lunes, 28 de agosto de 2017

Pequeña historia de amor (5)



Cercano a la linde del mar, jugabas a un tira y afloja con las olas, como acariciándolas con tus pies descalzos.
El sol vertía la delicia del estío sobre los granos empapados en sal y tú correteabas como un niño pequeño que espera que el tiempo sea infinito y le permita unas horas más de luz al menos para seguir redescubriendo el mundo.

No puede sino escapárseme una carcajada feliz.

Deseaba sumergirme en el frescor del agua a tu lado, deshacerme a besos salados y arrumacos con el mar, llegando así a la orilla de un amor soñado.

Se produce un hipo de la consciencia  y me acerco a mis tardes de estudio con la Veleta nevada a los pies del alfeizar de la ventana de mi cuarto. Cada línea memorizada se confundía con abrazos eternos y susurros de vida, como los del sol y la nieve en Sierra Nevada cuando el sol caía sobre sus márgenes. 

Y cierro los ojos perdiéndome en el olvido al que me conduce el ocaso y el olor a Dama de Noche.

Después, me sumergía en fotos de adolescencias deseadas y acariciaba mi piel morena entre suspiros, esperando que fueran tus manos en este momento presente que ahora vivo.

No pierdo un segundo más. Me acerco ahinada ignorando la quemazón de la gravilla y lanzo mi voz al viento esperando se adentre de golpe en tu pecho e invite a la locura de este sueño compartido y adoleciente de besos profundos e inocentes.

Una llamada de atención gira mi cabeza hacia la costa y, al volver la mirada, te has perdido para siempre entre las olas.

Nuevo ahino, girón de piel y vida nueva.

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