lunes, 22 de febrero de 2010

Isla


Descríbeme el movimiento de las olas.

Ya no lo recuerdo, amor. La niebla de la bahía se ha alojado en mis ojos.

¿Recuerdas las mañanas de niebla en la bahía? Solíamos perdernos entre los árboles de piedra jugando a encontrarnos para fundirnos en besos y abrazos, siempre cálidos, en el húmedo frescor de las mañanas otoñales.

Aún oigo tus risas alocadas y el nerviosismo de tus pies al alcanzarnos alguna débil ola descuidada que quisiera apresarnos entre sus tibios dedos para contagiarse de nuestro amor.

Descríbeme cómo recorre hoy la bruma el horizonte.

Quizás ya seamos uno, la bruma y yo.

¿Recuerdas las carreras de los niños? ¿Esas carreras al tiempo felices y asustadas cuando jugábamos a fantasmas en el delta del río?

Aún percibo el calor de sus lágrimas en la piel de las yemas al enjugárselas, provocadas siempre por la ansiedad de la duda. ¿O quizás era la lluvia que correteaba por sus frentes?

Todos éramos lluvia, calma y júbilo.

Todos éramos mar.

Recuerdo aún el lecho de tu regazo en las mañanas de invierno, ese regazo siempre mullido y maternal. Tú no lo sabes, pero siempre lloraba silencioso cuando me refugiaba en él. Deseaba sumergirme para siempre en la oscuridad de tu regazo y la sugerencia al sueño apacible. Y no tener que sentir frío nunca más, no tener que sentir soledad, ni ira, ni desconsuelo... Tan solo calma, la calma del mar en tus brazos.

Descríbeme el caer de las hojas en la arboleda.

Ya sé que no hay árboles caducifóleos en Cantabria. Sólo deseo recordar cómo el tiempo roba el color al mundo igual que hoy se ca el calor de mis manos rugosas.

¿Recuerdas cuando nos besábamos las manos? Recuerdo el eterno perfume de tus manos, insondable, absorvente; y la impotencia de no poder retenerlo para siempre en mi piel. Se diluía entre tus dedos, tus aterciopelados dedos.

Podría haber muerto feliz en aquellos instantes, pero el Hado debía querer que permaneciera en mí aquella desdicha, para buscarlo y buscarlo una y otra y otra vez hasta el fin del tiempo, para reencontrarlo constantemente en la lujuria, la lujuria siempre contenida del mismo encuentro.

Ahora, incluso ahora, creo que, a pesar de todo, seguirá viviendo en mi paladar dulcificando cada comida desde entonces.

Amor. Descríbeme la caída de las hojas.

Quiero dormirme con su melancólico canto. Ese siseo doliente al desprenderse de la vida a la que estaban atadas.

¿Recuerdas las guerras de hojas en Montejo? ¿Recuerdas el cuadro en el que nos aventuramos, queriendo ser personajes de algún cuento infantil?

Recuedo no atisbarte en la lejanía cuando nos adentrábamos en el hayedo.Parecías una pincelada más en el lienzo con ese grueso jersey de lana cobriza que tanto me gustaba. ¿Recuerdas lo desapacible que fue engatusarte para que te lo pusieras alquel día de noviembre? Nunca estuviste más bella a mis ojos. Es la imagen que siempre guardaré de ti en la retina.

Siempre fuiste muy cabezota.

¿Recuerdas Covadonga y la batalla de nieve? Aún, allí, entre lo indivisible del paisaje, brotaban como retoños tus ojos ocres. Parecías tener el otoño eternamente contenido en tus ojos. Siempre otoño.

Necesito la caída de las hojas, mi vida, para escaparme con ellas en su vuelo y formar parte del otoño; y así vivir para siempre en tus ojos, siempre en tus ojos de heno.

Mis manos ya no son tersas, ni cálidas, ni perfumadas, pero guardas fuerzas suficientes para alcanzar tus níveos cabellos, antaño oro engarzado, como en los poemas de Becker.
Tú siempre lo has negado, pero nunca han dejado de brillar los reflejos rubios en tu ahora alba melena.

Es curioso cómo la seda más refinada puede parecer esparto a mi tacto, sólo por el contacto con estos cueros pertrechados.

Tantas y tantas horas de caricias... Habría mesado tus cabellos hasta hacerlos parte de mi mismo cuerpo. Y ahora se me huyen acuosos de entre las temblorosas cuencas. No aguantan su peso, ni el hiriente tacto.

