martes, 26 de septiembre de 2017

El problema no está en la bandera


Ante el aluvión de desfachateces sin sentido, verborreas extensas, dimes y diretes, criticazos de todo tipo y demás, me he propuesto hacer una reflexión personal sobre el tema que encabeza los diarios de hoy día: el “referendum” catalán, que, imagino, finalmente se celebrará el día 1 de octubre a pesar de; y lo hago a colación de la sorpresa mayúscula que ha supuesto para mis contactos publicaciones tan “dispares” a ojos ajenos como que “la solución diáfana de este “conflicto” pase por la consideración de tránsito hacia una República Federal (aunque esto parece indirigible por una parte importante del politiqueo nacional, incluido un ciudadano de media/baja cultura)” o que “Jordi Évole dejara el otro día en espectacular evidencia al señor Puigdemont” (algo que, a poco excarvar se habría logrado con algo de esfuerzo)

Mirad, yo no me considero una persona eminentemente política. Todo lo contrario. Siempre he vivido alejado de este maremagnum a propósito del cual mi padre mi advirtió sabiamente en contra. Pero ahora, en los tiempos que corren, yo, que nunca me he alineado ni a la izquierda ni a la derecha, me debo posicionar si cabe para que quede todo claro y que luego unos tiendan a etiquetarme con saña y otros tiendan a reflexionar a la deriva de mis palabras.

Como decía en uno de mis “posts”, creo que todo se solucionaría con el tránsito a una República Federal, es decir, que entendamos todos de una vez por todas que España es una nación de naciones, por mucho que le pese a quien le pese. Si este país va a seguir rigiéndose por una Constitución fraguada hace ya 39 años en el marco de una sociedad que pretendía una tímida entrada en la democracia tras varios años de dictadura fascista (y que cada uno se ponga como quiera) resultado de un golpe de estado contra un gobierno curiosamente democrático, es como querer decir que tenemos que seguir al pie de la letra los dictados de la Biblia a pesar de que quienes la escribieron lo hicieron en el marco de la sociedad patriarcal de Medio Oriente de los siglos anteriores a Cristo, con todo lo que ello conlleva. 

Todo se resume en el extremado conservadurismo de las formas. ¿O quizás no?

Parece ser que tenemos una Constitución que, a pesar de haberse escrito en las circunstancias en que se escribió, debe ser irrevocable e inmodificable, independientemente de que hayan pasado los mencionados 39 años, estemos en el siglo XXI y la situación evidentemente sea muy diferente a la de las últimas décadas del pasado siglo en nuestro país.

Además, todo eso de “República Federal” suena muy “comunista” por el mero hecho de que una figura absolutamente simbólica como la de nuestro Rey (salvo por las funciones diplomáticas que realiza, algunas de dudosa moralidad como se ha leído en los últimos tiempos, por cierto) sea puesta en duda. No digo ya si, por ello y a pesar de todo, mantenemos a dicho señor, a su mujer, a sus hijas y al resto de la familia real, con un porcentaje de nuestro trabajado sueldo mensual. Y no hablemos del “Rey Emérito”.
Y es que hay gente que cuando le hablas de España y de ser patriótico tan solo piensa en la bandera, el Rey, la religión católica y, si me apuras, el fútbol, la tortilla de patatas, el flamenco o la paella, por poner algunos ejemplos.

