
A Manuel Moreno y su ídolo caído
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Gotas de encanto, lacrimógenas, perseguidas. Susurros incontestables. Hilos de oro engarzados en una sonrisa vanidosa. Vuelve otro día. Ubres sin retoños que amamantar. Escozores traídos por la brisa en una noche invernal. Todo se torna desidioso porque la falsedad muda en más falsedad dulcificada, solo para nuestro paladar, harto desgastado.
La una de la mañana menos un minuto en el reloj del escriba y todo sereno en el patio.
Camas vacías, suelos helados y un juglar que sueña ser música de nuevo, que imagina melodías nuevas, perdidas. Porque todo es lujuria sumergida en el desacierto.
Unos ojos oscuros han rasgado el velo de lo más hermoso, pero con violencia inadecuada, persuasivamente desnudada, y acaso sabiendo por qué. La respuesta está en una frase sin sentido, maquillada por el desgaste del tiempo, porque ha sido usada en demasía, y solo entono una sonrisa leve medio sincera, medio lastimosa. ¡Qué vaguedad!. ¿Acaso soluciona una acción plena de sinceridad banal y desmesurada una lentitud sinuosa, apresada y llena de carismática sencillez, abominable sencillez (sofismo)?.
Los pulcros seguiremos oyendo gritos donde otros oyen preciosas melodías armonizadas con el llanto de una naturaleza compasiva, y seguiremos presos y libres al tiempo del barro que pudiere apresar nuestros corazones desangrados. Seguiremos acompañando con la vida como quien rìe las gracias a un niño, aún sin tenerla, porque nuestra nobleza es sin par, desde luego.
Acudiremos a teatros de represión y gozo contenido tras nuevas caras del nuevo campesinado, allá sumergidos en su "explosiva" experiencia, siguiendo sus pautas como quien sigue un chiste con el que no te habrás de reír.
Y posiblemente todo este hielo transmuto deje un día de ser agua. Y nos pasemos la vida preguntándonos por qué cuando esos desvergonzados habrán contestado a esa pregunta desde el vientre de sus madres, sin ningún complejo. ¡Qué almas!.
Oscilaremos en el tiempo 1 buscando el sinfín de las cosas, encontrando restos pues obcecamos nuestras mentes en encontrar disparidades que confirmen la regla. Éstas se perdieron entre la silla y yo. El dibujo responde, y dice ser copiado.
Y allí en el rincón musita y danza la cosa más tierna hasta ahora vista, en un recodo, como perdida entre el bullicio, pero no podremos hacer nada, porque querríamos tenderle la mano pero no la cogerá porque se cree abandonada hasta la muerte. No podremos hacer nada, todo seguirá igual sin duda.
¿Y que ocurrirá con el ídolo caído (por llamarlo de alguna forma)? Pues que se hundirá con el resto del barco, porque no hay recompensa para tanta nobleza. Te pudrirás sin lugar a dudas. Y tú lo sabes, y yo lo se. Así que nos miraremos de una punta a otra de la sala y fingiremos no saberlo, para mayor regocijo del marco.
Nos regalaran los oídos. Serán muescas en la noche. Golpeteos en un pasillo atestado de puertas que no han de abrirse, porque no son horas. Y nos reiremos de lo arduo de una pesadilla demasiado compleja para intentar comprenderla. Usaremos colores primarios para salir en la foto y nos contentaremos con no descubrir el negro a la vuelta de la esquina. ¡Menuda ironía!.
Ahora toca arroparse con el algodón fingido y entrar en veredas destiladas. Seguiremos riendo mañana al atardecer, que es cuando toca. Y al anochecer aguantaremos estoicamente el tirón de las estrellas, que para eso lo son. Debemos seguir su brillo aun siendo cegados por la estela que dejan tras de sí, tal es su fulgor. No dejaré de intentar ser estrella, pero sabremos que ya quien pone la escalera no estará allí para sujetarla. Y si aguzamos la mirada veremos que ni siquiera hay escalera. De nuevo una sonrisa y unos ojos cansados.
Suspiros alumbrados con luz artificial en esta sala vivificada de manera también artificiosa. El desnudo nos delata, así que preferimos la sombra. Y un atuendo nuevo con el que formaremos parte del río. Meceremos las barcas y aspiraremos a derribarlas porque los que navegan en ellas también aspiran a ríos. Curiosa metáfora.
Suplicaremos por unos senos aterciopelados y llenos, ardientes, en pos de alcanzar una lujuriosísima escena, que trataremos de llenar de magia. Querremos comerlos, beberlos y llenarnos de sexo. Y así nuestras almas no necesitaran mas que luces frías, sábanas usadas, una estancia artificiosa, un tarareo infantil en un rincón y una esperanza dulce teñida de un verde azulado que esperará sentada en la escalera, esperando ser conducida al altar.
Un canto de cisne.
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1 Oscilaremos en el tiempo: Recordatorio a Avatâra Ayuso.