Descríbeme la playa una vez más, mi niña.

He oído desde la alcoba que se avecinaba tempestad. ¿Cómo está Isla una mañana más?

Recuerdo el colibreo de los granitos de arena rozando cada esquina de la bahía y su mordisquear de los tobillos desnudos cada domingo que paseamos.

Recuerdo cómo la sal, acunada por el viento, oxidaba nuestras estancias y nuestras almas; y con su blableo volteaba las mismas para dormir sin cese en las sobremesas.

Recuerdo su nereida tonada llevándonos a encayar en lo onírico; y el despertar de las cortinas y sábanas ante la sonrisa de su llegada.

Todos, ellos, nosotros, nos empaparíamos de su fragor más tarde, seríamos uno con el universo.

Aún noto el salitre en mis desgajados labios, y la humedad insinuante en la cama. Todo lo inunda el mar, mi querido mar del norte.

Descríbeme... descríbeme nuestra casa una vez más. Sé que estás cansada, trementamente cansada, agotada del desvelo y los suspiros a orillas del lecho. Ya no cabe más amargura en tu cuerpo; pero aún, con todo, destilas dulzura, como siempre, desde que te conocí. Aún me llegan los cargados aires de aquella primera nochevieja juntos ¿Lo recuerdas? Me diste la vida con la pasión de aquellos besos frente a los aseos.

El tiempo no tuvo sentido aquella noche.

Descríbeme la casa, amor. No me llega la luz desde el ventanal para poder divisar siquiera tu cara, tu hermosa cara de niña ¿Puedes dibujármela?

Me llegan migajas de risas de los chiquillos, que corretean por los pasillos, y el olor de los churros en mañana de sábado. Me llega el crujir de la librería, la inmensa librería que me dejó mi padre. Cómo le añoro, a los dos, a pesar de no haberlo reconocido en las más ocasiones. Quería parecer fuerte. Me llega el tintineo vivo de la cristalería y el revoltijo de la plata en la alhacena. Incluso oigo el repiqueteo de las campanillas que guardan la puerta de la calle y que me recuerda, ante todo, las visitas de los hijos, y los nietos, en Navidad y en Verano. Ya no distingo entre uno y otro, siempre fueron atemporales y felices momentos.
Oigo notas vagas y enfermizas, de mi piano, envejecido por el salitre, como cada noche desde que llegó a mi vida. Pareciera querer contarme un secreto de sombra que sólo él y yo sabríamos, en la infinitud de sus armónicos.

Recuerdo el desvelo que me provocaba cada noche, y cómo las hacía largas, funestamente largas. Oía voces, melodías, reproches, esperanza, juicios, ansiedades, magia, absurda y asustadiza magia. Ahora entiendo que no debía buscarla. Siempre estuvo aquí, conmigo. Y por ello la apresé en mi brazo para nunca olvidar su salida a mi encuentro.

Casi no puedo oir ya el piano, aunque me reconforta al tiempo que atemoriza, haber desencriptado finalmente el significado de su tímida bagatela. No dudes, te lo contaré en amorosa confidencia, pero esperaré a que caigas dormida, para no despertarte con su límbica partida, sabedor de su libertad expresada. Ahora prefiero acomodarme entre los entrecortados de tu aliento, no acercándome demasiado para no infectarlo con el mío, ya inlavable.

Dime al oído cómo correteo entre las teclas, entre la madera y las cuerdas. Dime cómo me escapo de entre tus brazos y jugueteo entre los pliegues de las sábanas. Cómo recorro tus cabellos para hacerlos míos una vez más. Dime, amor mío, cómo choco contra el ventanal, cómo grito alegre entre las esquinas de la casa y asusto a los niños con mi melodía. Dime cómo aleteo entre los árboles y me vierto en los nidos de los pájaros para invitarles a ser ventisca; cómo cuento mi secreto a los arbustos y al cesped que crece en lomas y prados. Dime cómo hago historia de granos de arena y los confundo con la sal que brota del mar. Dime que has escuchado que te amo aunque ya no me salga de entre los labios.

Dime, mi dulce y tierno amor, cómo me marcho...


1 comentario:

La Chica de los Pantalones dijo...

Me encanta, me encanta la melancolía que reflejan tus palabras, la añoranza por lo que nunca mas volveras a vivir.
Gracias por deleitarnos con tu escritura.

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