
Encuentros contigo
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Hoy desperté entre sábanas húmedas, entre grises hojas de Olmo, bañadas por una sinluz rojiza que no sé de dónde viene. Desperté extraño en este lecho mecido por no sé qué aguas, las del sueño encontrado entre sus brazos de bronce y sus ojos perdidos. La niebla oscurecía la estancia, y no podía acertar a alcanzar un nada próximo o lejano, nada, parecía que se desplomase el cielo sobre nuestras cabezas. Atisbo a lo lejos sus labios y me yergo para lograr besarlos, con ánimo de encender su desvelo, pero me he perdido de nuevo entre los jirones azules del viento. Lamento tras lamento alcanzo el pie de la cama, más esta orilla se descubre apartada, trasnochada y solitaria, nívea como el susurro de su boca al clamar por un divino roce de nocturno preludio. Me encaro con el oleaje, pero solo hago espuma, lazos y lazos de espuma; pareciere que quisiera escribir mi nombre en el rumor del agua, por si pudiera siseárselo a alguien más adelante, con la esperanza de ser encontrado, que no salvado, pues descanso placenteramente: los sentidos viven un éxtasis, y creo poder tocar los cuencos que quizás contengan el néctar y las ambrosías: son sus delicados dedos acariciando los míos con adormilado movimiento.
Ahora la niebla es de oro, ahora cobalto, ahora cobriza, ahora gitana... Me arrastro ciego entre los pliegues para pasear mis manos por su faz y hallar sus finos cabellos, derramándose de entre las cuencas que dispongo. El cielo no parezco hallarlo, pero sí que veo las estrellas, altivas y juiciosas, negadas a la mano humana, y creo soñar hadas que las alcanzan.
Qué rojizo está el cielo, amparo de la lluvia, no tardará en verterse sobre nosotros y confundirnos tan tibiamente que vuelva a sumergirme en la paz del sueño. Un masaje suave y aterciopelado que relaje aún más mi mente hasta hacerla suya, tremendamente suya.
No sé qué hora es, pero, ¿acaso el tiempo importa?. No siento electricidad alguna aunque los escalofríos me hielen la sangre, tan roja que tiña esta niebla. Los anillos los dejé sobre la mesilla pero ahora aparecen plateados y anudados a mis dedos, cómo relucen y me muestran su camino, como faro en la noche. Siento el deslizar del agua por mi frente y mi nariz, como acariciándolos pausadamente, ya soy suyo. Parezco escurrirme con ella y confundirme con la mar, como arena que se arrastra sencillamente por el cuello del reloj, pasando, avanzando, adentrándose en una nívea y cálida estancia para sedimentarse con escultórica firmeza. He notado su respiración sobre mi espalda, y quisiera girarme para buscar su boca, su cuello, con mi frente y frotarla como gato en la faltriquera de su dueña, buscando ternura, suavidad y calor, intentando mitigar estos latigazos deliciosamente fríos.
He escudriñado entre las hojas secas buscando letras, palabras, frases, pero solo palpo hojas, rugosas y livianas que quizás quisieran escaparse de mí como arrastradas por el viento que tal vez venga de mi mano. Me miro y no me veo, parezco perderme entre los ramajes.
Oigo cánticos livianos, de pajaruelos que deben revolotear cerca, pero como ausente pierdo mis manos al alzarlas a lo alto con ánimo de apresar alguno, para ofrecerlo sin reservas con ilusión de provocar su dulce risa de niña, ya la oigo a pesar de herrar en mi empresa. Ya está ante mí para recompensar mi vacilante gesto: me deshago como la espuma de este mar al notar el tacto de su piel, líquido y mercúreo1.
Suspiro tranquilo desde la serenidad de la profundidad y observo la llegada del alba, intentando alzarse por entre los resquicios de esta acunante niebla. Y sus ojos y los míos observan y se observan rasgando desde el nacimiento hasta el ahora con colegial entusiasmo, hiriendo casi a su paso, levantando la piel con sigilo y amparando el desnudo con la calidez del abrazo, dejando tan solo al descubierto la muerte de una vida para comenzar con el nacimiento de otra.
Soy tuyo...
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1 Mercúreo: Que contiene las propiedades del mercurio. Relativo a los espejos.
