
Cordero con piel de lobo
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Madrid devora las almas, las hace suyas y las contamina de verborrea infame. Parecieran sus calles cortafuegos de alquitrán, cicatrices en la tierra que recuerdan que fue herida de muerte. En las noches de invierno parece dormitar su espíritu corrupto bajo el armazón de cemento, y exhala su aliento entre las rendijas de las cloacas, dando a entender su estado de latente desvelo. Quisiera ser salvada de la almohada de artificial manufactura que la asfixia y hunde sus raíces cada día más en su cuerpo, cual cáncer.
Madrid se adivina presuntuosa en resquicios inocentes de campiña. En ocasiones resurge en un olor a libro viejo, en un pajarillo de melodías, en suspiros de nieblas unidas a restallidos de ascuas de los castañeros y a la eterna fritanga de los bares. Se presume engalanada de gentes y se arropa con el calor de sus cuerpos, esperando poder sobrevivir otra noche más al frío de noviembre, en esta pre-navidad.
Se gusta del deambular del eterno turista, sea de la tierra o no, que aúpa su ánimo con cada paso por las adoquinadas calles, esperando ser mejor persona tras un café frente al “escaparate” de alguna cafetería de la calle Arenal. Se suponen nuevas personas a cada trago del amargo amigo, quizás endulzado por el ideal de una vida que no es la suya, esperando ser olvidado para renacer en el anonimato dentro de una nueva piel. Todos esperan vestir nuevas máscaras, más dignas, tras doblar aquella esquina o degustar un hojaldre en la Mallorquina, apretujado entre iguales, sintiendo entre ellos empatía en la búsqueda de regazo ajeno que lo conforte.
Madrid es demasiado pan para tan poca mantequilla. Se dispersan las ideas y las vidas, volviéndose plata el fango y drogas el mármol. Trae con la pequeña brisa helada una reminiscencia de arte, pero se pierde en monotonía al hacerse la hora de vuelta. Vuelve pobre a cualquier tipo de rico, pero al pobre da esperanza de pasto sin ánimo de dádivas.La lluvia a Madrid no llega, se pierde entre el aire tosco, aunque a veces parece devolver fulgor a la suciedad que llena sus orillas de asfalto, aunque llegado el día maquillen de nuevo con polvo las fachadas y los cabellos. Quisiera que sus pulmones no hirvieran de putas y vísceras, que fueran remansos de literatura y música, sin estupefacientes, loros y marionetas, vestidos de alcohol tras el frío, y llenos de color a pesar de su vagueza natural.
Madrid se adivina presuntuosa en resquicios inocentes de campiña. En ocasiones resurge en un olor a libro viejo, en un pajarillo de melodías, en suspiros de nieblas unidas a restallidos de ascuas de los castañeros y a la eterna fritanga de los bares. Se presume engalanada de gentes y se arropa con el calor de sus cuerpos, esperando poder sobrevivir otra noche más al frío de noviembre, en esta pre-navidad.
Se gusta del deambular del eterno turista, sea de la tierra o no, que aúpa su ánimo con cada paso por las adoquinadas calles, esperando ser mejor persona tras un café frente al “escaparate” de alguna cafetería de la calle Arenal. Se suponen nuevas personas a cada trago del amargo amigo, quizás endulzado por el ideal de una vida que no es la suya, esperando ser olvidado para renacer en el anonimato dentro de una nueva piel. Todos esperan vestir nuevas máscaras, más dignas, tras doblar aquella esquina o degustar un hojaldre en la Mallorquina, apretujado entre iguales, sintiendo entre ellos empatía en la búsqueda de regazo ajeno que lo conforte.
Madrid es demasiado pan para tan poca mantequilla. Se dispersan las ideas y las vidas, volviéndose plata el fango y drogas el mármol. Trae con la pequeña brisa helada una reminiscencia de arte, pero se pierde en monotonía al hacerse la hora de vuelta. Vuelve pobre a cualquier tipo de rico, pero al pobre da esperanza de pasto sin ánimo de dádivas.La lluvia a Madrid no llega, se pierde entre el aire tosco, aunque a veces parece devolver fulgor a la suciedad que llena sus orillas de asfalto, aunque llegado el día maquillen de nuevo con polvo las fachadas y los cabellos. Quisiera que sus pulmones no hirvieran de putas y vísceras, que fueran remansos de literatura y música, sin estupefacientes, loros y marionetas, vestidos de alcohol tras el frío, y llenos de color a pesar de su vagueza natural.
