lunes, 18 de diciembre de 2017

Bienvenidos de nuevo al Siglo XX

Clip Blog: mundo de pagos, tips de negocios y nosotros.

Ayer me enteré de que un centro comercial situado en el barrio de Vallecas va a empezar a abrir sus puertas 24 horas al día y he vuelto a pensar en que no estoy equivocado cuando hablo de que la historia es cíclica.

Llamadme lo que queráis pero me temo que ya estamos muy próximos (o quizás ya hemos llegado) a vernos en la misma situación en la que se encontraba la sociedad occidental de finales del siglo XIX y principios del XX y que provocó las revoluciones obreras de tintes marxistas y socialistas, salvando algunas diferencias.

En serio, llamadme lo que queráis pero creo que hemos perdido absolutamente todos los derechos laborales si resulta que ya se puede trabajar por sueldos ínfimos en horarios sin distinciones, sin descansos y con una consideración profesional abrumadoramente nefasta. 

Un hombre, trabajador o estudiante, no parece valer nada: ni su tiempo, ni su esfuerzo, ni su voz, ni… nada. 

Un chico puede tirarse más de veinte años de su vida estudiando, llegar a poseer una, dos o, incluso, tres carreras, varios máster, idiomas y vete tú a saber qué más y estar abocado a la frustración del fracaso laboral: trabajar repartiendo comida rápida, tener que salir forzosamente del país o, aún peor, acomodarse en casa de sus padres hasta Dios sabe cuándo.

Un hombre puede trabajar de 10 horas en adelante y cobrar, con un poco de suerte, poco más de 800 Euros, puede tener su hogar junto con una pareja que trabaje también (porque si no es imposible) y ver cómo se vencen sus sueldos en tarifas en cotas históricas como las de la luz, el agua, el gas, (que no paran de subir sin pudor y sin una razón aparentemente de peso) el pago del IBI, el seguro de la casa, una letra leonina del inmueble (sea propio o ajeno) y que le llegue para la comida, el colegio de posibles hijos (toda una empresa hoy en día), el teléfono fijo, la televisión, el móvil y lo que se preste, pues no hablamos de extras quizás innecesarios. El ahorro es imposible y la calidad de vida disminuye año tras año. Ya he leido casos de personas que no están en situación manifiesta de precariedad energética o laboral (que esa es otra historia) que deciden no poner la calefacción o eliminar de sus vidas elementos discutiblemente necesarios en favor de llegar a final de mes en asuntos tan poco importantes como comer o tener agua caliente.

Decía arriba, en el segundo párrafo, que “salvando las diferencias”. Está claro que no todos trabajamos en trabajos forzados como la minería, la industria, el textil… y que no vivimos en Sry Lanka, por matizar diferencias en cuanto al tiempo y al espacio… pero que una persona que vende su tiempo y su esfuerzo al estudio y al trabajo no pueda permitirse más que sobrevivir es hablar de algo más que de una falacia. Creo que el ser humano no vale nada en este país y la realidad política y social día a día me lo demuestra. 

Eso sí, nos ponen centros comerciales cada quinientos metros para que tengamos la sensación de que tenemos la libertad de comprar lo que se nos antoje, disponen las redes sociales para que tengamos la sensación de que tenemos la libertad de opinar y ser escuchados de alguna manera, nos muestran un abanico enorme de canales televisivos que, pagando, hace que tengamos la sensación de que tenemos la libertad de decidir en qué realidad distinta a la nuestra sumergirnos para no pensar en la nuestra… Y todo ello y más con el libertinaje al que se ha llevado a esta sociedad, una sociedad sin control, sin tapujos, sin educación, sin entusiasmo, sin salidas… pero con infinita soberbia y ningún autocontrol que solo sale a la calle para celebrar una victoria de su equipo o que solo habla de España cuando otros hablan de Cataluña, por poner unos ejemplos; una sociedad sin aspiraciones, sin capacidad de ahorro, sin libertad de expresión… pero que farfulla cuando vota a sus políticos cada cuatro años (y listo) para ver cómo unos y otros nos siguen coartando esa libertad con sus robos, sus vejaciones y sus leyes cada vez más alienantes.

Para más INRI (y llamadme lo que queráis) si nuevos partidos políticos hablan de acabar con ello y proponer nuevas realidades en este país mayormente sujetas a la literalidad de los términos, se les demoniza y, prácticamente, se les persigue (entre todos, por cierto)

Después recalas en que, como en el caso de la televisión, una mejor sanidad cuesta más dinero, una mejor educación cuesta más dinero, los productos de gama media/alta cuestan más dinero… hasta comer medianamente sano cuesta más dinero; solo hay que pensar en la propuesta de venta de los productos “bio”, mucho más caros, y a los que la OMS llama urgentemente a consumir para (y cito literalmente) “no morir producto de los aceites refinados, la carne anabolizada, las verduras y frutas sobreabonadas y fumigadas, etc etc etc…” Ergo… si no puedes comprarte esto y debes seguir consumiendo los alimentos que los supermercados disponen para ti a precios accesibles, ten por seguro que vivirás a grandes rasgos bastante menos que alguien que pueda permitirse los bio. Al respecto de esto ya hice una crítica abierta en contra cuando empezaron a proliferar anuncios publicitarios de alimentos que contenían elementos naturales, como ciertos yogures de sabores que se vanagloriaban de estar elaborados con zumo de frutas y, por tanto, eran más caros. Si esto es así, ¿con qué están hechos los yogures de sabores normales?

Llamadme lo que queráis, lo que queráis, de verdad, pero esta sociedad está dormida soñando con que está despierta y lo peor es que dice dormir porque quiere.


Bienvenidos de nuevo al siglo XX.

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