Hablar de una “República Federal Española” suena a división, a Guerra Civil, a rebajarse o humillarse ante los nacionalismos o a que la misma democracia que ambos lados proponen (nacionalismos y centralismo) sea el detonante de una rebaja en el orgulloso pecho español, o lo que es lo mismo, la puesta en duda de los valores patrios.
Es curioso que los partidos de derechas propugnen que un modelo a caballo entre la España centralista y la federalista (pues eso son las autonomías y los tratados forales) sea el adecuado. Es decir, no estar “ni aquí ni allí”. Que estos partidos, como decía, sean los mismos que sigan el modelo neoliberal, un modelo propuesto y, de alguna manera, impuesto en la sociedad occidental por Estados Unidos, curiosamente una “República Federal”, una “nación de naciones”, donde Texas, Iowa o New York son estados independientes, con sus intocables competencias y, aún así, respondan a un “Estado Madre” (llamémoslo así) de cara a competencias básicas de facto como presupuestos generales del Estado, el uso de tránsito, mercado y otros de una lengua común, o ámbitos dispares como las ligas deportivas, el himno nacional o el desarrollo sostenible, por poner algunos ejemplos, todos ellos dispares.

Nosotros no; España es “una, grande y libre”. No cabe en nuestra cabeza que territorios con identidad nacional como Cataluña, Pais Vasco, Galicia, Valencia, Islas Baleares, Valle de Arán, Asturias o, incluso, Canarias o Andalucía, puedan funcionar como estados independientes con sus propias competencias y valores, y, al mismo tiempo, responder a un estado español madre que nos integre a todos y promueva los valores de la hispanidad.
En Estados Unidos todos son de Florida, Nuevo México, California, etc. y, al mismo tiempo, Americanos. Todos exponen sus banderas y todos son regidos por su presidente, además de su gobernador.
Quizás este modelo no sea del total agrado del neoliberalismo de Populares o Ciudadanos. Quizás la Constitución no pueda modificarse para solucionar este “problema” pero sí para administrar amnistías fiscales (la última modificación económica realizada años atrás, segunda tras la conformación de la Constitución, posibilitó esta deplorable práctica), por ejemplo.

Y que nadie se confunda. Nada tiene que ver con mi inclinación política. Como decía anteriormente, Jordi Évole evidenció en Puigdemont un “nacionalismo convenido” cuando no atendió al reconocimiento universal de procesos independentistas como el de Kurdistan, Sahara… o no atendió al proceso soberanista de Escocia en Gran Bretaña o Quebeq en Canadá. Y eso solo es un ejemplo de las incoherencias que este señor y su partido cometieron en el pasado.

Ni catalanes ni españoles han aprendido nada de aquello ni de esto. Parece ser que solo interesa la “tangencia”, el pasar por encima, el abundar en lo grotesco y facilón, y comentar, sin suficiente documentación (pero con más que suficiente soberbia) en las redes sociales el orgullo patrio (de aquí o de allí, eso da igual)

Yo no sé vosotros pero yo estoy harto de tanto patriotismo de cartón piedra, de tanta “senyera” en los balcones de Barcelona, en el Camp Nou, de tanta banderita española en las manifestaciones de algunos bárbaros, en las muñecas de los niños y los cuellos de las camisas de los adultos, de tanta palabra símbolo (si eres de este lado dirás “extremista, separatista, rojo, antisistema, perroflauta, terrorista, radical” y abogarás por la “unidad”, la “legalidad”, la “constitución”, la “libertad” y la “democracia”; si eres de aquel lado dirás “fascista, soberano, centralista, opresor, dictatorial, franquista” y abogarás por la “nación”, el “derecho”, la “autodeterminación”, la “libertad” y la “democracia”. Todos dicen “libertad” y “democracia”) y de tanto (tantísimo) orgullo desmedido. ¿Es que es imposible dejar vivir en libertad al de enfrente, siempre bajo la lente del respeto mutuo?

Yo solo sé (como dijo alguien en una película) que “todos somos libres desde que nos paren” y eso conlleva el decidir libremente si estamos o no a gusto en España entre otras millones de cosas que podemos decidir como ciudadanos libres. Nadie puede quitar esa libertad, aún cuando ponga en “peligro” a la bienhallada Constitución del año 78 tras la dictadura; y más cuando es un deseo y una manifestación colectiva muy numerosa.