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Hoy desperté entre sábanas húmedas, entre grises hojas de Olmo, bañadas por una sinluz rojiza que no sé de dónde viene. Desperté extraño en este lecho mecido por no sé qué aguas, las del sueño encontrado entre sus brazos de bronce y sus ojos perdidos. La niebla oscurecía la estancia, y no podía acertar a alcanzar un nada próximo o lejano, nada, parecía que se desplomase el cielo sobre nuestras cabezas. Atisbo a lo lejos sus labios y me yergo para lograr besarlos, con ánimo de encender su desvelo, pero me he perdido de nuevo entre los jirones azules del viento. Lamento tras lamento alcanzo el pie de la cama, más esta orilla se descubre apartada, trasnochada y solitaria, nívea como el susurro de su boca al clamar por un divino roce de nocturno preludio. Me encaro con el oleaje, pero solo hago espuma, lazos y lazos de espuma; pareciere que quisiera escribir mi nombre en el rumor del agua, por si pudiera siseárselo a alguien más adelante, con la esperanza de ser encontrado, que no salvado, pues descanso placenteramente: los sentidos viven un éxtasis, y creo poder tocar los cuencos que quizás contengan el néctar y las ambrosías: son sus delicados dedos acariciando los míos con adormilado movimiento.
Ahora la niebla es de oro, ahora cobalto, ahora cobriza, ahora gitana... Me arrastro ciego entre los pliegues para pasear mis manos por su faz y hallar sus finos cabellos, derramándose de entre las cuencas que dispongo. El cielo no parezco hallarlo, pero sí que veo las estrellas, altivas y juiciosas, negadas a la mano humana, y creo soñar hadas que las alcanzan.
Qué rojizo está el cielo, amparo de la lluvia, no tardará en verterse sobre nosotros y confundirnos tan tibiamente que vuelva a sumergirme en la paz del sueño. Un masaje suave y aterciopelado que relaje aún más mi mente hasta hacerla suya, tremendamente suya.
No sé qué hora es, pero, ¿acaso el tiempo importa?. No siento electricidad alguna aunque los escalofríos me hielen la sangre, tan roja que tiña esta niebla. Los anillos los dejé sobre la mesilla pero ahora aparecen plateados y anudados a mis dedos, cómo relucen y me muestran su camino, como faro en la noche. Siento el deslizar del agua por mi frente y mi nariz, como acariciándolos pausadamente, ya soy suyo. Parezco escurrirme con ella y confundirme con la mar, como arena que se arrastra sencillamente por el cuello del reloj, pasando, avanzando, adentrándose en una nívea y cálida estancia para sedimentarse con escultórica firmeza. He notado su respiración sobre mi espalda, y quisiera girarme para buscar su boca, su cuello, con mi frente y frotarla como gato en la faltriquera de su dueña, buscando ternura, suavidad y calor, intentando mitigar estos latigazos deliciosamente fríos.
He escudriñado entre las hojas secas buscando letras, palabras, frases, pero solo palpo hojas, rugosas y livianas que quizás quisieran escaparse de mí como arrastradas por el viento que tal vez venga de mi mano. Me miro y no me veo, parezco perderme entre los ramajes.
Oigo cánticos livianos, de pajaruelos que deben revolotear cerca, pero como ausente pierdo mis manos al alzarlas a lo alto con ánimo de apresar alguno, para ofrecerlo sin reservas con ilusión de provocar su dulce risa de niña, ya la oigo a pesar de herrar en mi empresa. Ya está ante mí para recompensar mi vacilante gesto: me deshago como la espuma de este mar al notar el tacto de su piel, líquido y mercúreo1.
Suspiro tranquilo desde la serenidad de la profundidad y observo la llegada del alba, intentando alzarse por entre los resquicios de esta acunante niebla. Y sus ojos y los míos observan y se observan rasgando desde el nacimiento hasta el ahora con colegial entusiasmo, hiriendo casi a su paso, levantando la piel con sigilo y amparando el desnudo con la calidez del abrazo, dejando tan solo al descubierto la muerte de una vida para comenzar con el nacimiento de otra.
Soy tuyo...
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1 Mercúreo: Que contiene las propiedades del mercurio. Relativo a los espejos.

