jueves, 19 de octubre de 2017

La sociedad del cansancio


Últimamente, cada vez que salgo de casa, me enfado. De hecho, creo que no hace falta salir de casa para enfadarme; con abrir la ventana y asomarme, a veces, basta para enfadarme.
Cuando cojo el coche, cuando salgo a correr, cuando veo la televisión, cuando voy a comprar, cuando voy a gimnasio o juego a algún deporte, cuando me tomo un café en una terraza cualquiera, cuando salgo a cenar… en fin, casi siempre parece ser que estoy enfadado.

Al respecto de esto, un buen amigo mío me dijo hace poco que estoy claramente en un momento tremendo de negación y pesimismo. Y yo, que recientemente he terminado de leer “La sociedad del cansancio”, de Byung-Chul Han, he llevado la contraria a su postura argumentando que lo que en realidad me ocurre es que el 90% de la sociedad está claramente en un momento tremendo de positividad y optimismo. Y eso, eso es lo que me enfada.

¿Cómo puede uno enfadarse porque la mayoría de la población esté en este apacible ascenso de optimismo y de su competencia significativa?

Pues muy sencillo: como bien explicaba Han, la sociedad (occidental, se entiende) vive inmersa en un proceso de exceso de positividad. Hemos pasado de los “no puedo”, “no debo”, “no tengo (que)” y  “no quiero” estoicos de las generaciones pasadas (negativismo en toda regla) a los “sí puedo”, “sí debo”, “sí tengo (que)” y “sí quiero” de esta generación y las que han de venir (positivismo en toda regla) Además, en ese orden. Y eso, aunque parezca antitético, es un problema.

Me explico: anteriormente, en las pasadas décadas, el “no puedo” era proclamado con abnegación aunque aquello se tradujera en la cultura del esfuerzo por revertirlo hacia un “quizás lo consiga”. Ello, a su vez, derivaba en personas luchadoras e irremediablemente atareadas que se construían a sí mismas en pos de un futuro mejorable, dejando poco resquicio a un ocio que, logrado en ocasiones contadas, sabía a gloria bendita. Y ese sabor preciso era degustado en la exquisitez, en el minuto, casi en el segundo, de la vivencia y el respiro.
Cada uno de esos momentos había sido ganado a pulso en el “viaje iniciático” en que el horario laboral o estudiantil se convertía y, sabedores de la existencia de esa meta utópica, ésta era idealizada al milímetro y los momentos de que se compusieran preparados en religioso ritual para ser degustados al instante de llegar al fin.

Además, subyacía, en ese “viaje iniciático” y el esfuerzo aparejado al mismo, la honestidad y el sobrio concepto de lo humilde: el “no debo”. Un ciudadano medio se entregaba a su trabajo evitando la desidia, la queja fácil, la señalización (a veces con muy mala idea) del trabajo ajeno y el descaro del que no sabe, no quiere o, sencillamente, del que vaguea a las claras.
Había un propósito, a veces general, de mejora; otras veces era un propósito personal: ser mejor cada día en lo que te es propio, ya fuera para uno mismo, ya fuera para otros (el jefe, los compañeros, los padres… incluso la empresa, cuyo lema se tatuaba en la piel como si fuera propio) El esfuerzo y la aceptación era algo que todos merecían, incluido el individuo, que se sentía válido, útil a un fin común, esforzado en alcanzar un bien superior.

Respecto al “no tengo (que)” es fácil de explicar. Traído por las mareas del tiempo aprovechado, quedaba en la playa una suerte de espuma denominada “tiempo muerto” (algo conocido coloquialmente como “aburrimiento”) que otorgaba a quien lo poseía la gozada de la observación, la reflexión y, finalmente, la abstracción y el idealismo. Quien no se aburre no observa, no reflexiona y no abstrae ni idealiza. Así, pues, no tiene metas que alcanzar sino que se limita simplemente a “sobrevivir” al día.
Esos estupendísimos “tiempos muertos” transportaban al individuo al “no tengo que” (ahora sin paréntesis) y a la no necesidad de ser siquiera competente, salvo en lo propio, en lo que dicho individuo se hacía especialista, ya fuera por estudios, ya fuera por experiencia pura y dura. Se producía entonces un gusto por el tiempo trabajado y descansado, y una explosión de júbilo ocioso en fin de semana, “puentes” o vacaciones, que se medían, se programaban en la distancia y se vivían segundo a segundo, como ya he dicho.

