martes 28 de agosto de 2007

Suyo


Encuentros contigo
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Hoy desperté entre sábanas húmedas, entre grises hojas de Olmo, bañadas por una sinluz rojiza que no sé de dónde viene. Desperté extraño en este lecho mecido por no sé qué aguas, las del sueño encontrado entre sus brazos de bronce y sus ojos perdidos. La niebla oscurecía la estancia, y no podía acertar a alcanzar un nada próximo o lejano, nada, parecía que se desplomase el cielo sobre nuestras cabezas. Atisbo a lo lejos sus labios y me yergo para lograr besarlos, con ánimo de encender su desvelo, pero me he perdido de nuevo entre los jirones azules del viento. Lamento tras lamento alcanzo el pie de la cama, más esta orilla se descubre apartada, trasnochada y solitaria, nívea como el susurro de su boca al clamar por un divino roce de nocturno preludio. Me encaro con el oleaje, pero solo hago espuma, lazos y lazos de espuma; pareciere que quisiera escribir mi nombre en el rumor del agua, por si pudiera siseárselo a alguien más adelante, con la esperanza de ser encontrado, que no salvado, pues descanso placenteramente: los sentidos viven un éxtasis, y creo poder tocar los cuencos que quizás contengan el néctar y las ambrosías: son sus delicados dedos acariciando los míos con adormilado movimiento.

Ahora la niebla es de oro, ahora cobalto, ahora cobriza, ahora gitana... Me arrastro ciego entre los pliegues para pasear mis manos por su faz y hallar sus finos cabellos, derramándose de entre las cuencas que dispongo. El cielo no parezco hallarlo, pero sí que veo las estrellas, altivas y juiciosas, negadas a la mano humana, y creo soñar hadas que las alcanzan.
Qué rojizo está el cielo, amparo de la lluvia, no tardará en verterse sobre nosotros y confundirnos tan tibiamente que vuelva a sumergirme en la paz del sueño. Un masaje suave y aterciopelado que relaje aún más mi mente hasta hacerla suya, tremendamente suya.

No sé qué hora es, pero, ¿acaso el tiempo importa?. No siento electricidad alguna aunque los escalofríos me hielen la sangre, tan roja que tiña esta niebla. Los anillos los dejé sobre la mesilla pero ahora aparecen plateados y anudados a mis dedos, cómo relucen y me muestran su camino, como faro en la noche. Siento el deslizar del agua por mi frente y mi nariz, como acariciándolos pausadamente, ya soy suyo. Parezco escurrirme con ella y confundirme con la mar, como arena que se arrastra sencillamente por el cuello del reloj, pasando, avanzando, adentrándose en una nívea y cálida estancia para sedimentarse con escultórica firmeza. He notado su respiración sobre mi espalda, y quisiera girarme para buscar su boca, su cuello, con mi frente y frotarla como gato en la faltriquera de su dueña, buscando ternura, suavidad y calor, intentando mitigar estos latigazos deliciosamente fríos.

He escudriñado entre las hojas secas buscando letras, palabras, frases, pero solo palpo hojas, rugosas y livianas que quizás quisieran escaparse de mí como arrastradas por el viento que tal vez venga de mi mano. Me miro y no me veo, parezco perderme entre los ramajes.
Oigo cánticos livianos, de pajaruelos que deben revolotear cerca, pero como ausente pierdo mis manos al alzarlas a lo alto con ánimo de apresar alguno, para ofrecerlo sin reservas con ilusión de provocar su dulce risa de niña, ya la oigo a pesar de herrar en mi empresa. Ya está ante mí para recompensar mi vacilante gesto: me deshago como la espuma de este mar al notar el tacto de su piel, líquido y mercúreo1.

Suspiro tranquilo desde la serenidad de la profundidad y observo la llegada del alba, intentando alzarse por entre los resquicios de esta acunante niebla. Y sus ojos y los míos observan y se observan rasgando desde el nacimiento hasta el ahora con colegial entusiasmo, hiriendo casi a su paso, levantando la piel con sigilo y amparando el desnudo con la calidez del abrazo, dejando tan solo al descubierto la muerte de una vida para comenzar con el nacimiento de otra.
Soy tuyo...
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1 Mercúreo: Que contiene las propiedades del mercurio. Relativo a los espejos.

miércoles 15 de agosto de 2007

No diré tu nombre



El mundo tras la ventana del aula
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Paredes descascarilladas entre el cielo y el papel, mal pintadas, ilusas, osadas, y un discurso ambiental que nubla la conciencia del más airado, cuando ahí fuera se rompe la calma con eléctrica espada.


El cielo acaricia mi frente con sus suspiros de hierba, con su líbido sinuosa, enjaezada, como si tuviera silueta enjarrada, artística, libresca, ofreciendo una pequeña algarabía de mozuelos que se mecen como aolados, reposando en la calma de este mar que parece dormido bajo la lucha atmosférica.


