la importancia del sexo y del peso de las marcas de agua que deja el peliculeo.

Habla de la tierra y el mar, de la maternidad y el hogar, bellos todos como un iris tricolor, pero que a la chusma le suena a monólogo de salón. Y ríen en vez de esgrimir lágrimas de conciencia.

Mientras, el amor aguarda dormido en lado siniestro, esperando ser despierto por una caricia de sauce. Todo queda en el espacio que dista de las yemas de mis dedos a su calma salina: el despertar llama con nudillo de esparto y la oxidación del hábito, asi que arrullamos con besos suaves salidos del suspiro enamorado.
Si pudiéramos, tallaríamos una caja de cristal de roca donde salvaguardar su inocencia de oro blanco y su boca de pétalo.

El filósofo habla de magistratura, de sombras chinescas proyectadas en madera de sauco, y de niños macerados al sol que tocan acordeones de plástico acomodados en el frío del mármol. Pero al abrirse paso las calles centenarias vemos ondear no solo las banderas, sino los odres de café caro y los edores de carnaza haciéndose en los hornos, confundiéndose sus extrañas fragancias en licores de Malta y especias de Pakistán. Se ven bailar los algodones, los linos, ahogados en la humedad del Egeo. Y buscan mis dedos por entre los suyos, queriendo ser sílabas en bocas de ninfas atrapando de nuevo a Apolo para que hunda su carro en las fauces del mar y rescate con ello un suspiro de la tierra, alumbrada de entre los recodos de una civilización en decadencia progresista.

Mientras, se pasean las carnes y el poliester, guiados por una vista ya cansada, apoyada en el confort de unas lentes que engañen al ojo y al alma en su paseo de plata. No vive su retahila, salvo en ese cansancio preso de la modernidad y el silencio.


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La sociedad del cansancio

Últimamente, cada vez que salgo de casa, me enfado. De hecho, creo que no hace falta salir de casa para enfadarme; con abrir la ventana...