
Sin subtítulo
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Todos los ojos escapan de la sala. Prefieren ya centrarse en otra cosa, ser gatunos para con ella y abalanzarse con aire lúdico y criminal sobre ella. Son gatos traidores.
Ojos. Ojos de todos los colores. Azules, verdes, marrones, traidores. Te atraviesan el alma esperando obtener respuesta sincera a su provocación. Algunas veces rabiosa, otras templada, antaño soberbia, y ahora subversiva. Son cuchilladas de cinco dedos, no condenables.
Airean las vergüenzas y resaltan lo más humano, pues la máscara, esa “gota de madera pintada por el mito”1, no oculta ni los huesos ni los órganos. No puede sostenerla esa cara soslayada y descarnada, ha perdido su adherencia.
Esos ojos, han sangrado a este alma, hasta hacerla desaparecer convertida en piel mudada o en polvo: vuelta a la tierra. “¿Dónde estás ...?”2
En la tiniebla de esta sala, aunque tibia, se esconde descamisada la memoria. Trofeos de tiempos siempre mejores parecen prolongación de su contorno, pero está abandonado todo recuerdo. El pasado ya no importa, solo quedo sobre el escrito. ¡Qué vacío dolor el de la inmemoria! Es el dolor más agudo reservado para el hombre. ¿Qué es el hombre sin memoria ni nombre? Sombra. Sombra que aguarda bajo la sombra.
Esos ojos debieron marchar antes para no contemplar el dolor, y así permitir el desangrado. Una vuelta a la adolescencia para volver a ser. Para juguetear de nuevo entre el niño y el hombre, siempre por ello avergonzado, inexperimentado, dolido, vivo, tremendamente vivo.
Arañado han estos ojos el vuelo rasante de las faldas del alma, la han hecho harapos y ha perdido la fuerza de las armas. Han hecho pesado el caminar, como si hubieran empapado los bajos de sus vestidos. Es tan pesado e incómodo por el frío de lo húmedo que invita a no salir de casa, pues el ambiente fuera es también húmedo y frío, traspasaría el tejido para escamar la piel con una rapidez que no se desea. Así se sabe dulce la sombra y resguarda con calor y más olvido. Es tan familiar que su abrazo disimula las imperfecciones y abuelen3 las virtudes.
Ah...! El clamor del piano... cuán olvidado! La titubeante creación de las letras, esas letras impropias, impersonales, que brotan como torrente. Un río en-ojado4, hora oculto, hora vislumbrado. No sé si es tierra o agua.
Los ojos, los ojos, ojos para la desgracia, para la podredumbre, para la alegría del consuelo, para el cansancio, para que “nada sea como antes”5, para que “nada cambie nada”6.
Esos ojos... buscan el polvo en los rincones, y los cacharros colmando la pila, y la ropa maloliente en la lavadora: buscan la dejadez, la pereza, el descuido.
Esos ojos... pellizcan puntos débiles con el fin de hacer saltar nervios, para arrancar de nuevo el amor donde parece dormido.
Esos ojos... búrlanse, mófanse, ríense7, de la torpeza de la mente, del descontrol de lo conocido, de lo escapista de lo latente, de lo atado e invisible: es necesario el deshonroso insulto, el cruel grito, la rotura feroz de los miembros, el gesto arrasador y la demagogia imperada.
Esos ojos... prestan ,visten, arreglan, cosen, disimulan, solo quieren llorar como llora su interior, solo quieren golpear las caras, sacar látigo y liberar con chasquido hiriente. No pueden, no saben vivir.
Esos ojos... son lo incierto.
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Todos los ojos escapan de la sala. Prefieren ya centrarse en otra cosa, ser gatunos para con ella y abalanzarse con aire lúdico y criminal sobre ella. Son gatos traidores.
Ojos. Ojos de todos los colores. Azules, verdes, marrones, traidores. Te atraviesan el alma esperando obtener respuesta sincera a su provocación. Algunas veces rabiosa, otras templada, antaño soberbia, y ahora subversiva. Son cuchilladas de cinco dedos, no condenables.