Finalmente, por parasíntesis más que por derivación, habida cuenta de que no podemos prescindir de los pasos anteriores para llegar a éste, llegamos al “no quiero”. El individuo decide lo que quiere basándose en lo que, por supuesto, no quiere. Sabe lo que no le gusta más que lo que le gusta. Y a ello ha llegado a través de un proceso de negación en el que ha sabido reforzar su identidad de manera reflexiva y lo ha hecho sin descuidar la propia exigencia. Ha alcanzado la sensación de una vida plena y con el envidiable plus de haberlo hecho sin emitir gemido alguno, sin cansancio (físico o animático) El “viaje iniciático" llega a su fin y el hombre es coronado rey, noble por derecho y, sobre todo, por corazón. La acción se vuelve trascendente aún en el anonimato de la intrahistoria. 

Aquellas, las generaciones de nuestros abuelos, de nuestros padres, incluso, en contadas ocasiones, la nuestra, sabían lo que “no querían” y cuando ejercían la fuerza del honor y la palabra en la mano, resultaron demoledoras: ganaron derechos, seguridad, justicia, expresión… todo ello bajo la bandera de la reflexión, el idealismo y la rebeldía ante lo “no querido”.

Hoy, las generaciones que llegan, no buscarán con rebeldía un idealismo derivado de una profunda reflexión. Estas nuevas generaciones no idealizan, no reflexionan, no se aburren, no trabajan, no callan, no dejan de poder.

Estas generaciones “sí pueden”, siembre pueden. Son generaciones “multitarea”, siempre competentes, siempre localizables y siempre conectados, sin horarios, sin pausas, sin especialidades (o, mejor dicho, con todas las especialidades) Son generaciones que no viven sino que sobreviven a ese maremagnum de conectividad. Sus minutos, sus horas, sus días, sus meses… se pasan en la competencia comunicativa, en la inmediatez. Son generaciones que no se aburren nunca y al mismo tiempo sienten la desidia, aún más, la abulia de no despertar su curiosidad con nada. Nada les produce el placer de descubrirlo por ellos mismos, no escuchan, no reflexionan, no abstraen y, por tanto, no idealizan. “Saben lo que quieren” pero no saben lo que no quieren, y ello les lleva a la desilusión del no esfuerzo, del no descanso, del no logro, de la no consecución de objetivos, de la no cerrazón de ciclos a medio y largo plazo. No saben elegir, solo saben descartar. 

Son generaciones “ultrapositivas”. Por eso, les cuesta entender la humildad, la abnegación, el estoicismo, el respeto, el silencio y la calma de la reflexión. Son descarados, contestones, quejicosos, expresivos y emocionales hasta la saciedad, alejados de la templanza y la mesura, sin concentración, sin una imagen nítida de sí mismos, sin saber qué hacer con su vida un segundo más allá de haberse acostado tras un día vertido en clases sin sentido, presión de familiares, Instagram, Twitter, Facebook, Whatsapp y blablablabla… 

Son generaciones eternamente cansadas, desde el lunes a primera hora hasta el domingo a última. 

Son generaciones que rara vez disfrutan de sus tiempos de ocio, principalmente porque nunca los idealizaron y porque, habida cuenta de su extrema y constante competencia en la inmediatez del proceso comunicativo, se perdieron en él, no distinguiendo entre un 7 de agosto o un 14 de noviembre. 