Veámoslo de otra manera: uno vive en casa de sus padres cuando es niño pero cuando crece la relación con los mismos debe ir necesariamente evolucionando, si es que uno decide continuar viviendo con ellos y no se ha independizado (no digamos esto muy en alto aún) De pronto, con la edad, surgen nuevas necesidades: quieres comprarte tú la ropa, vestir a tu manera, quieres llegar de “marcha” a las 3,00h y no las 22,00h, quieres administrarte tú el dinero, quieres respeto y confianza en tus acciones y decisiones, tu habitación empieza a quedársete pequeña y las viejas normas, válidas para un chaval, se quedan obsoletas con un hombre.

Si el adolescente en este caso, pretende ampliar sus horizontes y se encuentra con la negativa total por parte de los padres, no es de extrañar que, en aras de una libertad preconcedida y nacida de una pasión joven, llegue a plantearse que ya no tiene sitio en casa de sus padres o que no encaja con el modelo educativo que ellos, severamente, aplicaban al niño. Imaginaos que además los padres machacaran al niño si son advertidos por éste de que se va a marchar en algún momento de casa. En fin, al final de todo aquello, todos abogaríamos por el chaval, ¿no?

En fin, voy a tirar de lírica y voy a decir que como español, madrileño, vasco de ascendencia lejana y enamorado de mi país, soy de los que sueño con una tierra distinta, que cuida de sus ciudadanos, que hace lo posible por preservar los derechos básicos, que respeta al de enfrente y, en la medida de lo posible hace por compartir sus inquietudes y valores, que cuida de su tierra y su patrimonio, que aboga por una vuelta a los puntos fuertes del país (agricultura, energías renovables, naturaleza exuberante, respeto por los animales (y eso incluye al toro, porque una cosa es el arte y la fiesta del toreo, hermoso y espectacular, y otra muy distinta perseguirlo, lancearlo, prenderle fuergo, o drogar al animal, picarlo, herirlo y, finalmente, atravesarlo del lomo al corazón con una espada, según mi criterio), el reconocimiento y recuperación de un excelso pasado multicultural (ruinas romanas y celtas, ciudades y villas medievales, árabes, cristianas, judías, etc)), un país que cree que el turismo puede regularse de manera sostenible (y lo digo en varios sentidos: desde leyes que regulen más fuertemente el turismo de borrachera y desfase, a la recuperación del patrimonio histórico, su promoción y su explotación turística, pasando por elementos tan básicos como que los habitantes de lugares como las Islas o la costa levantina no deban prescindir de agua potable para el uso habitual debido a la masificación de sus pueblos y ciudades en épocas de mayor afluencia turística y, casualmente, mayor sequía, empleos precarios y en condiciones a veces infrahumanas…), un país que acepte que su gran contrafuerte es su mestizaje, su pluralidad, su cosmopolitismo, su acentuado contraste, un sabor genuino en cada región, en cada rincón… que sin salir del mismo territorio tengas todas las posibilidades de inmersión cultural, de diferentes mundos… es un privilegio del que no todos pueden alardear. Y nosotros lo negamos, lo neutralizamos, lo globalizamos todo sin medida y con violencia, verbal o física. Solo echad un vistazo a las noticias (las de todos los canales, no solo las de los canales que nos gustan porque nos dicen lo que queremos oir)

En esta era de la inmediatez, la palabra fácil, la desinformación (a pesar de estar multicomunicados) y la falta de valores (el respeto, el trabajo, la contemplación, el ejercicio del talento… yo siempre me recuerdo a mí mismo en los momentos de duda que la verdadera meta, sea cual sea el camino, está en mí mismo), la gran mayoría de las personas, hundidas en la masa descarada y deslenguada, han perdido las formas y las ganas de cuestionar lo que reciben y lo que reflejan de ellos mismos, han perdido las ganas de reflexionar antes de reaccionar y opinar.

Da igual la bandera, la bandera no es el problema. Solo el pensamiento inmóvil lo es.

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