lunes, 9 de septiembre de 2013

Idealista




Cómprame un meñique de sal.

Las lágrimas son, así, menos amargas.

En su camino, baja suavemente con su destilado de luna en noche de invierno, y arrastra en su calizo desgaste, toda la arena que quedó acumulada en las ventiscas de verano a pie de playa.

Servidos en platos de porcelana barata se ofrecen frutos secos que envician el paladar. Almacenan ira y descaran suciedad y arañazos remotos de debajo del saliente de las uñas, como descascarillando de entre ellas lo que hemos de olvidar tras los escozores de las alergias, y, quizás, albergando un nuevo inicio, a manera de huevo duro.

En casa, entra la luz a bocanadas por los ventanales y canta el verderón sobre el alfeizar. Se remueve el polvo sobre la madera: escarcea un salto al vacío con respiración entrecortada, intento de escribir con mano invisible nuetros nombres en el espacio transparente. Silvan, bregan entre ellas, sisean y escaramuzan en trazos de un lenguaje inventado: bailan para nosotros.

Un chaparrón tizna las vistas por unos instantes y, como inspirados por mano clemente, lavan la cara a la ciudad y renuevan los olores. Un paréntesis de plata a esta realidad vendida a bajo precio, regalada.

Escuecen los párpados ahora. Se abre un nuevo día lleno de heridas que palpitan llameantes. Dame una uña de sal, y llegaremos juntos a entender que el dolor es solo el principio: un parto generoso seguido de vida furiosa.

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