
La inconsciencia
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Existe el recuerdo inteligente de un reino mágico, perdido en los anales de la historia y en la metalingüística de la exposición.
Un reino escondido tras los párpados y sugerido por lo aún no aprendido.
Existe un reino mágico en el que nos aventuramos al atravesar el espejo, un reino tangible y detallista, estructurado, reconocible... ¿cómo ha llegado ahí?.
Su nombre lo desconozco, pero reconozco sus calles medievales entre copas y su luz relajada por el vacilar del fuego prendido en esas antorchas encandiladas; vivo la fiesta caminando por sus calles y desvío la mirada para descubrir de nuevo sus familiares callejones... ¿cómo he llegado ahí?. Recorro los empedrados y, sabiendo del sueño, quiero hablar con la niebla para sollozarle que mi recuerdo es real.
Puertos de montañas selváticas, como cortafuegos que desmembran un cuerpo, y encrucijadas a sabiendas de tomar el camino diestro para seguir la margen del rio hasta la costa, donde aguarda el misterioso recuerdo. Descubro la ruta sobre dos ruedas, a riesgo de perderme en las lindes. Sé cómo entonar la vuelta.
Viajo en barco, o soy pájaro, para adentrarme en el mar y contemplarlo. El recuerdo vive en una isla, ¿o es una península?, edificada, escombrada, gótica, más bien multiétnica, inducción reminiscéntica derivada de esa casa barroca o aquella construcción piramidal. Deduzco sus trazos modernos, y no me cuadra frente a este negro palacio destripado, ni cercanos ambos a aquel invernadero anoréxico e infectado, preludio de un zoo antípode, acorde peculiarmente con el entorno.
Navego el río, y me sorprenden todas esas grandes hojas que caen como lluvia, toda esa abundancia de malas hierbas, que esconden bajo su alfombrado el oscuro sortilegio aplastado por la ciudad de carboncillo y virulencia en el olvido.
Repaso con la vista los oxidados barrotes, antaño presa de bestias, y el vidrio dentado, casi parte de la naturaleza. Observo ahora el cielo, y aseguro la decadencia por el desplome firme del monzón.
De nuevo estoy en la playa, lontano a la “pen-ínsula”, y la recuerdo lejana, como un sueño dentro del sueño. Quiero llegar a ella por vias férreas: una cremallera dentro de todo este verde pliegue que avanza y avanza, extinguiéndose en la suposición de un delta fluvial. Ahora es naturaleza, ahora envalse, ahora desbordado, ahora destructor para con el hombre, ahora playa lejana, llena de raíces acuáticas, como venas de un mismo cuerpo, enmarañadas, abriendo la circulación al infinito salado. Desde no sé qué altitud puedo divisarlo todo, recorrerlo con ojos convexos y asimilar nuevamente la familiaridad de esa construcción dejada de la mano de los dioses. Ahora aquí, ahora allí, ahora dónde, ahora quién sabe.
Me adentro en un nuevo personaje. Pasillos de museo, ecos del prerrománico, vasijas, collares de oro y piedras, máscaras, y miles de opacas vitrinas. ¿Por qué no puedo contemplar su contenido?. Todo a media luz.
Me esquiva niñamente1 algo por los pasillos. Los tapices comienzan a escasear y se desnuda el yeso, la mampostería, el escombrado suelo encierra algo más que suciedad. La oscuridad es ahora asfixiante y nada más que grises levantados de la piel del edificio parecen desenmascarar la extraña duda. Contemplo tesoros de humo, enterrados, encontrados y ficcionalizados. Y pierdo la compañía al llegar aquí o allí; pero hallo la crónica destartalada. Me habla de hechos heróicos, de escrituras perdidas y malhalladas, de sendas, de bosques, de estrellas, de caras, de fiestas y de comprensión. Me habla de magisterios, de hechizos, de martirios, de lunas, de dioses y hombres, del acero y la mica, de la metáfora de lo intenso, de lo universal particularizado. Me habla del miedo, de dudas, de siniestros pasos en las aguas, de ruinas y de bocanadas de desdicha y de cólera. Y de la huída a través de los fondos, para, tras la muerte agotada, dejar constancia de la excelencia a pie de playa con forma de dorada llave.
Nadie sabrá a la salida del templo de lo sucedido, ni de mi jugar tontuno con la anomalía. Nadie sabrá dónde, ni cuándo, ni por qué. Nadie sabrá a que viene esta locura, ni siquiera la confidencia animosa del conocido. Nadie me desventurará el placer de la desdicha, ni del fruto aniquilado. Nadie hablará de las vidas, ni del infortunio. Estoy condenado a falsearlo, como un sueño. Quizás lo fue.
Recorro este paseo, aquella duna, y lloro pensando en lo que quise que fuera. No tengo fuerzas para ver en esos oscuros lazos bajo las olas la carretera negra que conduce a mis ruinas, no puedo sentir mías estas piedras como si fueran escalinatas a algún que otro sitio que se me escapa. No puedo convencer a nadie de nada. No tiene importancia.
Solo en el final desenlace, vestido de hermano, me mostrará el rostro de arenoso velo y peine de agua: el aureo sello de sus puertas.
Ahora podré llorar por Antillia.
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1 Niñamente: Aquello que recibe la animosidad juguetona de un niño.
