viernes 21 de diciembre de 2007

Ventana nº6


El reflejo
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Vivo en un reflejo. En un reflejo oscuro. Pero no de espejo, no de agua o metal, sino en el reflejo del esmalte negro del piano que adornaba mi casa. Una tarde de otoño me robó el alma, no sé cómo, la enjauló tras minutos de estudio y negó su valía para los años venideros. Y poco a poco lo poco que quedó de ella unido a mi cuerpo fue perdiendo encanto, libertad y deseo, hasta quedarse inerte este cuerpo, como un envoltorio sin lo que envolvía, lo que daba significado a su significante. Cada día que pasaba, la vida perdía sentido, se emborronaban los sueños, las amistades huían hartas del hastío de la compañía, y el amor, presuntamente eterno, se alejaba harto-cansado de la laberíntica.

Ahora el reflejo ocupa mis ansiedades y suspiros.

Se me va la vida en lo recóndito de este lugar. No abarca más que un rincón del salón y la puerta de salida, aunque no acabo de atreverme a cruzarla, presumida su oscuridad. Voy aquí y allá como ratoncillo que, presa de la ciencia, sondea las paredes de su laberinto; pero temo encontrarme con los horrores que aguardan en lo oscuro, así que procuro no alejarme del atril.

En este rincón todos los libros de la estantería están ya leídos, me los sé de memoria, pero no parecen interesarme otros nuevos; y ya he tocado en las teclas todo lo que recuerdo, aunque cada vez las notas sean más vagas, o aunque las lagunas de la memoria sean cada vez más océanos; ni siquiera el reloj parezca avanzar, pero esta demasiado alejado de la claridad para acercarse a comprobarlo de firme.


A veces el recuerdo se hace tan borroso que me asusto al no reconocerme en el reflejo, aunque es una sensación relampagueante que pasa. Ahora centro mis aspiraciones en observar meticulosamente las diminutas pelusillas que se acumulan en el esmalte, pero, a pesar de mis quejas, nadie parece recordar el limpiarlas, o si acaso hay o no piano en el salón, así que muero de espera. Quizás sea ya Pedro devorado por el lobo.
Las noches aquí son eternas, pues es difícil conciliar el sueño con tanto crujir de la madera y con tanto desorden en las sombras; quizás ya haya amanecido, pero nunca termina de mostrarse el día, pues la luz llega apoyada en la pared, y no es suficiente para alejar la penumbra.
Y, ausente el esfuerzo o la furia de la añoranza, freno mi desaparición en el mate con lastimosas cargas autocompasivas y al reverberarme en el consuelo de lo aprendido.
Quizás sea ya Sísifo vencido por la roca y la montaña.

Hay ocasiones en las que observo con lástima a mi yo buscándome por la estancia, como quien busca las llaves de casa, que uno nunca termina de estar seguro de dónde las vio por última vez; pero pasa de largo, mira bajo el taburete, revuelve entre las hojas y murmura maldiciones sopena de su aletargada memoria. Ignora que esta fue suspendida en la noche del reflejo. Noto los ojos vagos. Ya no sé si soy yo o el reflejo. Y me pierdo en una esquina, siendo casi ya cuadro, que no reflejo.Quizás sea ya Víctor Zalalla anulado por Víctor Zalalla.