Airean las vergüenzas y resaltan lo más humano, pues la máscara, esa “gota de madera pintada por el mito”1, no oculta ni los huesos ni los órganos. No puede sostenerla esa cara soslayada y descarnada, ha perdido su adherencia.
Esos ojos, han sangrado a este alma, hasta hacerla desaparecer convertida en piel mudada o en polvo: vuelta a la tierra. “¿Dónde estás ...?”2
En la tiniebla de esta sala, aunque tibia, se esconde descamisada la memoria. Trofeos de tiempos siempre mejores parecen prolongación de su contorno, pero está abandonado todo recuerdo. El pasado ya no importa, solo quedo sobre el escrito. ¡Qué vacío dolor el de la inmemoria! Es el dolor más agudo reservado para el hombre. ¿Qué es el hombre sin memoria ni nombre? Sombra. Sombra que aguarda bajo la sombra.
Esos ojos debieron marchar antes para no contemplar el dolor, y así permitir el desangrado. Una vuelta a la adolescencia para volver a ser. Para juguetear de nuevo entre el niño y el hombre, siempre por ello avergonzado, inexperimentado, dolido, vivo, tremendamente vivo.
Arañado han estos ojos el vuelo rasante de las faldas del alma, la han hecho harapos y ha perdido la fuerza de las armas. Han hecho pesado el caminar, como si hubieran empapado los bajos de sus vestidos. Es tan pesado e incómodo por el frío de lo húmedo que invita a no salir de casa, pues el ambiente fuera es también húmedo y frío, traspasaría el tejido para escamar la piel con una rapidez que no se desea. Así se sabe dulce la sombra y resguarda con calor y más olvido. Es tan familiar que su abrazo disimula las imperfecciones y abuelen3 las virtudes.
Ah...! El clamor del piano... cuán olvidado! La titubeante creación de las letras, esas letras impropias, impersonales, que brotan como torrente. Un río en-ojado4, hora oculto, hora vislumbrado. No sé si es tierra o agua.
Los ojos, los ojos, ojos para la desgracia, para la podredumbre, para la alegría del consuelo, para el cansancio, para que “nada sea como antes”5, para que “nada cambie nada”6.
Esos ojos... buscan el polvo en los rincones, y los cacharros colmando la pila, y la ropa maloliente en la lavadora: buscan la dejadez, la pereza, el descuido.
Esos ojos... pellizcan puntos débiles con el fin de hacer saltar nervios, para arrancar de nuevo el amor donde parece dormido.
Esos ojos... búrlanse, mófanse, ríense7, de la torpeza de la mente, del descontrol de lo conocido, de lo escapista de lo latente, de lo atado e invisible: es necesario el deshonroso insulto, el cruel grito, la rotura feroz de los miembros, el gesto arrasador y la demagogia imperada.
Esos ojos... prestan ,visten, arreglan, cosen, disimulan, solo quieren llorar como llora su interior, solo quieren golpear las caras, sacar látigo y liberar con chasquido hiriente. No pueden, no saben vivir.
Esos ojos... son lo incierto.
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1 “Gota de madera pintada por el mito”: Definición de una máscara tribal llevada a cabo por Pablo Neruda en una de sus obras.
2 “¿Dónde estás... ?”: Recordatorio al ensayo denominado “Apelación” de esta misma obra.
3 Abuelen: Dícese de la acción reminiscente a la infuencia de las abuelas sobre sus nietos. Para ellas son auténticos ídolos, a pesar de que los defectos sean mayores en número e importancia que las posibles virtudes. Además todo aquello quedará exagerado hasta el extremo: superlativo.
4 En – ojado: Palabra que aúna dos significados: “enojar” (enfadar) y “en-ojar” (atribuir las características y la fatalidad al tiempo que supone la mirada angustiosa de varios ojos al detalle de los movimientos).
5-6 “Nata sea como antes”, “Nada cambie nada”: Recordatorio a la letra de la canción “Lamento” del cantautor Gian Marco.
7 Búrlanse, ríense, mófanse: Recordatorio a la lengua gallega, donde los pronombre siempre van tras la forma verbal, logrando con ello énfasis en las acciones y no en el agente que las realiza. En caso de destacar al agente, el pronombre se antepondrá a la forma verbal. Ésta es una manera de restar importancia al escritor.

