jueves, 9 de septiembre de 2010

Desperézate

Ademuz
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El otoño propone su hipótesis. Frena el paso del tiempo con esplendor de bronce. Asienta en el suelo sus huellas labriegas y extiende para el sentido su mapa de trasiega orografía, asfixiada ésta de dudosas vidas de piedra, como esperando ser descubiertas por somnolientos intelectos vencidos ya por el cronómetro de la semana.

Advierte al viandante con su calma de viento y clava guijarros en las plantas de los pies habida cuenta de dejar dolor también en el recuerdo, cuando llegue de nuevo el abandono. Se reserva así la posibilidad de el reencuentro.

El otoño ofrece la restauración, el lavado de heridas con suspiro anónimo, propone el reciclado y la esperanza de la indolencia y el futuro de los invencibles: atrevimiento. Aún así, con el frío de la escarcha, se reserva el derecho de omitir su estilo directo para no causar más que romanticismo pleno.

De pronto surgen los contrastes, el pausado ritmo de sus cortos días y una noche cada vez más amplia, pero no presta al sueño, sino a la pesadilla y por ello el cansancio al amanecer. Espera lograr la entrega a la enfermedad del alma y arropar en mantas el abandono de la persona a la refriega con la realidad postvacacional. Quisiera ser persona para invitar al enfermo a la profunda inmersión en el campo y en su naturaleza también anónima pero llena de sollozos de alegría. Y herirla con su beso de alergia y espino, pero confort en el mullido calor de su sol esquinado.


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La sociedad del cansancio

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