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Existe el recuerdo inteligente de un reino mágico, perdido en los anales de la historia y en la metalingüística de la exposición.
Un reino escondido tras los párpados y sugerido por lo aún no aprendido.
Existe un reino mágico en el que nos aventuramos al atravesar el espejo, un reino tangible y detallista, estructurado, reconocible... ¿cómo ha llegado ahí?.
Su nombre lo desconozco, pero reconozco sus calles medievales entre copas y su luz relajada por el vacilar del fuego prendido en esas antorchas encandiladas; vivo la fiesta caminando por sus calles y desvío la mirada para descubrir de nuevo sus familiares callejones... ¿cómo he llegado ahí?. Recorro los empedrados y, sabiendo del sueño, quiero hablar con la niebla para sollozarle que mi recuerdo es real.
Puertos de montañas selváticas, como cortafuegos que desmembran un cuerpo, y encrucijadas a sabiendas de tomar el camino diestro para seguir la margen del rio hasta la costa, donde aguarda el misterioso recuerdo. Descubro la ruta sobre dos ruedas, a riesgo de perderme en las lindes. Sé cómo entonar la vuelta.
Viajo en barco, o soy pájaro, para adentrarme en el mar y contemplarlo. El recuerdo vive en una isla, ¿o es una península?, edificada, escombrada, gótica, más bien multiétnica, inducción reminiscéntica derivada de esa casa barroca o aquella construcción piramidal. Deduzco sus trazos modernos, y no me cuadra frente a este negro palacio destripado, ni cercanos ambos a aquel invernadero anoréxico e infectado, preludio de un zoo antípode, acorde peculiarmente con el entorno.
Navego el río, y me sorprenden todas esas grandes hojas que caen como lluvia, toda esa abundancia de malas hierbas, que esconden bajo su alfombrado el oscuro sortilegio aplastado por la ciudad de carboncillo y virulencia en el olvido.
Repaso con la vista los oxidados barrotes, antaño presa de bestias, y el vidrio dentado, casi parte de la naturaleza. Observo ahora el cielo, y aseguro la decadencia por el desplome firme del monzón.
De nuevo estoy en la playa, lontano a la “pen-ínsula”, y la recuerdo lejana, como un sueño dentro del sueño. Quiero llegar a ella por vias férreas: una cremallera dentro de todo este verde pliegue que avanza y avanza, extinguiéndose en la suposición de un delta fluvial. Ahora es naturaleza, ahora envalse, ahora desbordado, ahora destructor para con el hombre, ahora playa lejana, llena de raíces acuáticas, como venas de un mismo cuerpo, enmarañadas, abriendo la circulación al infinito salado. Desde no sé qué altitud puedo divisarlo todo, recorrerlo con ojos convexos y asimilar nuevamente la familiaridad de esa construcción dejada de la mano de los dioses. Ahora aquí, ahora allí, ahora dónde, ahora quién sabe.
Me adentro en un nuevo personaje. Pasillos de museo, ecos del prerrománico, vasijas, collares de oro y piedras, máscaras, y miles de opacas vitrinas. ¿Por qué no puedo contemplar su contenido?. Todo a media luz.
Me esquiva niñamente1 algo por los pasillos. Los tapices comienzan a escasear y se desnuda el yeso, la mampostería, el escombrado suelo encierra algo más que suciedad. La oscuridad es ahora asfixiante y nada más que grises levantados de la piel del edificio parecen desenmascarar la extraña duda. Contemplo tesoros de humo, enterrados, encontrados y ficcionalizados. Y pierdo la compañía al llegar aquí o allí; pero hallo la crónica destartalada. Me habla de hechos heróicos, de escrituras perdidas y malhalladas, de sendas, de bosques, de estrellas, de caras, de fiestas y de comprensión. Me habla de magisterios, de hechizos, de martirios, de lunas, de dioses y hombres, del acero y la mica, de la metáfora de lo intenso, de lo universal particularizado. Me habla del miedo, de dudas, de siniestros pasos en las aguas, de ruinas y de bocanadas de desdicha y de cólera. Y de la huída a través de los fondos, para, tras la muerte agotada, dejar constancia de la excelencia a pie de playa con forma de dorada llave.
Nadie sabrá a la salida del templo de lo sucedido, ni de mi jugar tontuno con la anomalía. Nadie sabrá dónde, ni cuándo, ni por qué. Nadie sabrá a que viene esta locura, ni siquiera la confidencia animosa del conocido. Nadie me desventurará el placer de la desdicha, ni del fruto aniquilado. Nadie hablará de las vidas, ni del infortunio. Estoy condenado a falsearlo, como un sueño. Quizás lo fue.
Recorro este paseo, aquella duna, y lloro pensando en lo que quise que fuera. No tengo fuerzas para ver en esos oscuros lazos bajo las olas la carretera negra que conduce a mis ruinas, no puedo sentir mías estas piedras como si fueran escalinatas a algún que otro sitio que se me escapa. No puedo convencer a nadie de nada. No tiene importancia.
Solo en el final desenlace, vestido de hermano, me mostrará el rostro de arenoso velo y peine de agua: el aureo sello de sus puertas.
Ahora podré llorar por Antillia.
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1 Niñamente: Aquello que recibe la animosidad juguetona de un niño.