Ahora este papel no sabe si ser tristánico o isoldado, pues es presa fácil para el desconsuelo de los pazos, aquellos risueños, familiares, íntimos, perdidos, bibliográficos saturadamente, pero vestidos de franela encuadrada y verde pana adoleciente: humanos.


Una mezcla de polen y tiza surca los aires enjaulados. Mientras, el enrojecido paisaje, el enverdecido paisaje, aunque vive artificiosamente engarzado, clama con su grito preestiático. Colosal, imberbe, volviendo acuático al lector del papel, que escapa sigilosa y huronamente de la caída picada, que no ha de alcanzarle, salvo en la memoria futura. "Vagueza total para el ánima", piensa.


Ahora el cuerpo parece manchado, enfermo de algo benigno. Parece una constelación pues si uniéramos los puntos contemplaríamos el dibujo escondido. Y algo anular, viejo, corrompido, pero heróico de alguna forma, rescata comitrágicamente de este calor pesado y lleno de rejas aparentes. No se dan cuenta las manos que controlan dichas rejas que su esfuerzo inútil cae derrotado por el cielo y su lamento celoso.


Que si "la posición habitual es preludio de la conclusión", que si "intercaladamente proyecta independencia", que si... no puede oír el alma esta verborrea cuando el cielo grita y llena la tierra de lágrimas arbitrarias e incontenidas. Hace un momento tan solo el sol acariciaba las cumbres, y ahora deshace los brazos cual arena y los transporta para confundirlos con la sal, encantados vuelan junto al olvido, hechizados por las nubes y su engalanado fenómeno disociante. Todo es poesía.


¿Cómo justificar esas sonrisas cómplices ante el laberinto setentero y bigotudo?. Más ganan las musarañas, que seguro desfilan para los ojos ciegos.
Historias de algo, prosas lirizadas, poemas prosificados, garabatos locos, migrañas que rompen la cabeza como el rayo el cielo. Y ahora los charcos parecen pinceladas de oro en un cuadro tiznado de carboncillo. Artístico, tizianesco y goyesco a la vez, clásico.

Se oyen bufidos de vez en cuando hasta la pérdida de la vista. Y vuelven los resoplos. Sus ojos seguro que están en casa, en la lectura, en otros ojos, quizás dorados, en el descanso, o en el viaje que proponen los emplumados heraldos.


La tierra devuelve el suspiro y dice ser suya. ¿Y quién no lo es?. Solo tras horizontar la inclinación veremos afiladas las puntas arbolescas, y, a medio plazo, un cortejo envolado. Pasos fugaces y saltitos rufianescos. Todo un dibujo animado.

No se fundirán en un beso pues no saben qué es eso, ni siquiera tienen labios; pero se acurrucarán cual tórtolas y otearán adormiladas el horizonte buscando algo visible para sus pequeñas pupilas en él, algo que no responda a la bidimensionalidad. Solo lo chiquillo llamará su atención, y la nuestra, pues ya somos pájaros.


Piscinas en vez de lagos, azoteas en vez de piscinas, torres en vez de azoteas, adosaguas. Todo se mece ahora con tono satírico e inocente a la vez: sarcástico.


Los reflejos en la madera se pierden y Selene se alza imperiosa, mas no es su hora aún, así que esperará allí esquinada a que lleguen las siete y cuarto, y luego las nueve menos diez, cuando la rivera del río ayude a su coronación efímera.


Nunca la belleza tuvo nombre. Ahora es imperativo, mas no serán mis versos quienes lo enuncien. Lágrimas perdidas, felices, ensoñadas, con las que humedecer sus labios, que tampoco enunciarán el mío.


Amor eterno.


(Martes – 27 de abril de 2004 – 18:44 de la tarde)

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Aolados: Mecidos por las olas, pero de viento.
Tristánico o Isoldado: En el texto, búsqueda de la tragedia a través del escrito, en cuanto a fines literarios; presunción de lograr la literatura con unas posibles palabras vanas.
Pazos: Recordatorio al doctor Pazos, profesor de Semántica y Pragmática en la U.C.M. Se produce aquí el efecto disociativo completamente antepuesto a la personificación, transformando la persona en paisaje.
Huronamente: Dícese del movimiento de huída parecido a la forma sigilosa y eléctrica del hurón.
Comitrágicamente: Antepuesta a la Tragicomedia, esta variedad teatral inventada propondría una comedia que irremediablemente acabaría en tragedia, es decir, en muerte, de alguna manera también, irónica y burlesca.
"..." : Frases propias del profesor Pazos durante el transcurso de la clase.
Tizianesco: Que comprende características propias de una obra de Tiziano.
Horizontar: Transformar la escena en horizonte, es decir, aplicar márgenes a lo visionado.
Envolado: Dícese de aquellos que tienen la posibilidad de volar (los pájaros), pero como si dicha posibilidad viniera dada por dejarse llevar tan solo por el viento, no por el esfuerzo de sus alas.