jueves 31 de julio de 2008

martes 29 de julio de 2008

Entiendo


El despertar de la edad
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Entiendo el desprecio. Entiendo el murmurar entre dientes y la abominación de las sobras.

Ya no somos los que recordábamos.

Solíamos perdernos en el rememorar de las viejas historias, pavonearnos hasta de los malos recuerdos, los funestos recuerdos. Solíamos acompasar tardes con risas estrepitosas y a veces lágrimas, y a veces sollozos. Solíamos no tener razones para el encuentro, ni importar la fugacidad o la utilidad. Solíamos perdernos por las calles o desencofrarnos en cemento armado, con la esferidad como único umbilical.

Nos quejábamos de los placeres de la vida, de la caída de la lluvia sobre nuestros calados cuerpos, del frío o del descuido, pero había ilusión en nuestros ojos. No importaban los kilómetros, ni lo destructivo, ni el cansancio, ni había prisa por llegar o por marchar. Nos quejábamos con gusto, adorando quizás esos desmenesteres, creyéndonos héroes modernos, creyendo que alguien recordaría que sufrimos y amamos, pero sobre todo que sufrimos.

Entiendo el desprecio. De pronto hemos despertado a nuestros yos.

Hemos dado cuenta de ellos y los hemos guardado en el último cajón del escritorio, creyendo poder ojearlos cada vez que fuera en gana, pero están heridos por la goma y el pegadizo olor del barnizado. De hecho, no sabemos si, al comenzar su lectura, no acabaremos cansados a la mitad si acaso solo del esfuerzo de intentarlo.
Ya no nos conocemos.

Suponía la emoción en nuestras filosofías de estar por casa. Suponía el salir a campo abierto cuando la tempestad enfurecía, deseosos de recibir su dulce castigo. Suponía el conducir siempre por el carril derecho a la velocidad indicada sin importar si llegamos tarde o no, ni siquiera si llegábamos. Suponía la búsqueda de unos ojos verdes entre tantos marrones, ¿o eran marrones entre tantos verdes?, sin achacar que si ojos pequeños, que si frente desnuda, que si cejas pobladas, que si mirar entreabierto…

Hemos resultado excesivamente caros para nosotros mismos. Hemos olvidado el sentido de los actos, hemos olvidado la importancia de lo no importante. Hemos dejado muy atrás lo que identificaba nuestro heroísmo, lo que nos hacía fuertes, lo que nos diferenciaba del resto, aún en la madurez.

Entiendo el desprecio.

“ Somos césped - Éramos césped - inclinamos nuestros plásticos cuerpos hacia el cielo, rezando oraciones al vacío, para estirarnos hasta el infinito. Tras enmudecernos en la noche, esperamos el desplome del eterno para fundirnos con él en una nueva lluvia de constelaciones, y, al amanecer, recoger el rocío para devolver las estrellas o al menos sus reflejos, esperando, como respuesta, una nueva caricia del viento y un nuevo abono de sol. Ofrecemos sin reservas lo poco que somos y concedemos la ternura del aroma vivo cuando somos cercenados en verde corte y sangramos. Ofrecemos la imaginación al sentido. No importa la humildad, pues tan solo pedimos el maravilloso dolor de las pisadas, para penetrar en lo que da finitud a nuestra existencia”.

Entiendo el desprecio. Somos sobre todo soberbia, agresividad, grosería y pueril indignación.

La sinceridad ha transmutado en desprecio. La practicidad ha derivado en la relatividad del espacio-tiempo hasta el punto de no movernos. La espontaneidad se vierte en fogosidad desmedida y desusada. Todo es recelo y matiz. Todo es crítica y engaño. Todo es cátedra y legislatura. Todo es esfuerzo desmedido. Todo hace que nos parezcamos a lo que aborrecíamos y decidíamos huir. Todo es política radical, empeño en la cruda fiesta, alcohol por moda… cada vez somos más como el resto, pero menos como el resto, porque somos a sabiendas. Todo ya no es necesario, solo nosotros mismos.

Entiendo el desprecio. De pronto, no somos amigos.

Natalia hermosa

lunes 28 de julio de 2008

Ventana nº 7


Los no recuerdos
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La penumbra se ha adentrado en mi vida.

Ha entrado por la puerta como familiar visita con ánimo de quedarse. Su mano ha oscurecido la faz de las paredes y ha cubierto de tiempo los muebles. Se acumula su hedor de herrumbre en los rincones y se tuerce la vista al vislumbrarla.

Avanza por la casa como el viciado viento al correr los ventanales y descorcha el sonido de los rodamientos por ser estos incautos y ceder su suerte a su mano.

Desentraña las vísceras en la ducha y destrona ideales de reciclaje eterno, buscando con ello la inestabilidad y el odio, desdeñando con mueca si entre esta o aquella línea de supuesta limpieza se encuentra una pérdida de lacrimógena alma. Se introduce en los poros provocando la sudoración continua y recepcionando del organismo su locura por la expulsión del mal: sangría del alma.

Convence al desuso de someterse a la razón y viceversa, internándose en los sueños más tarde con sigilo hiriente y compungiendo el espíritu por echar de sí mismo lo soñado, lo posiblemente alcanzable. La vida no se esconde tras un nuevo día, sino tras cada esquina, tras cada nueva intersección, tras cada nuevo minuto de respiración.

Impide la zozobra, el ahínco, la compulsión, el ensimismamiento, la perenne queja y las pulsiones, mintiendo a la naturaleza con su soplido de víbora en los tímpanos, otrora hoguera vertiginosa que fundiera sus lenguas en el estupor de noche de luna nueva, rindiéndose a la rotura del cielo y su enjambre de luciérnagas, cual restallido de ascuas.

En el soñado paseo nocturno se trata de encontrar la magia en el alquitrán, el olor a terruño entre el carbono y la música en los gritos de las estrechas calles; así actúa la penumbra: desmiembra el ideal y lo aparca frente a una nueva lente de ordinariez, aún creyendo el ojo poder sacar de la fatalidad lo anómalo, lo precioso en la ponzoña, ese brillo mágico del asfalto tras una pobre lluvia.