viernes 9 de enero de 2009

Vagueza




Meses perezosos
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El motivo se anula. Tan solo me empuja la necesidad de literatura, tan solo la nostalgia de aquellas noches desventuradas, tan similares y tan lejanas a ésta al tiempo. Tan solo el noctámbulo deseo de no encontrarse con el otro “yo”, oculto en los sueños, y que viste a sus acompañantes con otras pieles, de otros colores, y otros labios con los que dar besos extrañamente cercanos.

La ignominia acecha en esta vigilia, pero mayor es la necesidad de gritar al viento lo que apretamos entre los dientes: flores marchitas.

Qué inquietud tan familiar guía ahora a mis dedos en esta escritura sin motivo. Tan lejano me parece ahora el recuerdo de aquella vida callada... Oigo en las paredes aún el golpeteo de mis dedos sobre aquellas teclas, y mis tarareos al describir los pensamientos, los sentimientos, como ansioso y desaforado impulso por escupir de una maldita vez tanta amargura y tanto conocimiento de uno mismo sobre el papel, como para olvidar tras dejar constancia de.

El alma calla ahora, y los sentimientos duermen mientras mi cuerpo no parece responder a la llamada del entigrado1 lecho. Ahora no tienes penas desgarradas ni rencores eternos, ni ansias de vidas, ni pesares, ni lluvias frías tras la espesura, ni siquiera la estancia parece la misma, a pesar de ser la misma.

Todo recuerdo cobra nueva vida al encender la lamparilla de estudio, porque su luz contempló tantas lágrimas, tanta locura... Que parece casi una ofensa no otorgar dolor ni angustia, ni risas frágiles, ni hilados giros de cuello como respuesta al absurdo sentimiento de lejanía, esa lejanía del mundo.

Suspiros sí encuentro, y la luz parece brillar ahora con mayor fuerza. Al fondo, el constante sonido de cañerías que tragan, el respirar de esta pantalla, que se calienta con mirarla y no con el calor de mis manos y mi aliento, incluso me parece oir, quizás como eco del recuerdo, el transcurrir de las agujas del carrillón, paradas en las doce menos cinco de aquél nosequé día. Siento la penetrante mirada del cuarto y observo con fijeza el vello erizado de mis brazos, quizás por el volver constante a la desesperación de aquellos días y noches, desvelados todos, y dormidos todos.

Oigo hasta el latir de mi corazón dentro de este maremagno de sonidos envolventes de la noche, realmente hasta te preguntas cómo es posible conciliar sueño alguno con tanto ruido. Y viene a la mente la compra con alguien a quien le costó visitarte, y vienen a la mente las sonrisas mascaradas, y viene al oído aquél: “En el silencio escucho tu voz... Cuando estoy solo te siento regresar (...)”2, y desearían mis ojos esgrimir alguna lágrima, pero queda tan lejos...

No hay motivo para mi desvelo, tan solo la continua muerte del intelecto, pues ya no hay quejas, ya no hay fatigas, ni dolores, ni desasosiego, ni curiosidades, tan solo sencillez y esperanza, por fin esperanza, por fin sencillez. Ni siquiera puedo reconocerme si me miro al espejo, aunque sé que no voy a gustarme, y que querré cambiarme la ropa, como siempre.

Ahora que miro desde aquí arriba ese Cd que tanto escruto últimamente... Y ahora que me observo levantando la cabeza una y otra vez del teclado con aire nervioso para entremirar de reojo el marco derecho de la puerta, entiendo que el miedo a esta soledad extraña y que aún no ha abandonado la casa, sigue a mi lado, aunque me traiga recuerdos cálidos a pesar de que sé que fueron fríos aquellos momentos. Ya sé qué suena como el carrillón.

No debería tardar mucho en encontrarme con la inconsciencia pero me veo tan distante de ella... No siento ningún tipo de cansancio, ni físico ni intelectivo, y prefiero contemplar el recuerdo, mirarle a los ojos a todas estas fotos e imaginar los dibujos realizados con todos estos lápices y bolígrafos que ya no pintan y que esperan su momento para ser desechados, dispuestos al olvido en algún lugar cochambroso de Madrid. Mido mis palabras, tan tan grises, al contemplar este vaso tan lleno de agua que me sugiere un ansia particular antes de siquiera abordar su contorno para rehumedecer esta garganta que parece agotada de tanto hablar ni una palabra, todo son respiraciones quejicosas, pues las palabras están en la mano.

Al recorrer el pasillo me recorre el cuerpo un inquietante miedo a encontrarme conmigo mismo; y de hacerlo aseguro morir helado de pavor, así que entornaré la puerta para no verme. Finalmente he determinado cerrarla por completo, pues más me horroriza ese vacilante oscilar del entreabierto...

Qué lejos estoy de aquella persona, y de aquella también. Menos mal que el desdichado clamor de un niño por el favor somnoliento de su madre me ha devuelto al mundo polispánico3 de esta habitación, tan recordada y tan echada de menos... Tan solo me falta un confidente, aquél que no interrumpía por no molestar pero que aguardaba tranquilo a mi regreso del literaturizado mundo.
Qué vago me siento. Cuán olvidado de la reverberación de mis palabras sobre mi propia conciencia, y qué poco encumbrado, con lo que me gustaba estar allí arriba, siendo tan perfecto a los ojos del mundo, y tan odiado, y tan despreciado... Tan solo y querido por las memorias. Tan idealizado y egolatrado que todo yo parecía de ese inoxidable material. Maravilla anacrúsica.

Sentía el final de este ensayo en esas dos últimas palabras, pero queda algo, algo insondable que no parece revelarse: sigue siendo la mirada relajada al patio y el oído presto al detalle, por si los ecos me devolvieran la ansiedad, y la brisa el susurro de la calma perdida y aceptada. Temo reencontrarte, amiga mía4, seguida de una nueva muerte...
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1
Entigrado: Que recibe las carácterísticas del tigre en cuanto a apariencia se refiere.
2 “En el silencio escucho tu voz... cuando estoy solo te siento regresar (...)”: Recordatorio de la canción “En el silencio” del grupo colombiano “Bacilos”.
3 Polispánico: Que recibe las características del polispán.
4 Amiga mía: Recordatorio al ensayo con el nombre “Apelación” contenido en este mismo libro.