martes 13 de noviembre de 2007

Ventana nº 5


Ilusión de la antípoda
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Hoy se abren los ramilletes de colores con el estrépito de la alfaguara y llenan de luz el alfeizar de mi ventana. Y con los enjambres de viento florido se adolecen melosamente las gasas que cubren el interior de este balcón. Se abren los ventanales y las formas esculpidas en los frisos cobran vida, alzando de entre sus atuendos y contorsiones el entusiasmo del movimiento anhelado.

El sol cubre la dehesa, y las encinas besan el suelo con las bellotas que caen desde sus ramas, despertando así a la tierra, que dormía templada bajo la caricia del rocío. La bruma surje como hálito corpóreo y se enrama al atravesar los caballos el pasto, innundándose el herbazal con su perfume de sombra. El aire se inflama al morir la noche y surge de la espesura el abrazo de los azules.

El tacto se conciencia sereno y gime rufián al contacto con el frescor del lecho despreocupado. Se abren paso las posturas imposibles y la pesadez del ejercicio por el despertar. Se arrinconan entonces las oscuras siluetas de los muebles y crece el calor del cuerpo. La alhacena cruje en bagatela entonada y acompaña el paso el rumor de la porcelana y el cristal, haciéndose poco a poco deliciosas amigas del oído; y sobre el techado de la alcoba arañan el sueño con sutileza los fresnos y los robles.

El piso se ofrece pronto al paso con frijidez deseable, y agradecen las plantas el placer de su contacto. El lino ondea con la ventolera salada y se humedece cariñosamente con el descubrir del paisaje. Culminación de los sentidos, danza de las pupilas y saturación del olfato por los jazmines, las azucenas y las lilas. El vigor del álveo, allende al caserío, dibuja una extraña muesca de plata en el yeso, y resplandecen las pinceladas verdes de las márgenes y golpean los ventanales los olores del mantillo.

Ahora solo habla el apetito y el recuerdo del aceite y el pan; y el cortés despropósito de la albricia enjaula tristemente lo advenedizo.