lunes 20 de octubre de 2008

Se ve todo diferente


A mi padre

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A través de una ventana carente de vida se ve todo diferente.

Se ve todo diferente después de despertar de un sueño enrarecido, donde primaban amistades desconocidas y voces desalentadas, inarmónicas, susurrándote qué y dónde buscarlo.
Escalones grises, alacenas vacías y un fajo de billetes ocultos tras un retrato, o tal vez en el interior de una lata vacía, costumbrista. Una casa gris, transladada de sueños e ignominias. Vidas pasadas, dejadas atrás, quién sabe si por un tiempo, a manos desequilibradas por la codicia.

Se ve todo diferente al sentarse frente a este marco luminoso, de brisas ciegas, lastimosas pero reconfortantes, de almas pasiegas con una historia y un destino, de quehaceres mundanos y labriegos, donde la mayoría tan solo guarda respeto a su afanosidad desdeñosa.
Rojos, grises, blancos. Cueros, harapos teñidos.
Tan solo oigo lloriqueos de una vida que habrá de abrirse camino perdidos tras las palabras del viento en el ramaje; tan solo oigo colibreos incesantes de pájaros que juegan, de personas que se aíslan en su mundo, éste que se alza gris y esquivo, pétreo, anaranjado y turquesa tras vidrios y ropajes.
El sol brilla destartalado, inútil, esquinado.

Se ve todo diferente tras el mullido trato del algodón, la espuma y el tergal.
Una mirada tímida a la derecha y un hombre agotado por la vida, atraído por Morfeo y su canto de náyade “circenae”1



Un hombre, un niño, un hombre. Acurrucado en un sillón con larga historia y la cabeza ladeada.
Un hombre, llevado por la ira y la congoja, latentes ahora.
Una marioneta con los hilos cortados y enturbiado, confundido entre rayas y lino. Si desvelásemos su quietud tal vez se rompería, o tal vez sus ojos no quieran abrirse nunca más.

Se ve todo diferente al iniciar un camino que se enraíza a cada paso en pos de alcanzar un hombro cercano; respiraciones entrecortadas y un latido de corazón cuyo compás marca cuatro vidas.
Vehículos aplastados, descolocados, un aire a tiempos sucio a tiempos floreado, y una mezcla animal y humana que pasea por las calles como desdoblada por la atemporalidad.

Se ve todo diferente, diferente y familiar, pero diferente; sumido en una pasividad caótica; cómico y trágico a la vez, teatral.
La vejez encamina la pedrera con aire confiado y sencillo; hasta sus piernas parecen de roble o castaño. Y solo se oyen rumores, de hombres y máquinas, mientras la mente comienza a silenciarse ensombrecida por lo concreto, por lo académico y lo fugaz.
La vida pasa para este hombre que tan solo aspira a hombre, fragilidad inmediata adolecida por las penas, las refriegas, las enfermedades y el deseo de vida. Para el oscurantismo y el cultismo, para la irascibilidad y la templanza, para la riqueza y la humildad, para la soberbia y la compasión desmedida. El punto álgido alcanzado y un alma adormecida y sentida, cuya lágrima de cristal viajará hasta el suelo enmoquetado. Será muy parecida a esta que ahora baja por mi pómulo, empática, asustadiza.

Se ve todo diferente, artificioso, forzado, enamorado y perdido.
Desesperado, amilanado por el roce de su piel, tembloroso ante su risa inocente, huidizo, asustado, aterrorizado, ensimismado, perdido en sus ojos. Enamorado.
Cada palabra codificada, cada gesto controlado, atrevido barrocamente, parnasianamente, no quisiera marcharse, no dentro de una hora, ni dentro de unos meses, se quedaría para morir a su lado, para vivir una vida que no es la suya. Tanta nobleza y miedo transformadas en una escapada angosta e intransigente.

Ni siquiera el cielo es ya azul, ni sus ojos marrones o verdes, ni siquiera la música suena armónica, todo parece haberlo robado con su belleza: todo el mar para sus ojos, toda la magia para sus labios, todo el sol para sus cabellos.

Tan solo quedarán desencuentros extrañados y notas vagas.

Tan solo un latido eléctrico le unirá a la vida que acabará de perder.

Se verá todo diferente.

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“Circenae”: Perteneciente a la obra de Cicerón.