Así, descubrimos con incredulidad que, al preguntarles qué van a hacer en vacaciones, la mayoría de las veces contesten: “naaaaaada… de la cama al sofá y del sofá a la cama”

Ellos siempre pueden y gritarán con rabia que pueden antes incluso de saber qué es lo que pueden. Ellos “sí tienen que”, están obligados a “tener que”. Si no son relevantes de manera constante, perderán pertinencia en su mundo social. Hoy es más importante tu “yo virtual” que tu “yo físico”. En realidad, ¿cómo van a permitirse el lujo de no contestar, no publicar, no decir “like” a algo o a alguien, no estar “in”? Estas generaciones viven pendientes de “tener que”. Por ello, si a un individuo joven le despojas de su móvil, es quitarle prácticamente su “vida”.

Así, finalmente llegamos al “sí quiero”. Esta afirmación tan taxativa es una realidad también taxativa que transforma lo positivo en verdaderamente negativo para con el individuo y la sociedad. Una persona que “siempre quiere” no profundiza, pierde la concentración y la motivación en un haz de actividades inmóviles y termina por difuminarse en la masa. A ello añadamos el “terrón de azúcar constante” que son las redes sociales, la sobreprotección de unos padres a los que solo les importa que “sus hijos sean felices” (esto daría para otro artículo igual de largo), la “titulitis” española, que hace que nunca estés lo suficientemente preparado para salir al mercado, ser totalmente competente en él o recibir un sueldo acorde a tu trabajo, o el desgaste que produce actualmente ser “especialista”: si te dedicas a las ciencias, no hay sitio para la investigación de vanguardia; y si te dedicas a las humanidades, nada de lo que haces merece retribución alguna porque las artes y las ciencias humanas no tienen ningún valor desde la mismísima cuna (siempre escuché y sigo escuchando, incluso entre mis compañeros de profesión, que los listos tienen que ir a ciencias y los vagos a letras, y todo aquél que tiene un talento inductivo, no procedimental, no debe perder su tiempo en ello porque no le llevará a ningún sitio… Independientemente de que esto sea debatible hasta el fin de los tiempos… Sinceramente ¿a qué sitio?)

Por ir cerrando este tema, hace poco leí (aunque esto no era de Byung-Chul Han sino de J.F. Leroy) que “Twitter te hace creer que eres sabio, Instagram que eres fotógrafo y Facebook que tienes amigos”, culminando con un sentencioso “El despertar va a ser duro”, y terminé de cerrar una conclusión al respecto de las nuevas generaciones, aquellas que creen que son sabios porque pueden hacer llegar su voz a cualquier rincón del planeta, que creen que son artistas porque pueden publicar sus ocurrencias gráficas o verbales en varios medios, que pueden interactuar con gente lejana aunque esto sea porque no eres lo suficientemente valiente o competente verbalmente para hacerlo en persona… Sin la profundidad que otorga la observación, la reflexión y la abstracción, sin el aprendizaje derivado del respeto, de la experiencia y del estudio, sin la idealización y la puesta en práctica de las hipótesis (aunque éstas sean meramente sociales)… es decir… sin el tiempo entregado al esfuerzo, al descanso y a la introspección derivada del aburrimiento, no pasarán de la mera banalidad y seguirán siendo un producto más de esta sociedad eternamente cansada, constantemente frustrada, desmotivada e inapetente y perdida en el gris de la apatía chillona, ególatra y falta de empatía, conciencia y valores que nos envuelve. Preferirán “descansar” que reaccionar con rebeldía contra lo que no funcione o no sea justo, preferirán “dormir” antes que enfrentarse con garantías a la realidad que les ha tocado vivir y se dejarán llevar por los años como el barquito de papel por la corriente. Lo malo de ser barquito de papel es que, lo mismo, si te descuidas, acabes empapado por el agua que te transportaba, hundido por ella o disuelto en sus vaivenes y repliegues. Y entonces, evidentemente, todo estará definitivamente perdido.

Sí, clara y diáfanamente estoy MUY ENFADADO.


1 comentario:

nacho dijo...

Enhorabuena por el escrito. Me ha gustado mucho tu toque ensayístico y, por otro lado, muy bien traídas las referencias filosóficas.

Saludos.

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